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FRENTE AL CÁNCER,

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OXIGÉMONOS.

Aquí, al lado de casa. O sea en llegando a la glorieta, torciendo a la derecha, pasando tres calles, girando a la izquierda en la cuarta, llegas a una ancha y atravesando cuatro bocacalles, está un bar -¿bar?- que su especialidad es darte -¿se dirá así?- raciones de oxigeno, ese elemento químico de núm. atóm. 8., muy abundante en la corteza terrestre, y que constituye casi una quinta parte del aire atmosférico en su forma molecular O2. Forma parte del agua, de los óxidos, de casi todos los ácidos y sustancias orgánicas, y está presente en todos los seres vivos. Gas más pesado que el aire, incoloro, inodoro, insípido y muy reactivo, es esencial para la respiración y activa los procesos de combustión.

Y me parece muy sano porque no bebo alcohol. Pero también es verdad que no me gastaría un pastón por pasar la tarde con la mascarilla puesta. Además ¿qué tapa se toma con el oxigeno? ¿Carne o pescado? ¿Fritos? ¿Patatas bravas? ¿Sepia con alioli?

A mí, mientras andan metiendo mano a mis mondongos, médicos y enfermeras me ponen en las narices unas espitas y me llega un estupendo oxigeno, de la cosecha del 79, que me sienta mejor que un vinillo de Quintanamanvirgo allá por la Ribera del Duero.

Antes se decía que había que oxigenarse; que era salir de casa y darse una vuelta por la polución imperante en la ciudad de Gallarfaraón. O subíamos a la Bola del Mundo para insuflar oxigeno puro.

La verdad es que ya no sabemos como aburrirnos. Y además pagamos por ello. ¡Y qué precios! Oxigenoterapia en vez de una Mahou con huevas de esturión o una San Miguel con sangre en cebollá.

Los tiempos cambian, mi alma, los tiempos cambian. El próximo día uno, voy a los toros a ver a mi torero (retirado Curro) Joselito y a la salida ya me estoy viendo con el oxigeno en las narices para recuperarme del sofocón que el genio de Joselito nos habrá dado para bien o para mal.

¡Oh! ¡Oh, oxigeno!



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