A LA FERIA NI DE COÑA.
Este fin de semana (finde, dicen los pijinis) comienza la Feria de Málaga y la que Madrid dedica a la Paloma. Lógicamente, ni a una ni a otra, iré.
A la de mi Málaga he ido dos veces. Una cuando la instalaban en el Parque y otra recién y bien mudada al recinto actual. A la de Madrid, nunca.
Claro que para ir antes a los toros en la Malagueta, había que pasar por la feria. Y pasé. Centenares de veces. Camino del tendido de sol y sombra número 3, fila 12, creo. Allá íbamos mis tíos los quincalleros de calle Granada y yo. A mi tío, por su tienda, le conocía todo dios de la religión que fuese. Desde el teniente de alcalde hasta la monjita del Hospital Noble que asomaba su toca, -aquellas tan amplias-, entre las rejas, para ver tanto gentío guapo como por allá pasaba. En el asiento de al lado mío asentaba sus carnes la dueña, y el marido, de la freiduria La Farola, que estaba en calle Granada, antes de llegar a la Iglesia de Santiago, en un rincón donde ahora dicen que es una torre o torreón árabe. (Por cierto, me querían mucho en la plaza –mimitos por aquí y por allí- pero cuando iba a comprar un cucurucho de chanquetes o rape, ni me conocían los muy jodidos).
El único día que de verdad fui y estuve en la Feria, se me emborracharon todos. A un Arbós le encontramos por la malagueta rebozado de arena y vómitos. Y el Mena algo más sereno pero no mucho, escaqueándose siempre y buscando, (también por aquel ayer), alguna moza que le trajese frito. Acabamos en aquella vieja casa de Calle Álamos a las tantas de la mañana, con el sol ya bien redondo, desayunando un melón, bañando al Arbos, y yo jurando –juramento cumplido- que nunca volvería a la feria, y menos con gente tan impresentable para mí que por entonces ya empezaba a leer de contrabando Le Figaró Literaire, manda cojones.
A la de mi Málaga he ido dos veces. Una cuando la instalaban en el Parque y otra recién y bien mudada al recinto actual. A la de Madrid, nunca.
Claro que para ir antes a los toros en la Malagueta, había que pasar por la feria. Y pasé. Centenares de veces. Camino del tendido de sol y sombra número 3, fila 12, creo. Allá íbamos mis tíos los quincalleros de calle Granada y yo. A mi tío, por su tienda, le conocía todo dios de la religión que fuese. Desde el teniente de alcalde hasta la monjita del Hospital Noble que asomaba su toca, -aquellas tan amplias-, entre las rejas, para ver tanto gentío guapo como por allá pasaba. En el asiento de al lado mío asentaba sus carnes la dueña, y el marido, de la freiduria La Farola, que estaba en calle Granada, antes de llegar a la Iglesia de Santiago, en un rincón donde ahora dicen que es una torre o torreón árabe. (Por cierto, me querían mucho en la plaza –mimitos por aquí y por allí- pero cuando iba a comprar un cucurucho de chanquetes o rape, ni me conocían los muy jodidos).
El único día que de verdad fui y estuve en la Feria, se me emborracharon todos. A un Arbós le encontramos por la malagueta rebozado de arena y vómitos. Y el Mena algo más sereno pero no mucho, escaqueándose siempre y buscando, (también por aquel ayer), alguna moza que le trajese frito. Acabamos en aquella vieja casa de Calle Álamos a las tantas de la mañana, con el sol ya bien redondo, desayunando un melón, bañando al Arbos, y yo jurando –juramento cumplido- que nunca volvería a la feria, y menos con gente tan impresentable para mí que por entonces ya empezaba a leer de contrabando Le Figaró Literaire, manda cojones.
Comentario:
Ahora que montan la Feria de Málaga en Madrid, la Feria de Sevilla en Madrid, el Día de Extremadura en Madrid; tendremos que hacer la Feria de la Paloma en Málaga, en Sevilla, en Cáceres, en Badajoz, y en la madre que la pario.
Pero tendrían que ser ferias faraónicas para que se llenara aun más los bolsillos Gallardón.
Pero tendrían que ser ferias faraónicas para que se llenara aun más los bolsillos Gallardón.





