San Isidro.
Hoy es San Isidro, patrón de Madrid. Ni me gusta ir a la Pradera, ni beber el agua, ni ponerme la parpusa o el chaleco ribeteado de blanco. No me gustan estas fiestas como tampoco las cercanas y rocieras. A mí, lo que me gustaría de San Isidro es que me dejara los bueyes que a él le hacían el trabajo de arar los campos. Que me los dejara y a ver si con sus pezuñas en el teclado les salía algo más bonito y airoso que a mí; que estoy cansado, desilusionado. Y sólo pienso en estar sólo y tranquilo unos días. Sin leer el periódico u oír la radio. (La televisión la dejé hace tiempo). Sin que mis hijos me cuenten sus historias y sin que mi amigo Luigi, de los luigis de toda la vida, me enseñe todas las mañanas un celular –mal llamado móvil- que tiene hasta música italiana.
Vamos, que estoy que trino. Tengo la vida -¡mi vida!- descompuesta y descolocada. Y el ánimo se te viene abajo; y abajo hay una sima honda y sin fondo donde caerse. Y no ves la solución. Y te descompones más. Y nada te ilusiona porque sabes que no puedes agarrarte a ninguna esperanza.
Encerrado entre cuatro paredes y un techo ves salir el sol y como, lentamente, se va poniendo hasta que llega la noche. Otro día perdido. ¡Escribe!, escucho que me ordenan. Pero lo que oigo es llover. Una lluvia de desesperanza y tristeza que te cala y cala.
Y la abuelilla, cada día más bebé.





