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TAMBIÉN HOY.
Hoy también es un día para seguir hablando de la muerte. Una mujer (¿en verdad aún era una mujer?) que se hizo, sin saberlo y quizás sin quererlo, mundialmente famosa-, hablo de Terri Schiavo, ya ha fallecido. Que si los tubos, que si el marido, que si el juez, que si Bush, que si la madre que la parió. El caso es no morirse tranquila.

Y las revistas del corazón rosa y amarillo con las separatas preparadas y casi impresas prestas a contar hasta el último fleco de la muerte y sucesión de ese príncipe de opereta cuyo nombre nunca he sabido si es Rainiero o Luis Mariano.

Por Roma, ya, por fin, que descanso Santidad, le han metido en la cama y le han arropado amorosamente y ya se va muriendo como debe ser, en silencio, tras la ventana, en la soledad de la piedad compartida, empapado de lágrimas lejanas, con el doblar de las campanas asustando a las palomas de San Pedro y a los viejos gatos de Alberti, el marinero en tierra.

¿Ves, Luchy? Hoy también hay que hablar de la muerte porque la muerte está en la vida. Luchy a la que quiero tanto, tanto y más tanto, se enfadó conmigo una vez porque hablaba yo mucho de la muerte en mis poemas tan malos; y su regaños, reñiduras, reprimendas, sermones, filípicas y admoniciones, fueron tales que me dejó anonadado para un buen rato de tiempo. No sólo dejé de escribir de la muerte, si no que cuando esta se acercó demasiado peligrosamente por mi hígado, unos médicos, unas pócimas y un poquito de mala voluntad de mi parte la hemos alejado por ahora de mi vida; en estos momentos feliz y dichosa, sea escrito para chinchar a más de uno.

Luego Luchy, arrepentida de aquel chorreón que me caló el alma tan hondamente, me invitó a un paseo (¿cuando vamos otra vez?) por el cementerio aquel tan bello y que ella hace, en solitario, de vez en vez, para dar los buenos días y contarles cosas a su padre y a Juan, el que se nos murió de bueno.

Y así estamos. Muriéndonos digna o indignamente. Pero es todo lo que tenemos. Todos, como dice Voltaire, nos vamos acercando lentamente a ese momento en el que los filósofos y los imbéciles tienen el mismo destino.

Y termino con Pemán (al que yo también leo mi querido Carlitos):

El que no sabe morir
mientras vive, es vano y loco;
morir cada hora su poco
es el modo de vivir.
 
Comentario:
Pues mi comentario es la sensación de vacío que siento cuando abro tus blogs y veo que no has escrito nada. Ya supongo que no debe de ser facil tener todos los días una idea felíz para desarrollarla.
Me hace gracia lo de Pemán, a quien yo leía de jovencita, ¡que de jovencita!, de niña muy pequeña, Recuerdo que me hacían recitar ante el respetable una poesía que comenzaba:
"Soledad sabe una copla que tiene su mismo nombre, soledad" que todavía recuerdo, y muchas otras que también recuerdo, cosa rara porqué es un poeta olvidado y casi maldito.
Un saludo.

"Soledad"
No