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ALTOLAGUIRRE en el Palacio Episcopal.


Horas. Estuve horas en el Palacio Episcopal malagueño disfrutando, soy tan raro, de una exposición maravillosa sobre Manuel Altolaguirre, poeta e impresor.

Y como soy corto de entendederas y no sé explicarme como debiera, ni puedo escribir la emoción, que estupidez, de contemplar esas primeras ediciones de libros o revistas, esas portadas impresas con tintas sacadas del corazón, esa tipografía delicada y exacta para cada libro, incluso para cada poema. Y allí, en un rincón, la “minerva”, esperando unas manos de papel, la errata siempre presente, las versales arrogantes, las bastardillas cantaoras, y al minervista cargado de tinto, su vacuna para el mal de las tintas.

Y Dalí y Picasso por las paredes. Y en las paredes, poemas. Y en los poemas, amor, dulzura, sufrimiento, inquietud, recuerdos, exilio, olvido.

Horas. Y ahora cuando llegue, después del verano, a la Residencia de Estudiantes madrileña estaré, horas, esperando, otra vez, acariciar, con mi mirada, aquellos libros, Litorales, manuscritos, amarillos recortes, las cartas escritas a plumilla, las fotos lejanas, el Atlántico por en medio.

Y Altolaguirre.

Cuando me acerco a Málaga, a la mía, siempre recuerdo uno de sus poemas que, indigno, hago mío:

Para no morirme
perseguí a mi alma,
que se iba conmigo
por una ciudad
soñada, invisible.
Yo la iba siguiendo
sin que tú supieras
que mi cuerpo andaba
tan sólo por ella,
para no morirse.

¡¡¡ A y !!!
No