AQUEL VENDEDOR DE DISCOS.
Era una tarde cualquiera, quizás de invierno. Entré en la tienda de discos que había, ¡ay!, bajo la arcada de la Casa del Arco. Su dueño, bajito, gordo, tal vez antipático, cuando me vio entrar, sin darme las buenas tardes, me puso un vinilo en las manos y me pregunto ¿conoce a este chaval nuevo? Lléveselo, le gustará. Me guiñó un ojo y susurró: es de los nuestros, amigo Granados. Triunfará, ya lo verá Usted.
Por la noche, era 1976, empecé a oír aquel disco que se llamaba “A la luz de los cantares”. Coplas como La morralla, Política no seas esaboría, El Milagro del Palmar, Murga de los currelantes... Me lo oí varias veces seguidas y quedé fascinado no de la música, ni de las letras, ni de la voz. Había algo más. Era el pueblo, la gente quien cantaba su filosofía. Era Andalucía llana y pura. Era la verdad en un grito. El lamento de una situación. Era un corazón abierto diciendo lo que no se quería oír.
A la tarde siguiente volví a la tienda. Nada más verme me dijo ¿A qué tenía razón? Y hablamos y me encontró el primer disco de aquel jóven: “A duras penas”. Y hasta hoy. O hasta ayer. O hasta su muerte.
Hoy, abril del dos mil seis, tengo en mis manos el último CD y DVD que Carlos dejó antes de irse a cantar sus casidas a las castálidas. Tiene la voz de muerto y de muerto la cara. Le dolía el corazón de tanto amar su Andalucía. Y la copla en su voz era hermosura bajando por los arrayanes y las piedras verdeadas de musgo eterno.
Apoyá en el quicio
de la mancebía,
miraba ensenderse la noche de mayo,
pasaban los hombres y yo sonreía
hasta que en mi puerta paraste el caballo.
Serrana, me das candela, y yo te dije gaché
ven y tómala en mis labios y yo fuego te daré.
Le preguntaron por esta canción una vez. Sólo supo responder hermosamente: ¡Bendita puta!.
Y bendito aquel vendedor bajito, gordo y quizás antipático que me metió a Carlos Cano para simpre en mi alma.





