EL PINTOR ANÓNIMO DE MI PLAZA.
Hace dos años o tres que viene sábados y domingos muy temprano a la plaza. Le veo desde el balcón. Es un hombre tal vez pre jubilado. Nunca se pone en el mismo sitio. Llega, abre el trípode y una sillita. Sobre el trípode, un lienzo no muy grande. Después saca de la caja su paleta, sus pinceles, su aguarrás. Enciende un pitillo. Fuma mucho. Mira a lo lejos detenida y continuamente durante las tres o cuatro horas que se pasa pintando.
Me lo he preguntado mil veces, ¿qué pintará?
Hoy eran las nueve menos cuarto de la mañana y he bajado a por los diarios y el pan. Y ahí estaba. Lienzo, pinceles, cigarros, soledad. Me he acercado por detrás. El estaba mirando un punto lejano. ¿Será la fachada del hotel Conde Duque? ¿La fuente? ¿El lejano Corte Inglés? ¿Ese árbol que se muere de sed? ¿El cagadero oficial de perros?
Pinta lento. Piensa cada pincelada. Por encima de su hombro, miro.
¡Oh, asombro! En el lienzo, un mar muy azul con marejadilla y unas pequeñas olas con sus crestas de espuma. Al fondo, navega un velero de blanca vela. A babor, unas rocas y una barca varada en la arena gris. A estribor, lejana, una casa con un jardín muy verde.
Habría que premiarle con mucho premio. Ver lo que está viendo y pintando lo que le gustaría ver. Apaga un cigarro y enciende otro. Está satisfecho. Da una ligera y amorosa pincelada de blanco de cal a la casa lejana. Debió de ser la suya alguna vez y la evoca.
Se le ve feliz. Y tiene que serlo. Pintar una marina en la sequedad de una ciudad tan poco marinera, tiene mi admiración modesta y envidiosa.
Me lo he preguntado mil veces, ¿qué pintará?
Hoy eran las nueve menos cuarto de la mañana y he bajado a por los diarios y el pan. Y ahí estaba. Lienzo, pinceles, cigarros, soledad. Me he acercado por detrás. El estaba mirando un punto lejano. ¿Será la fachada del hotel Conde Duque? ¿La fuente? ¿El lejano Corte Inglés? ¿Ese árbol que se muere de sed? ¿El cagadero oficial de perros?
Pinta lento. Piensa cada pincelada. Por encima de su hombro, miro.
¡Oh, asombro! En el lienzo, un mar muy azul con marejadilla y unas pequeñas olas con sus crestas de espuma. Al fondo, navega un velero de blanca vela. A babor, unas rocas y una barca varada en la arena gris. A estribor, lejana, una casa con un jardín muy verde.
Habría que premiarle con mucho premio. Ver lo que está viendo y pintando lo que le gustaría ver. Apaga un cigarro y enciende otro. Está satisfecho. Da una ligera y amorosa pincelada de blanco de cal a la casa lejana. Debió de ser la suya alguna vez y la evoca.
Se le ve feliz. Y tiene que serlo. Pintar una marina en la sequedad de una ciudad tan poco marinera, tiene mi admiración modesta y envidiosa.





