POLE POSITION.
Oiga, usted. ¿Y a mí que eso de la formula 1 me aburre soberanamente?
Sea cual sea el circuito, sólo tiene emoción -y algunas veces- el momento fugaz que va desde que el semáforo se apaga a la salida de la primera curva.
Luego, a dar vueltas y más vueltas. Alguna escacharradura que otra allá por los últimos y penúltimos lugares y se acabó lo que se daba. ¿Gana el mejor? Pienso que no siempre. La suerte vale mucho, como para todo.
Mientras los coches no sean coches que se pueden adelantar unos a otros a mí la formula esta me aburre soberanamente.
Claro que llevo la contraria a quince millones de españoles que encendieron las plasmas el domingo. Pero España y yo somos así, señora, que diría (que dijo, coño, que dijo) Marquina, y que no me oiga Rovira que me capa el aragonés ese.
Dicho lo del aburrimiento, me alegro que un chaval haya ganado el mundial; que ese chaval sea asturiano y lleve a mucha honra la bandera de su país –también mío- hasta en los boxers striped Ocean(antes calzoncillos) si es de menester. Que los tiene bien puestos, los tiene. Y es campeón del mundo como si tal cosa. Con la naturalidad de la sidra natural. Sin artificiosas burbujas que al final ¿qué son?; pues nada.
Me gusta este tío tan legal. “Sólo se lo tengo que agradecer a tres o cuatro personas, que nadie se ponga medallas, que nadie me ayudó cuando lo necesitaba”, ha dicho muy bien dicho.
Es campeón del mundo de Formula 1 pero creo que lo sería de cualquier otro deporte u oficio. Y más de una sorpresa nos dará. Y siempre con su fácil modestia, que mira que es difícil. Cuantos deberían aprender de él. Estoy recordando, por ejemplo, a un aspirante a motorista, niño él, al que habría que quemar en la hoguera como a San Lorenzo, por bocazas y chulángano.
Mientras, en la baranda de mi balcón, sueño, entre nubes, la belleza adivinada de la infinita Asturias, patria querida, Asturias de mis amores.
¡Quien estuviera en Asturias! Me pido la pole position.
Sea cual sea el circuito, sólo tiene emoción -y algunas veces- el momento fugaz que va desde que el semáforo se apaga a la salida de la primera curva.
Luego, a dar vueltas y más vueltas. Alguna escacharradura que otra allá por los últimos y penúltimos lugares y se acabó lo que se daba. ¿Gana el mejor? Pienso que no siempre. La suerte vale mucho, como para todo.
Mientras los coches no sean coches que se pueden adelantar unos a otros a mí la formula esta me aburre soberanamente.
Claro que llevo la contraria a quince millones de españoles que encendieron las plasmas el domingo. Pero España y yo somos así, señora, que diría (que dijo, coño, que dijo) Marquina, y que no me oiga Rovira que me capa el aragonés ese.
Dicho lo del aburrimiento, me alegro que un chaval haya ganado el mundial; que ese chaval sea asturiano y lleve a mucha honra la bandera de su país –también mío- hasta en los boxers striped Ocean(antes calzoncillos) si es de menester. Que los tiene bien puestos, los tiene. Y es campeón del mundo como si tal cosa. Con la naturalidad de la sidra natural. Sin artificiosas burbujas que al final ¿qué son?; pues nada.
Me gusta este tío tan legal. “Sólo se lo tengo que agradecer a tres o cuatro personas, que nadie se ponga medallas, que nadie me ayudó cuando lo necesitaba”, ha dicho muy bien dicho.
Es campeón del mundo de Formula 1 pero creo que lo sería de cualquier otro deporte u oficio. Y más de una sorpresa nos dará. Y siempre con su fácil modestia, que mira que es difícil. Cuantos deberían aprender de él. Estoy recordando, por ejemplo, a un aspirante a motorista, niño él, al que habría que quemar en la hoguera como a San Lorenzo, por bocazas y chulángano.
Mientras, en la baranda de mi balcón, sueño, entre nubes, la belleza adivinada de la infinita Asturias, patria querida, Asturias de mis amores.
¡Quien estuviera en Asturias! Me pido la pole position.





