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FRENTE AL CÁNCER,

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ROCÍO DURCAL.

Toda la vida llevaste a cuestas la cruz –pesada- de ser la niña prodigio y la reina de las rancheras.

Hoy, en tu muerte tempranera y muy serena, todos hablan de aquella niña o de aquella reina. Mentira. Todo es mentira. Desde niña hasta muerta, fuiste mujer. Cantando, bailando. En el cine o en el teatro. Y en la vida.

¡Que bien desentrañaste el mejor papel que te dio no se que director! El de mujer. No el de madre, que todas saben interpretarlo, ni el de esposa que tan bien representan hasta las peores. El de mujer.

El de mujer trabajadora del arte; el de mujer que pare hijos; el de mujer que acompaña a su hombre en lo malo y en lo bueno.

Toda una vida para sólo una muerte. Te ha costado llegar a la meta de la nada. Ya eres sólo recuerdo. ¿Te acuerdas de aquella canción, de aquella película, de aquel beso, de aquella llamada? Ya eres sólo un ¿te acuerdas de aquella Rocío, de la Dúrcal? Pero tampoco querías más. Dejar el poso de tu vida en otras vidas.

Han pasado los años y un mundo, este, tan diferente a aquel, y aquí estamos, frente a frente, como dos adolescentes, que se miran sin hablar. Como aquella tarde que te conocí, junto a la Maliciosa, (el sol templaba la tarde de invierno), con unos amigos que te presentaron como Marieta. Acaba –dijeron- de rodar una peli y canta muy bien. Yo no sabía quien demonios era. Andaba dando tumbos 1962, creo. Y ella callada, si acaso una sonrisa picara, un si es no indescifrable. Luego la volví a ver Una tarde en Nueva York, y estaba esplendida con el maestro Marsillac.

Después nació mi hijo y la casa se llenó de Rocío por todos los rincones. Nos contaba lo último de su Rocío; el disco, la actuación, la visita, el beso, la llamada, la enfermedad. Parte de su vida giraba alrededor de Rocío. Nunca he sabido el porque. Quizás una simple cinta vieja, en un viejo coche, que me hacía repetir y repetir. Y así. O sea. Hasta la otra noche. En el Tanatorio, con Junior: “Mira, Vicente, que guapa que está”.

Pero muerta. Y no es mentira. Ni es canción. Muerta en el frío de lo desconocido, en el más allá que acongoja, en las cenizas que volaran según el viento juegue con ellas.

Y no hay que llorarla lágrimas de pena ni de dolor. Ella no era lloro, era rocío. Y el rocío todas las madrugadas acude para hacer más hermosas la noche que muere y el alba que comienza.

Sobre el blanco de un jazmín, una gota de rocío. No hay nada más hermoso que nos pueda recordar a ella.



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