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PALMERAS.


De buenas a primeras, o mejor: de malas a segundas, a todos los alcaldes de la provincia de Málaga y otros muchos foráneos les ha entrado la diarrea caudalosa de plantar palmeras por Alá, por allá, por acá y por acullá.

Por las playas, plazuelas, jardines, y rotondas hay rotundas cagadas (perdóneseme) de palmeras de las más diversas especies. Y todas puestas sin ton ni son. Aquí un hueco, aquí una palmera y no malgastemos las meninges de hormigas que tenemos, (dicen los alcaldes politiqueros).

Y ahora nos invaden las palmeras datileras y las africanas y las bravas y las canas y las de coco y las enanas y las indianas y las negras y hasta las reales y más etcéteras que callo por no cansar.

Entras en pueblos serranos y te recibe una palmera como diciendo: “perdone, amigo, aquí iría mejor una acacia o un roble o un álamo, pero estamos en época de palmeras flacas, Usted perdone, repito”. Vas a un cementerio y el ciprés tan alto, tan serio, ten verde, se ha convertido en una palmera cimbreante como una mulata que con sólo la roce el viento baila sambas y rumbas a los muertos.

Estoy de palmeras hasta los mismísimos dátiles. Por ejemplo. En la playa del Bajondillo, torremolinero y ex hermoso, años ha sólo había una palmera: la mía, la de mi casa, la que tiene mi edad exactamente. Creo que es una palmera burí, que plantó Becerrita (el gran jardinero del Parque malagueño) para celebrar mi llegada a esta vida, por llamarla algo. Así que verán si me gustan las palmeras. Pero no plantadas a mogollón. Que no todo el monte y playa es palmeral, ni huerto del cura, ni Elche, ni un oasis del Sahara. (Entre paréntesis: ¡Viva el Sahara libre!).

El caso es que, añoranzas aparte, ha llegado a Málaga el Picudo Rojo, que es un bicho asiático y polinesio que puede acabar con todas las palmeras en un tris tras. Ya otro bichejo acabó con los geraneos hace unos pocos años. Lo que sea sonará.

Desde luego odio tanta palmera fuera de lugar, pero me gustaría que el Picudo Rojo en vez de engordar alimentándose con ellas, se fuera a las casas consistoriales y empezando por el excelentisimo señor alcalde presidente y terminando por el último bedel, se metiera por los conductos anales de estos políticos y funcionarios y les hiciera la vida imposible (a alguno le gustaría) hasta que no firmasen un documento autentificado por toda clase de notarios en el que renunciasen a plantar más palmeras.

Una vecina, malhadada sea, está limpiando cantando aquello de...

Palmero, sube a la palma
y dile a la palmerita,
que se asome a la ventana
que su amor lo solicita.

Ya sólo falta que para comer, me pongan ensalada de palmitos.

Yo es que la palmo, vamos si la palmo con tanta palmera.


 


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