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LOS 18 DE JULIO DE POR ENTONCES.
Hoy es 18 de julio.

Unos recordaran la fecha por alguna horrible guerra y otros por una merecida paga extraordinaria.

Yo la recuerdo por otra cosa.

El 18 de julio de los años cincuenta y sesenta, al amanecer, la playa del Bajondillo aparecía llena de carros y de mulos y de asnos. Y de mucha gente. Gente venida de Coín, de los Alahurines, de Cártama, Pizarra, Álora o, incluso, de Monda y más allá.

Los hombres con sus pantalones de gruesas franelas o gastadas panas, camisas blancas y sombreros de fieltro y algunos de paja amarillenta. Las mujeres con faldas y refajos, enaguas blancas que asomaban por los bajos de sus faldas oscuras y pañuelos negros en la cabeza. Los niños y niñas pequeños, en cueros; acaso ellas con cucos blancos. Los mozos con bañadores largos y las mozas con batas floreadas con las que se sentaban en el rebalaje a que el ir y el venir de las olas cosquilleasen sus zonas prohibidas que nunca habían sentido caricias tan suaves y deleitosas.

Con los carros, las cañas del cañaveral de los Luque y enormes sábanas y mantas matrimoniales, hacían la sombra donde estar. Allí cocinaban comidas que olían a pucheros invernales, con la que estaba cayendo. Enterrados en el rebalaje, melones, sandias, y botellas de vino se refrescaban.

La mañana transcurría entre el chillar nervioso de las mozas, el chapoteo de los críos, el ulular trágico de las viejas que con la falda subida hasta el tobillo se acercaban a mojarse el dedo gordo del pié derecho, acción que algunas no había realizado nunca.

Algún año se ahogaba alguien; lo que nos entretenia, con perdón sea dicho, pero era la pura verdad.

Y luego el fuego, al cuidado de las más ancianas, para los pucheros y a la hora de comer, un paso atrás con la cuchara de palo y el trago largo de vino viejo y los eructos y las risas jóvenes y carreras hasta el cañaveral para cagar y mear. Y en lo más hondo, el mocerío atrevido se dejaba sobar o sobaban castamente. Un montón de perros no sabían donde estaban. Y los burros y las mulas y los caballos y las yeguas esperaban, cansinos, la hora atardecida de la marcha.

El 18 de julio, la playa era para ellos solos. Los pescadores, y los pocos turistas que entonces por aquellos lugares veraneaban, huían.

Desde mi jardín yo les veía. Alguno se acercaba a pedirme agua de la manga riega, que aquí no llega. A veces llamaba a Pepe, mi padre de verano, para decirle que los niños intrusos se estaban subiendo al “Lucero del Alba” que estaba varado, con la faena hecha, esperando la amanecida para irnos a por chanquetes si estaba buena la mar. Y les pegaba un grito bondadoso. (Pepe era muy bueno). Y los niños seguian, claro está.

Y si estaba de servicio, se llegaba hasta casa “El Guerra” con su tricornio y su mauser a ver si caía una cervecita Victoria, malagueña y exquisita, de la vieja nevera de nieve. Ya estan aquí los del campo, sentenciaba despreciativamente

Y recogiendo que ya es hora. Y, blasfemando las más crueles blasfemias, arreaban a las bestias,cuando aún no había caido el sol, para sacar los carros medio enterrados en la arena caliente. Y hale, hala, arre, so, por el Pan Triste, cada mochuelo a su olivo lejano.

Algún borracho rompía el atardecer lánguido. Y alguna mujer gritaba histérica Paquitoooooooo, que nos vamos. ¿Dónde estará este hijo puchi, me cago en sus muertos? Y la última pareja de novios salía del cañaveral colocándose, disimuladamente, la camisa y la falda donde solía.

Y así, más más, o menos menos, cada 18 de julio de por aquel entonces.

No