LAS PELOTAS.
Yo he sido muy poco futbolero. Pero de siempre. El primer partido que vi fue en San Mamés, cuando en la catedral aún podía verse jugar a la selección española. Me llevó mi padre que odiaba el fútbol. Se murió, Gloria haya, sin saber que era un penalti o un corner, dichoso y feliz él. El caso es que ofrecían un viaje en tren a Bilbao y las entradas. Y allá que nos fuimos. Pero a ver si encontrábamos a la Madonna de los Sleepings. Porque lógicamente íbamos en uno de aquellos azulones de la Compagnie Internacional des Wagons Lits el des Grands Expres Europeens. Ni Madonna, ni leches, ni partidos, ni goles. El caso es que fuimos y venimos en tren que es de lo que se trataba. Ni la encontramos, a la Madonna, entonces, ni nunca jamás después se me apareció entre tules en mi departamento single. Y mira que he viajado gozosamente en su busca. Arrieritos somos.
Bueno, luego con la edad del pavo y pijerío, asistí en el Bernabeu a gloriosos partidos de los que no recuerdo nada, acaso algún sentimentalismo en aquel viejo y pecaminoso Parsifal.
Después en el Calderón pasé épocas de dolor y sufrimiento hasta que me dije: Mi niño, anda y deja de sufrir y vete a los toros que aún Manolo Escobar no cantaba aquello de que no quería que su novia fuese a los toros con minifalda y una vista a los tendidos era una bendición de Dios.
Y hoy, ya caduco, sigo sin ver fútbol, vaya semanas que llevo y me esperan con eso del mundial o del corral, que no logro distinguir la gilipollez.
Y el baloncesto no me agrada nada con tanto americanismo. Cinco partidos para eliminarse es un tostón. Cuatro tiempos es un tostón. Yo me quedo con aquel cámino de entonces.
El tenis para mi es sinónimo de aburrimiento total. No hay cosa más aburrida. Y eso que ahora no todos los uniformes son iguales. Ya hay colores en los mismos y en los cucos de las tenistas. Pero ni con esas.
El golf... Mi amigo Tomás –poeta y boticario- decía que por los prados de Cantabria, antes Santander, él jugaba al golf con su suegro, también boticario muy principal. Paseaban por el verde con sendos cayados, discutiendo sobre los problemas de su profesión y cuando veían una moñiga de vaca, paraban, dejaban de hablar, agarraban el cayado bien agarrado y con un grácil movimiento de brazos le daban a la boñiga que se deshacía en el aire. Y seguían hablando de sus cosas y de la ampicilina, por ejemplo.
El hokey es tan rápido que ni te enteras. Es como una comida moderna de Adría. Tampoco me gusta.
El ping pong además de rápido, también es chino. Aún no he aprendido donde bota la pelota. Nunca la veo.
Bueno, no sigo. Aunque esté muy mal escrito lo anterior, se habrán dado perfecta cuenta que no me gusta los deportes de pelota. Con las pelotas se pueden hacer cosas mejores. Vamos, digo yo.





