C A C A.
Yo no soy un entomófilo, vamos que no me gustan nada, pero es que nada, los insectos. Ni vivos ni muertos. Y menos, claro, cocinados.
Bueno, pues ya hay en Madrid restaurantes con cartas entomofágicas. Ya pueden comer cucarachas que según dicen, saben como los torreznos y tienen su punto de dureza. La dureza si la reconozco porque hace años me encantaba pisar cucarachas si las encontraba, cosa nada difícil. Ese “cris” al romper el caparazón, y luego ver las tripas de la cucaracha haciendo arabescos abstractos en los mosaicos, era un encanto y una labor social de limpieza importante. Y ahora se las comen.
¿Os apetece una tarta de chocolate, con ámbar de caramelo, una ramita de eneldo, un grillo y un gusano? ¿Y la ensalada de escorpiones salteados a la soja y frutas de dragón? ¿O los capullos (¡capullos es lo que son!) de gusanos de seda con sus larvitas dentro y adornados con flores de pensamientos?
Y dicen que los insectos son auténticas bombas proteínicas, ideales para combatir el peso de más, les gusta a los vegetarianos y próximamente este restaurante va a traer unos escorpiones gigantes parecidos al bogavante, y el chapulin mexicano al estilo de la langosta.
Un plato ideal es el de grillos fritos al jengibre y tabasco (12 €), maridado con un cava rosado o un vino argentino de uva malbec.
Lo escrito me lo he leído mientras desayunaba un bizcocho muy rico realizado por estas manos en la mágica y encantadora Termomix. Los insectos los dejo para Luigi.
Pero lo que más me ha cabreado de todo es que el restaurante se llama El Jerezano, no te jo...roba.
Miren, voy a ser muy sincero: para los insectos y para los que comen insectos lo mejor es el Dicloro Difenil Tricloroetano.
Y buen provecho.





