A LAS 13 HORAS, 11MINUTOS.
Mañana tengo una cita. A las 13 y 11 minutos exactamente. Más exactitud, imposible. Iré presto y bien saben Ustedes que a las 13 horas y 11 minutos exactamente no me recibirá el doctor o la doctora, que de todo hay en la viña del Marqués de Griñón.
Mi catarata va a ser revisada a las 13 horas y 11 minutos, mire Usted por donde. Y me pondrán esas gotas que te hacen “ber” todo con be de borroso. Y me dirán, pida hora para dentro de seis meses que aunque Usted está demasiado maduro, la catarata se conserva bien y ella si que no ha madurado bastante para rebanársela. Y le diré al doctor o la diré a la doctora, mire usted, que yo no miro bien, que gradúeme. Y me dirán, ya no graduamos, vaya a Ulloa Óptico; que no es nada lo del ojo... (...y lo llevaba en la mano).
Allí estaré a las 13 horas y 11 minutos. ¿Me recibirán puntuales? Misterios insondables de los médicos. Ni privados, ni públicos; ni blancos, ni negros, son capaces de mantener un horario en sus consultas. Ayer, para hablar un minuto, esperé cincuenta. Me citaron a las 16,35 y me recibieron/despidieron a las 17,25.
(Los médicos podrían poner, también, un poquito de interés en recortar estas esperas a veces, no digo que no, irremediables, pero que en la mayoría de los casos claman al cielo porque pueden ser perfectamente solventadas con un poquito de interés pensando en el paciente, 1ª acepción, que bastante tiene con ser paciente, 5ª acepción).
Más no nos sulfuremos. Calma. Ya comentaré lo que me suceda a las 13 y 11 minutos en todos los relojes, si es que puedo escribir y no me joen demasiado.
Claro que lo mejor es lo que decía aquel dicho castellano:
Buena orina, buen color, y tres higas al doctor. O a la doctora.





