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HIKIKOMORI MALAGUEÑO.

A veces uno se mira para sus adentros y le entran ganas de convertirse en un “hikikomori”. Un “hikikomori” es una persona que aspira a salir de la vida social. Yo lo he sido en demasiadas ocasiones. Confieso que la sociedad me importa un bledo, me molesta, me agrade. Y tenemos pocas armas para defendernos de ella, de la sociedad en general y de algún socio o socia en particular.

Una de esas armas defensivas es ver como azulea la mar por poniente y ponerte a pensar o, mejor aún, a no pensar. En este mi reciente viaje a mí Málaga, la mar no azuleaba que tenía un color verdeceledón muy levantino, cosa sería, digo yo, de la terralá fuerte y cabrona.

Otra arma es llegarte hasta el Parque cuajado de colores hermosísimos y sentarte en uno de aquellos bancos de bella azulejería y oír el sonido de la ciudad tibiamente tamizado por la arboleda vieja y callada bajo la que tanta historia transcurrió. Me llegaban los rumores confusos de aquellos días en los que por el Parque huían los malagueños camino de Vélez en una desbandá triste, trágica y cruel, mientras la aviación alemana bombardeaba una Málaga muda de horrores, ciega de bombas, falta de esperanza.

También te alivia el alma atea el frescor de los Mártires o el de Santiago. Yo siempre he comparado las Iglesias con las tabernas. Sirven para lo mismo. En unas rezan para que les ayuden a vivir o a morir y en las otras, el vino ayuda a olvidar que se está viviendo para morir. Y en las dos –iglesia o taberna- siempre tienes buena compañía.

Y andar. Lo que vale andar mucho por la ciudad que uno ama. Recorrer el ayer o contemplar (horrorizado a veces, eso sí) los desmanes urbanísticos. Las calles más hermosas, las casas más soñadoras, los callejones más frescos, los patios más secos, están en ruinas esperando especulador. El centro histórico malagueño es una puta vergüenza. Ya no hay ni tiestos en las ventanas, ni patios rumorosos, ni sillas de enea al atardecer jazminero.

Y cuando caigan lo que hoy son ruinas, habrá caído la Málaga señorial y cadenciosa; y entonces uno, servidor, me pondré, señorial y cadenciosamente, a morir de pena que duele mucho y ya no tendré porqués para volver. ¿O sí?
No