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AÑORANZAS.

AÑORANZA INVERNAL:
Añoro aquellos –escasos- domingos que mi amigo y yo subíamos a Navacerrada con la gente de la Editorial Católica, editora entonces del diario YA. Nosotros no esquiábamos, que tontuna esa. Trineábamos, si se puede decir (que no) y hacíamos la puñeta a todos los niñatos que bajaban despendolados por las pistas a tomarse un martini en donde los Arias. Eran tardes de invierno duro y ventisca. Cansaba tanto blanco y tanta nieve. No éramos muchos los domingueros: los buenos deportistas, los pijos; y mi amigo y yo y a veces sus hermanas, que íbamos por libre. El deporte nos importaba un pimiento; la naturaleza, menos. Subíamos por no ir a Misa de doce arreglados y con corbata. Por no comer en familia. Por no oír lo de siempre. Aquellos domingos, tan lejanos ya, eran las tablas de salvación para sentirnos libres.

AÑORANZA PRIMAVERAL:
Aquellas tardes de toros por el mayo florido y hermoso. El Dr. Casasús –sabio discípulo de la escuela de Marañón y Jiménez Díaz-, me esperaba en La Mexicana, una cafetería de la Calle de Alcalá. Con los cafés y las copas de Asturiana, hablábamos de la corrida de la tarde. Unas veces con ilusión, otras adivinando el fracaso. Encendíamos unos buenos puros y caminábamos muy lentamente hasta la plaza. Entrábamos con la puerta de Autoridades y el vetusto ascensor nos dejaba cerca de nuestro tendido alto del 3 (sol y sombra, con sombra ya en el primer toro). Al acabar, despaciosamente, salíamos, otra vez, a la calle de Alcalá, como reluce, y en un colmao nos servían media botellita de fino y alguna tapita. Hablábamos de la corrida o del Seguro de Enfermedad.
El día que murió Antonio, el sabio Casasús, rompí el carné y no volví a los toros.

AÑORANZA VERANIEGA:
Aquellos atardeceres silenciosos sentado en el rebalaje, muy solo; soñando ilusiones. Mirando al mar, soñé. La mar cambiante. Ora verde, ahora azul. Y la luna en el infinito. Podía llegar el olor de los jazmines naciendo o el de la dama de noche vistiéndose para enamorar no se sabe a quién. Hasta las olas estaban calladas. Sólo rompía el silencio, a veces, el glú, glú, de una coquina que asomaba, equivocada, por la arena húmeda. O el poniente que jugaba por el cañaveral del camino del Marcelo. A tres leguas marítimas, la farola de Málaga me saludaba. Por los Montes, serpenteaban las luces de los pocos coches que bajaban de Colmenar. Y llegaba el pitido estridente del último tren del día hacia Fuengirola. Y el hasta luego de la pareja de civiles. Y el cante bronco y borracho del Añico y los ayes dolorosos de su mujer y el lloro de los críos, pobrecitos.

AÑORANZA DE OTOÑO:
Aquellos paseos lentos pisando hojas muertas por un Retiro tan diferente. En cualquier banco alguien hablaba de amores. Y en cualquier rincón escondido, el beso robado, la caricia reprimida. El sol otoñal y dominguero tibiamente calentaba corazones de sobra cálidos y ardientes. El soldado y la criada. El maestro, la mujer, los chaveas. El viejo filósofo. El camarero que te sirve una Mahou, unas aceitunas rellenas y una bolsa de patatas fritas rancias y te cuenta lo que habrá visto él detrás de los parterres tan dejados de la mano de los jardineros; ¡hasta pecados había visto!. Y llegaba el mal olor del viejo oso y el viejo elefante de la vieja casa de Fieras. Y de pronto una nube, un chaparrón. Carreras arriba. Carreras abajo. El hosco guarda en su caseta no ve a una pareja que bajo la repentina lluvia se besan, se mojan, se besan.
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¿Pero sabéis ustedes vosotros que añoro más? Que ni en primavera, en verano, en otoño o en invierno se hablaba de política. Quien me lo iba a decir.



 
Comentario:
Se parece usted, señor Granaditos, a uno de aquellos dos chavales que juntos, hacían planes mientras dudaban entre ir a la escuela o al rio a pescar cuatro cangrejos para la merienda.Mucha ilusión, muchos proyectos, mucho cielo, todo ese mar...y al final...resulta que probablemente despues de tanto rodar, vayan a acabar ustedes "en donde lo dejaron". Pero, bueno, que les quiten lo bailado y gracias a quien les sacó a bailar. Esto se merece un estribillo:
Caña dulce, mamey colorao
verde la palma, blanca la garza.
Con un ojo abierto en la charca
vigila el caimán.
Como puedes conformarte, Ramón,
con un solo cielo
si hay toda una America(por ejemplo),
del otro lado del mar.
No