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FRENTE AL CÁNCER,

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YA SON CINCO
Cuando yo era niño, o sea por aquel entonces, Pío XII me daba miedo, vaya Usted a saber la causa. Tal vez, los frailes que sólo hablaban de infiernos y catástrofes demoníacas. O por su figura seria, tiesa, desabrida, adusta. Como la de mi tío abuelo Huberto, que era lo mas gravedoso y circunspecto del mundo. De niño prefería darle un beso a una chumbera. O a lo mejor, Eugenio María Giovanni Pacelli, su nombre civil, me impresionaba al verle (en el viejo No-Do o en la anciana Imágenes) sentado en esa silla gestatoria que cuatro esclavos (perdón: servidores) llevaban de allá para acá.

Me acuerdo el día de su muerte. Estaba servidor encerrado, como siempre, en su cuarto, leyendo, aislado de la contaminación estúpida de la gente mayor, (sufría de la edad del pavo),y lo oí por mi radio, una vieja Marconi de lámparas. Y empezaron a emitir marchas fúnebres y cosas de un tal Wagner y no sé, creo que no, si nos dieron vacaciones en el colegio.

Y llegó un buenazo de Papa con cara de abuelete buenazo, (dicho sea con el mayor de mis respetos pero yo lo veía así): Angelo Giuseppe Roncalli, que tomó el nombre de Juan XXIII. Dejando el colegio frailuno, despertaba a una juventud tardía y lo que menos me importaba era la política vaticanista. Me ahogaba de tanto cura y necesitaba respirar, olvidar aquellos años, empezar a vivir mi vida no la que me habían querido programar. Ya buscaba escritores prohibidos que leer. Ya me lucía yo los domingos de Rastro, encontrando libros viejos y releídos editados en Argentina de un tal Lorca o un cual Alberti.

De su papado me quedó la apertura del Concilio, su agiornamento, su insistencia en ponerse al día él y la Iglesia que representaba y sobre todo, el dejar las puertas abiertas a Giovanni Battista Montini que le sucedería con el nombre de Pablo VI aunque muchos diarios y aún no he comprendido por qué le llamaron insistentemente Paulo VI.

El Papa Montini, también flaco y severo y desabrido, fue el que me abrió aún más los ojos de que la fe, muy poca, que yo tenía era una fe falsa, de ídolos, de tradición. Yo no creía en ese Dios que me enseñaron. Me dijeron, reza ahí y recé. Sabía de memoria, y en latín y en español, toda clase de oraciones y cánticos que no me decían nada. En mi país se mataba a gente y los asesinos de uniforme tomaban cerveza en Kudamm, alegremente. Pablo VI rogó un indulto. Denegado. ¿Dónde estaba “mi” Iglesia? Fueron tiempos violentos de huelgas y cambios sociales. Curas obreros y curas casados y curas confusos. Libertad y libertinaje a la carta. Mi madurez me llegaba con pisotones y a bofetadas. Me di cuenta que no me interesaba nada que del cielo bajase. Se iba rompiendo el pequeño y débil hilo que me unía a algo en lo que creer.

Murió Pablo VI y Albino Luciani no tuvo tiempo ni de a casi llamarse Juan Pablo I.

Y llegó Karol Wojtyla, polaco, y desde el primer día se ganó a su gente con su simpatía, sus viajes, sus paseos por la montaña, sus heridas, sus rupturas de muros, su entierro del comunismo, su telegénica, sus santos –muchos-, y su muerte anunciada.

En sus veintitantos años de ¿reinado? me he ido acercando cada vez más a un agnosticismo humilde y sincero; respetuoso con los que no piensan como yo; libre, tremendamente libre. Creo que ha sido un gran hombre, un gran conductor de hombres, pero a mí, a mí no me ha dicho nada nuevo. Sé que será difícil de entender por muchos mi postura. No soy un filosofo para poder saber explicar lo que siento.

Este cuaderno de bitácora, este día a día de mi navegar por las dudas, de atravesar tormentas allá por el golfo del alma, este descargarme de lo que siento a diario en cuatro líneas mal trazadas con más buena voluntad que tino, es ahora en lo que creo porque el vaciar el alma y la sesera me sientan muy bien. Pero que muy bien.

Son ya cinco los Papas entre cuyas enseñanzas y magisterios he intentado sobrevivir con mis pensamientos tal vez equivocados, pero míos. Cada día necesito más la libertad y cada día me siento más a gusto desatándome y correteando por el verde, haciendo diabluras como un platerillo mimoso, delicado y regalón. Que así siga, y amén.
 
Comentario:
Lo malo de todo es que el próximo papa sera Rouco Varela.
No