EL REPUBLICANO.
Yo no sé (reconozco mi ignorancia) si el presidente Remendón proclama o evacua sus ideas, porque no es lo mismo escatológicamente hablando. Yo creo que evacua y además diarréicamente.
Nadie duda de mi demostrada, anunciada, y soñada filiación republicana, pero, he de reconocer tristemente, que es lógico que si ponemos como ejemplo la II República, hasta los republicanos salgamos corriendo al grito que daban aquellos viejos e inteligentes intelectuales: no es eso, no es eso.
Pues a eso nos quiere llevar el Remendón. A la expulsión de los jesuitas, al laicismo atroz, a la quema de conventos, a las barricadas, al hundimiento de la economía, al sectarismo, a Casasviejas, a las huelgas generales, al cierre de periódicos, a la crispación, al extremismo radical, a los asesinatos, a las dos (o varias) Españas, y a la guerra civil como colofón.
Y eso le causa al leones pucelano reconocimiento, satisfacción y orgullo. Tiene que pagar una deuda a su abuelillo. Y así, dice el cara, el futuro nos traerá paz, piedad y perdón; ¡pendón, más que pendón!
Clemente, moderada, la Iglesia le ha dicho que ojito, cuidadín, que es peligroso abrir viejas heridas casi todas cicatrizadas. El español medio es benigno y suavón. Y muy capaz de perdonar e ¡incluso! de olvidar. Pero este individuo, no.
Con este individuo yo no voy a la III República ni equivocándome. Es un ser despreciable, depravado e infame.
No voy a gritar el ¡Dios, salve al Rey! Pero sí: ¡Dios salva al abajo firmante!
Quien me lo iba a decir.





