FUNCIONARIOS.
Y ahora, los funcionarios.
Los funcionarios, todos lo sabemos, es una casta especial, normalmente antipáticos, indolentes, y mal educados. Sobre todo esos funcionarios tan grises, de ventanilla o mostrador, los que ponen la cara desagradable de la Administración. (Perdona, mi muy querida Bea; no te incluyo),
Soy de los que piensan que nada debe ser vitalicio. No es vitalicia ni la vida. Si vales, pues vales. Si no vales, a la calle. Pero racionalmente. Ya no estamos en el siglo XIX ni a mediados del XX cuando al cambiar un gobierno, cambiaban todos los funcionarios ministeriales o de cualquier clase. Eran los cesantes; protagonistas de novelas, sainetes, dramas y zarzuelas. Pasaban hambre con los liberales y vivían con los conservadores. O al revés, que me da lo mismo, mismamente.
Y eso quiere la pesoe. ¿Por qué será, será? Barrer al adversario hasta en los bedeles más humildes. Agarrar a los funcionarios por las bolas y a las funcionarias por los ovarios y a no chistar que te vas a la calle.
Es una amenaza para el que no piensa como el que gobierna. ¿Hay derecho a esto? ¿Esto es democracia?
Cada noche me pregunto ¿vale la pena estar viviendo tanta sandez? Este castigo llamado remendón, la pesoe, desgobierno, ya es demasiado. El que no crea –tantos- en un Dios ecuánime tiene razón al estar viendo tanta gilipollez reunida en esta vieja nación que, por cierto, hoy deja de serlo.
Sólo vería con ojos agradecidos y alma contenta que esta ley contra los funcionarios vitalicios, al primero que se le aplicase fuera al Borbón.
Y cuenta nueva.





