MADRID-MÁLAGA-MADRID.
Y ya nada más tomar velocidad el tren, a lo lejos se adivina a la derecha, (hay neblina en el Tajo creo), Toledo. A la derecha, siempre. Como siempre. Y después campos áridos u olivareros. Olivos que me parecen jóvenes. No sé. O no los entiendo. Yo no soy oleicultor.
El cielo anubarrado continuamente. El tren rápido, silencioso, casi vacío. A la gente no le apetece viajar en martes, en trece y en San Antonio. O estarán buscando novias o novios, vaya usted a saber.
La azafata pizpireta –porque es pizpireta- trae una tortillita francesa con bacón, un panecillo, un vaso de agua, un bollo cornudo y un té. Un desayuno pasable merecedor de un tibio eructo, con perdón de la mesa.
Estoy mirando las nubes y los olivos y tienen el mismo mal color. Y de pronto, sin avisar, la Facultad de Letras y el Polideportivo de Ciudad Real, a la que no respetamos y seguimos sin hacer parada y fonda. Los trenes ya no van de estación en estación. (Dale paso al ascendente, Manolito). Reptan buscando la máxima velocidad, que es toda su virtud.
Detrás de la valla de la Estación de Puertollano uno detrás de otro, en la misma acera, en la de enfrente, maricón el último, Carrefeur, Lid, Día, Mercadona. Acera magnifica donde apurar todas las tarjetas; una aquí, otra acullá.
Camino ya de Córdoba. Lejana y mora y callada. El cielo no tiene nubes, tiene negruzco. Veremos si llueve. El reloj de las Tendillas rasguea las nueve y diez. La Avenida del Gran Capitán ya no ve los trenes, que se los tragó la otra negritud del cemento armado de los túneles. Aquella estación vieja tan amada siempre llena de gente y de tráficos ascendentes y descendentes, expresos y lentos rápidos, mercantes y pescaderos, aquella estación –digo- no volverá. ¿Qué fue de aquellos depósitos donde a tanta panchorga, a tanta francesa, a tanta japonesa acaricié acaso voluptuosamente?
Nos están cambiando los ejes para el otro ancho más ancho de vía. Si a mi me gustan que suenen pá qué los quiero cambiar. Y, enseguida, para Málaga como chiquillos con zapatos, digo ejes nuevos.
El Guadalquivir va sequete, como un bollo de ayer, buscando la leche prometida. Y los girasoles con tanto nublado, se despiertan sin saber a donde mirar.
Por la vieja vía, el tren se volvió saltarín y ruidoso, gracias sean dadas a Dios.
¿Aquel pueblo en lo alto, en lo blanco, con esa iglesia tan catedralicia, como se llamará? Es Montilla donde hasta el factor de circulación con su gorra roja y su banderín enrollado, sale a decirnos pasad, pasad, que la vía esta libre salvo error u omisión.
Luego llega Aguilar de la Frontera, ¿con quien?, chirriamos todos con el tren. Que regusto antañón y melancólico. Son cosas que no se olvidan.
Huele a membrillo. Puente Genil. Ayer hace mucho tiempo, en la cantina nos hicieron un arroz en paella esplendoroso, casi pontifical, para tomar fuerzas que gastar en un viaje, hoy imposible, entre Puente Genil y Jaén. Un tren de velocidad máxima 20 Kms. por hora. La gozada gloriosa de mis andanzas ferrocarrileras. Un paisaje, quien lo diría, de ensueño. Y la loco sin casi frenos, sin casi ganas de seguir, esperando el último estertor. Café, copa y puro en Luque, una parada por que sí, sin horario, disfrutona. Que viejo soy.
Seguimos. Ni en Casariches hay sol. Estas tierras están cansadas de tanto. Allá, a lo lejos, las nuevas vías para la alta velocidad.
En la vieja Roda, un cementerio de automóviles nuevos, ¿qué hace aquí? Nos dan un bombón y un vaso de agua. Menos da una piedra. Porque en Fuente Piedra, la laguna tiene poca agua y aves de esas que vuelan. Parece enteramente que es de sal.
La azafata pizpireta habla tan rápido que no sabe decir Bobadilla. Ni en castellano ni en Inglés. Silos, vías, locos, vagones, coches todo está en desguace. Quien la vio y quien la está viendo. Como ayer, en el anden, dos enamorados se abrazan. Pita el tren y se abrazan. Nos vamos y se abrazan. Bueno, ellos sabrán. Esperaran otro tren para Sevilla o Granada o Algeciras.
Nos espera ya el Chorro. Abre su boca el primer túnel y nos traga. Bajamos camino de la mar. Túneles y más túneles. Y entre túnel y túnel vistas y no vistas del pantano, del caminito del Rey, del río. La Estación del Chorro está cerrada, por defunción será de los trenes aquellos.
Álora. Blanca. La Virgen, arriba. Vinos y frutas. El castillo y el verdor. El último túnel. Pencas con higos chumbos. Ya huele a mar.
Pizarra, Aljaima, Cártama (¡olé tus salchichones blanditos!), Los Remedios, Campanillas, El Tarajal, Los Prados y Málaga.
Ya estoy en la gloria.
Y ya estoy de vuelta. Han sido pocas horas pero gozosas e intensas. Hacia Madrid ,ya la hora que es, el sol se oculta pronto. Y llega la negritud, la hora en que todos los gatos son pardos y todos los raíles llevan a Atocha viendo o sin ver.
El azafato, no tan pizpireto como la niña de esta mañana, lleva una melopea de padre y señor mío. Ni castellano, ni ingles. Valdepeñano. O riojano. Se traba y lo deja. No sé si llegamos a Córdoba o a Montilla o a la Huerta de Valdecarábanos.
Al circular debemos de estar despertando a los olivos. ¿Duermen? ¿No es cansado dormir siempre de pié? Los girasoles esconden sus cabezas, supongo. No me gusta viajar de noche. Da igual donde vayas. El camino oscuro es siempre igual. Las vías paralelas donde vayan será un buen sitio. Nunca se equivocan. Faltaba más. No sería serio pedir un billete para Villacañas y aparecer en la Nava de la Asunción, vamos digo yo.
Puertollano y Ciudad Real han pasado rápidas. Y los neon de los super están ya apagados.
Hace tanta noche que no se si afuera hace frío o calores. Me pongo a ver una película y me aburro. A ver a los viajeros y me aburro. A hacer un crucigrama y me aburro. A morderme las uñas y me aburro.
La luminosidad de los madriles hace más visible la contaminación que nos cubre y habita entre nosotros. Ya llegamos y tendré que luchar por un taxi. Hoy ya es mañana. Luego, el cansancio no me dejará dormir a gusto. Y evocaré aquellos viejos trenes que tardaban catorce o más horas. Y cuantas más horas más feliz se me revolvía el alma. Dicen, siempre hay malas lenguas, que aquellos tiempos no volverán. Ya veremos. Después de la muerte, seguro que por allá estarán caminando, como el resucitado, aquellos trenes.
Por lo menos a mí, siempre me queda, ay, esa esperanza.





