APARATOS.
El calor es antiestético. El sudor, los pantalones masculinos cortos, las camisetas masculinas sin mangas enseñando pelillos o pelazos húmedos y olorosos, las mujeres que llevan tules que dejan transparentar cucos anchos, cortos, blancos, negros, celestes, rosas… ¿Hay algo más en contra de la sensualidad estética que los tirantes de plástico de tantos sujetadores? Todo es antiestético.
En verano olemos mal, se eructa más con la cantidad de gases que tragamos en forma de cerveza o de tinto de verano… Los turistas –casi todos- son de lo más antiestético igual que las manadas de nipones yendo y viniendo.
Pero con todo y con eso, hoy quiero protestar ante todos del crimen que es el instalar en las fachadas esos aparatos de aire acondicionado. Son aparatos y tubos feos, horrorosos, que estropean edificios enteros, que rompen la armonía. ¿No es la armonía símbolo de hermosura? Hay casas cuya belleza ha sido destruida por estos aparatos diabólicos que se instalan igual en una casa amorfa que en un edificio arquitectónicamente muy válido. Incluso catalogado como histórico. Y yo no oigo a los arquitectos protestar por que les están rompiendo lo que ellos crearon con unos cánones con los que pensaban pasar a la posteridad.
Mañana, la mitad de los edificios estarán agujereados como un acerico. ¿Qué dirá la historia del arte?
Y no sólo hacen feo. Además, suenan. Y mucho, muchos. Si te toca uno cerca, la llevas dada, ya me dirás tú. Nochecitas en vela, nochecitas toledanas, nochecitas de me cago en tu padre.
¿Y los que además de afear y de sonar, sudan? Vas por la calle y ¡agua va! Goterones que caen sobre ti, que guarrería. Con sabor a anticongelante. Algunos propietarios de estos aparatos sudorosos, nos hacen la merced de poner un antiestético tubito de plástico para que las gotas caigan a una antiestética garrafa de plástico, que afea la calle a lo mejor bellísima.
Pero hay alguno más que no sólo afean, suenan y sudan, si no que despiden unos chorros de aire caliente que calientan las calles ya calientes. Y no sé por que, esos chorros siempre te dan en la cara. Recibes de vez en cuando unos eructos grandiosos como si el aparato de aire acondicionado hubiese comido una fabada asturiana y tuviera ardores de estómago.
Ya saben ustedes el refrán aquel que dice: lo que quita el frío, quita el calor. Y aquí estoy yo, en pantalones largos, camiseta de franela, envuelto en una manta, con el balcón cerrado…
...y no sigo. Creo que me ha dado el colorín. Colorao.
En verano olemos mal, se eructa más con la cantidad de gases que tragamos en forma de cerveza o de tinto de verano… Los turistas –casi todos- son de lo más antiestético igual que las manadas de nipones yendo y viniendo.
Pero con todo y con eso, hoy quiero protestar ante todos del crimen que es el instalar en las fachadas esos aparatos de aire acondicionado. Son aparatos y tubos feos, horrorosos, que estropean edificios enteros, que rompen la armonía. ¿No es la armonía símbolo de hermosura? Hay casas cuya belleza ha sido destruida por estos aparatos diabólicos que se instalan igual en una casa amorfa que en un edificio arquitectónicamente muy válido. Incluso catalogado como histórico. Y yo no oigo a los arquitectos protestar por que les están rompiendo lo que ellos crearon con unos cánones con los que pensaban pasar a la posteridad.
Mañana, la mitad de los edificios estarán agujereados como un acerico. ¿Qué dirá la historia del arte?
Y no sólo hacen feo. Además, suenan. Y mucho, muchos. Si te toca uno cerca, la llevas dada, ya me dirás tú. Nochecitas en vela, nochecitas toledanas, nochecitas de me cago en tu padre.
¿Y los que además de afear y de sonar, sudan? Vas por la calle y ¡agua va! Goterones que caen sobre ti, que guarrería. Con sabor a anticongelante. Algunos propietarios de estos aparatos sudorosos, nos hacen la merced de poner un antiestético tubito de plástico para que las gotas caigan a una antiestética garrafa de plástico, que afea la calle a lo mejor bellísima.
Pero hay alguno más que no sólo afean, suenan y sudan, si no que despiden unos chorros de aire caliente que calientan las calles ya calientes. Y no sé por que, esos chorros siempre te dan en la cara. Recibes de vez en cuando unos eructos grandiosos como si el aparato de aire acondicionado hubiese comido una fabada asturiana y tuviera ardores de estómago.
Ya saben ustedes el refrán aquel que dice: lo que quita el frío, quita el calor. Y aquí estoy yo, en pantalones largos, camiseta de franela, envuelto en una manta, con el balcón cerrado…
...y no sigo. Creo que me ha dado el colorín. Colorao.





