LA NOCHE.
Hace mucho que no escribo de noche; creo que nunca he escrito de noche. Vamos, me explico. De noche sólo sé escribir poesía. Lo que yo creo que es mi poesía, claro.
La noche no me gusta. La negritud lo iguala todo demasiado y yo no sé distinguir los claros/oscuros que debe de tener. La noche es termino, fin. Sin las luces artificiales no sería nada. Negro todo. La noche azabachada me oprime como todo lo negro. Mis ojos, aún cuando no estaban cansados, nunca se hicieron a ella. Las atardecidas me duelen porque llegan para irse haciendo noche. En aquellos ocasos tan malagueños, para sobrevivir a esas horas, me tenía que acercar a la blancura de los jazmines. Me arropaban con su resplandor tan blanco y lúcido. Por aquellos años raro era el rincón torremolinero donde no creciese un jazminero. Me los conocía todos. Hasta los que se escondían entre las madreselvas o las campanillas añiles. Con ellos y con mis damas de noche me iba apañando.
La noche siempre, para mí, ha sido muerte. O el camino hacia ella. No, no soy noctívago. Es más, la odio. Solo me gusta la noche cuando muere por la amanecida. Me gusta levantarme temprano y ver agonizar la noche. Es el momento más bello.
Siempre gusta ver a tu enemiga –y la noche lo es mía- muerta.
Amanece; que alivio. Ya todos los gatos no son pardos.
Juassss
Juassss





