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LOS MARTIRES.

De la malagueña Iglesia de los Mártires cualquier guía turística puede decir: “Fue fundada por los Reyes Católicos en cumplimiento de la promesa hecha antes de la toma de Málaga de establecer en la ciudad el culto de los Santos Mártires San Ciriaco y Santa Paula. Se comenzó a construir en 1491 y se terminó en 1505 como parroquia. La iglesia primitiva era mucho más pequeña. Fue ampliada en 1767. Sufrió grandes destrozos durante la guerra civil, y fue restaurada. La iglesia es sede de la Cofradía de Jesús de la Columna, conocida popularmente por la del Cristo de los Gitanos. También es sede de las hermandades de Pasión, Huerto y Santo Sepulcro y, de forma provisional, del Cristo Mutilado, cuya sede oficial es la iglesia del Sagrario, actualmente en fase de restauración”. Quizás le falta decir exactamente que en principio fue de estilo gótico-mudéjar y después primó el rococó horripilante que hoy mismo, recién restaurado, semeja una tarta de boda apaletada.

Viene esta muy culta, como mía, introducción para contarles dos vivencias que presencié en tan ilustre recinto.

Aquella tarde era yo un mozuelo e iba con mi padre a la boda de una pariente muy lejana. Con nosotros venía el tío de la novia con un buen cigarro en los labios y una boina en la cabeza. Con ellos en su lugar, pasó a la iglesia y nos sentamos en un banco. Entre chupada y chupada nos decía: “Cuando nos la incautamos (la iglesia), yo dormía allí”. Y señalaba una capillita del lado derecho. Una mujer le llamó la atención por la boina y el cigarro. Y él dijo ¡ostia! y se marchó y ya no le vi más. En sueños se me aparecía con un mono azul, la boina, el mosquetón, pañuelo rojo al cuello, sin afeitar, con una miliciana al lado abrazándola. A lo mejor, hasta le envidié un poquito en aquellos años míos de mocedades libertarias, silenciosas e ilusionantes.

Pasaron los años, tantos que este sucedido sucedió casi ayer y en la misma iglesia. Había ido yo –lo reconozco- a sentarme un rato a descansar entre el silencio y el crepitar de los pabilos en los cirios. Estaba en el último banco –los últimos serán los primeros- y diez o doce bancos delante estaba arrodillada una pareja de jóvenes. Al rato, se sentaron. Y al otro rato se abrazaron. Y abrazados se besaron frenéticamente. Cuando marché, los arrumacos seguían a la vista de todos.

Jesús, el de la Columna, el de los Gitanos, no podía contener ni la risa, ni la alegría de que estos son otros tiempos.

Qué pena haber llegado tan tarde.



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