LA TERRAL.
Me estaba esperando. Desde hace muchos años me estaba esperando. Llevábamos demasiado sin coincidir. Y salió el otro mediodía a recibirme. Por la entrada que deja el viejo, reseco y traidor Guadalmedina a La Palmilla y La Palma a la derecha y a Ciudad Jardín a la izquierda según bajamos y cerca ya de la Rosaleda, abrí la ventanilla del coche para absorber de una bocanada amplia, ancha, honda, el aire que me faltaba. Los pulmones secos, la garganta seca, la boca seca, los ojos secos de tanto faltar Málaga en mi alma.
Y la bocanada se me vino redonda, pesada, ardiente, inflamada, vehemente. Era una vieja amiga que me saludaba. Era la terral, el viento áspero de la tierra adentro. La terralada tórrida que esperábamos para enfriar aquellos búcaros blancos que rezumaban frescor, que misterio, bajo un sol esférico abombado en rojo cuando el amanecer.
Y el poniente por el puerto entraba para hacer salir a su enemiga de patios y calles. Pero cuando la terral se siente mujer bravía, no hay quien la saque de las esquinas ni de las camisas ni de los cucos ni del alma. Se mete en los poros uno a uno, y los abre y los calienta y los calla y los aplasta.
La terral, decíamos por la playa bajondillera. Qué sabios éramos los pescadores viejos aquellos. El levante, el poniente y la terral. Masculinos, los frescos. Y la terral, ¡cerrad puertas y ventanas!, que ya llega, calentita al principiar, y luego calentona, calentorra, lujuriosa, impúdica, carnal. Cuantos pecados pequé envuelto en su aura protectora de siestas no bien dormidas, bajo las higueras de aquel amigo niño que se murió sin saber de besos.
La terral se me llegó el otro día más alegre que nunca. No ha podido con ella la más moderna técnica. Ni el aire acondicionado nipón o chino; que el amarillo da repelús. Y se sigue empotrando en nuestra piel y se queda mirándote a los ojos. ¿Qué pasa? Aquí estoy, me faltabas desde tiempo. ¿Dónde te metes, porque te fuiste, porque me dejaste? ¿Te acuerdas como entraba, cuando quería, por todas las rendijas, en tu cuarto cerrado con esa llave oxidada y lleno de libros prohibidos escondidos, junto a los “antillana” sin filtro, en la sombrerera de un viejo sombrero cordobés de Casa Mira, frente por frente a “El Abuelo”, calle Especerías diez? Y cuando querías navegar y llegaba yo y Pepe te decía: hoy no, que hay mucha terralá; como te jodía.
El lunes hablamos por donde La Farola, al atardecer. Yo sigo tan vieja. Yo ya no soy menos, te contesté. Me abrazaste. No me hago sin ti, creí oírte al marcharte entre las palmeras.
La calor de la noche nueva me estremeció de frío. ¡Cuántas cosas amé a la calor bendita tuya, terral de mi vida!
Comentario:
Y mientras el terral atacaba allí estaba María friendo el pescao, con su frente sudorosa, con ese sudor limpio que daba gusto que se te pegara al darle un beso. Con su sonrrisa también limpia. Todo tan limpio que hasta nosotros éramos limpios.





