EL GERANIO.
Aún queda un tiesto colgado en una revieja, reblanca pared de un Torremolinos que no conozco, yo que tanto le conocí. Y en el tiesto un añoso geranio; amarillento y seco.
Lo colgó, lo plantó, lo regó, lo cuidó Lucia, la del Guerrita. El Guerrita fue novio de Lucía toda una eternidad. Por la fresca, se acercaba a la casa donde servía Lucía a pelar la pava eternamente. Se casaron de cansados. Yo he visto a Manolo, el Guerra, beberse una caja de Cruz del Campo. 24 botellas una detrás de otra. Todos los días, todos los meses, todos los años.
Y el geranio, ahí. Regado y cuidado. A sus pies cayo muchas noches el Guerrita, ciego de cerveza y ducados. Se dormía y a la madrugá, cuando el Añico empezaba a cantar rondeñas, cogía su tralla en busca del copo.
Y el geranio, con rocio, le esperaba. Y el sol blanqueaba la pared casi todo el día. Y Lucía lavaba y cosía la ropa del Guerrita. No había pescador más elegante, mejor planchado que Guerrita. Hasta sus borracheras eran aristocráticas, silenciosas.
-Ramonsito, dile a la Lucía que estoy borracho y venga.
Y Lucía iba y le daba mil gritos y blasfemaba y luego le besaba muy dulcemente.
El geranio aún está ahí. Y Lucía, muy viejita. Y la piedra donde el Guerrita se abría la cabeza cuando: -Ramónsito, estoy muy borracho.
¡Qué les quería, coño, qué les quería! A Lucía, al Guerrita y al geranio.
Comentario:
¿Eran botellas o botellines?





