CALLE FRESCA.
El que me conoce demasiado bien sabe que mi calle preferida de Málaga es la calle Fresca. Empieza en Moreno Monroy y termina en Santa María, aunque yo la continuo hasta la Plaza del Siglo, pero este trozo, el más estrecho, desde Santa María a la Plaza, oficialmente se llama Correo Viejo.
¿Qué por qué es mi calle preferida? Pues no lo sé la verdad. Quizás su suma estrechez, el frescor, ¿por qué no?, de las piedras y ladrillos que nunca reciben el sol redondo y caliente y tan malagueño. O tal vez por las historias que mi padre me contaba de cuando en ella estaba el Seminario donde estudió tantos años.
O quizás nada de lo anterior. Desde niño he tenido que pasar por esa calle aunque pudiese ir por otra. Me fascina. Y sueño en ella, avatares que nunca llegan; amores que nunca fueron; duelos en los que siempre perdí. He sobado sus paredes como acariciándolas. Y gastado sus piedras con mis sandalias de niño o mis zapatos de viejo. He aspirado a bocanadas el aire tan malagueño que pasa por ella y me da vida cuando falto tanto de sentirla. Aún ando por ella de la mano de mi padre, con su silencio a cuestas, recordando un ayer que fué sólo nuestro.
Y sin quizás porque ha cambiado tan poco que aún está el rayón que una tarde de terrales hice en la esquina con el Pasaje de Chinitas con un lápiz que me había regalado el representante de la Colonia “Maja” de Myrurgia.
¿Qué por qué es mi calle preferida? Pues no lo sé la verdad. Quizás su suma estrechez, el frescor, ¿por qué no?, de las piedras y ladrillos que nunca reciben el sol redondo y caliente y tan malagueño. O tal vez por las historias que mi padre me contaba de cuando en ella estaba el Seminario donde estudió tantos años.
O quizás nada de lo anterior. Desde niño he tenido que pasar por esa calle aunque pudiese ir por otra. Me fascina. Y sueño en ella, avatares que nunca llegan; amores que nunca fueron; duelos en los que siempre perdí. He sobado sus paredes como acariciándolas. Y gastado sus piedras con mis sandalias de niño o mis zapatos de viejo. He aspirado a bocanadas el aire tan malagueño que pasa por ella y me da vida cuando falto tanto de sentirla. Aún ando por ella de la mano de mi padre, con su silencio a cuestas, recordando un ayer que fué sólo nuestro.
Y sin quizás porque ha cambiado tan poco que aún está el rayón que una tarde de terrales hice en la esquina con el Pasaje de Chinitas con un lápiz que me había regalado el representante de la Colonia “Maja” de Myrurgia.





