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LOS PANTALONES CORTOS.
Se está poniendo de moda y me molesta. Me refiero a los pantaloncitos cortos de los hombres que lucen, es un decir, por las capitales, como Madrid por ejemplo.

Llegas a una librería famosa y campanuda y el dependiente viste desvistiendo sus peludas piernas. Paras un taxi y además de tener que oír la radio que no te gusta, entablar una conversación que no te interesa; además de oler a pieses o a desodorantes automovilísticos –huelen igual- te das cuenta que lleva todos los pelos de las piernas al aire.

A lo mejor estás sentado tan ricamente en tu casa leyendo un libro y te aparece una visita en pantaloncito corto, eso si lleno de bolsillos que están llenos de cachivaches: el celular, la enorme llave del auto, las innumerables llaves de la casa, los kleenex, el abono transporte, y muchos incordiantes céntimos de euros que no sabemos nunca a quien endiñar.

Vas con la mejor voluntad del mundo a casa de un familiar después de haberte duchado y coloniado y tú querido familiar, pongo por ejemplo, te espera en pantalón corto para dar una vuelta. Él que tan bien se hace el nudo de la corbata para pagarle un café al chupatintas de la sucursal bancaria donde navega en el proceloso océano de las hipotecas, y los brillantes números rojos.

Los porteros de las casas que no son automáticos también comienzan a estrenar esta moda nefasta. Y los camioneros y los albañiles y los administrativos de Santa Lucía, la de los muertos. Y los notarios no sé por que no gasto.

Hoy he visto, bueno fue ayer pero es lo mismo, a un tipo, dicen que catedrático, con camisa de manga corta, pajarita, un chaleco de esos multibolsillar, mochila al hombro, País en mano, y pantaloncitos. La leche. Lo juro.

Un señor sordo que todos los días compra el ABC y tabaco rubio y viste de marca, ya los viernes utiliza los cortos pantalones.

Y señores provectos a mucha honra, caminan con su bastón y sus pantalones cortos camino de la Iglesia, creyéndose un boy scout cualquiera.

Vamos, que no. Que no me gusta. Que los pantalones cortos son antiestéticos, fuera de lugar. En la capital, trabajando o no; no. Quédese y disfrútese en su lugar playero o piscinero. Que para eso son.

Reportémonos, please. Es risible ver a un don nadie con sus pantaloncitos de marca -¡encima!, enseñando unos morcillos recién depilados, morenitos de estufa y relucientes de aceite. Deben de ser esos a los que llaman metrosexuales, aunque yo pensaba que estos metro -sexuales eran los que metían mano a las pibas en la línea 5, pero parece que no.

Buenos, pues no solo tengo que aguantar los pantalones cortos por las calles, si no que los chicos de mis chicas los utilizan ante mis narices sin la menos compasión hacia la mía vejez , tan señorial por otra parte.

Pero es que hoy me ha sucedido lo peor. No ha sido, que vá, que mi hijo vaya en calzoncillos, slips, o boxer por la casa (otra moda moderna) si no que al que yo creía kioskero modélico, recatado y honesto, me ha venido hoy con las piernas al aire y tan campante y unos nuevos pantaloncitos cortos, de confección no demasiado a la última moda. Tenga usted, (yo), un kioskero para esto. Muchos saberes, muchos idiomas. mucha Italia en sus huesos, mucha educación y muchos pelos en las piernas.

Vamos a ver, hombre. ¿Usted se operaría de hemorroides con un proctógolo vestido con pantalón corto y enseñando las varices alegremente? ¿Se confesaría, en caso de haber pecado, con un cisterciense de luenga barba y corto calzón? ¿Permitiría que Adriá, en shorts. le cocinase una trufa telúrica en salsa gasificada de espema de ballena blanca y espuma leve de heces de chanquetes torremolineros a la salsa fria de vino pajarero?

Pues yo protesto energicamente de la degradación que lleva el vestir, a la hora de trabajar, esos infames y de mal gusto pantalones cortos. Así que aunque hoy sea San Luis Gonzaga, hijo del Marques de Castiglione delle Stiviere, patrón de los jóvenes y jóvenas, yo no felicito a ese kioskero que a lo mejor sabe a quien me estoy refiriendo.

Que le den, oiga usted.








 
Comentario:
Si yo fuese su quiosquero,
¡pobrecito!, sólo le daría La Razón de Ansón; que es la única Razón que no tiene razón de SER.

Por otra parte, los quiosqueros, como los empleados de fincas urbanas (antes eran porteros y no pasaba nada), deberían dejar un suplente en verano. Mejor dicho una suplente en pantalón corto saliendo por detrás la cinta del tanga, de ese modo no protestaría usted.

 
Comentario:
Si yo fuese su quiosquero,
¡pobrecito!, sólo le daría La Razón de Ansón; que es la única Razón que no tiene razón.

Por otra parte, los quiosqueros, como los empleados de fincas urbanas (antes eran porteros y no pasaba nada), deberían dejar un suplente en verano. Mejor dicho una suplente en pantalón corto saliendo por detrás la cinta del tanga, de ese modo no protestaría usted.

 
Comentario:
Apuntes históricos:
Quiero recordar aquí que el hombre adinerado anterior a la (sagrada) Revolución Francesa usaba únicamente pantalones cortos con mallas, mientras los integrantes de las clases sociales más bajas (no quiero señalar a nadie...) usaban ya una prenda llamada ‘‘sans culotte’’ la cual era muy parecida al pantalón que se usa hoy en día.
Sin embargo, con la llegada de la revolución, los hombres de la clase alta de aquella época se vieron obligados a adoptar la prenda, dándole al traje masculino un drástico giro que prevalece desgraciadamente hasta nuestros días. El pantalón largo, como parte del traje del hombre, permanece como una constante después de la revolución y durante etapas tales como el directorio, el consulado y la época de Napoleón. Sin embargo, todavía había quienes seguían prefiriendo la antigua tendencia, en la que predominaba el pantalón corto, como aquí que hay bastantes "opinablogadores" que parece que están en la época de Napoleón y debieran usar pantalón corto.
La verdad es que un servidor lleva unos 15 años aguantando y saboreando ese inconfundible aire de elegancia de un señor que sabe lucir un fino corte a su medida.
No