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FUSIÓN.



Vivimos rodeados de gentes de más allá de los mares, desiertos y montañas. Gente mora, cristiana, amarilla. Hablamos de ellos pero no con ellos. Aquí, en el Madrid abierto y amistoso, cierran calles y parques los domingos para que bailen sus bailes y coman sus comidas y enseñen a sus hijos jugar como aquí no se juega.

Se van los barrios llenando de colores cada vez más calientes y de rezos que no hemos cantado nunca, si a caso aquellos rezares de la Misa Campesina de Carlos Mejía Godoy. Las escaleras no huelen a cocidito madrileño y floridas y extrañas frutas aparecen por los mostradores de tiendas en las que nunca entramos por verguenza.

Nos hacía gracia el aguacate y los rollitos primavera. Que exótico, decíamos por entonces, y volvíamos a nuestra mesa de siempre con la manzana reineta y la humilde empanadilla.

La fusión. Llevamos fusionándonos desde Atapuerca. Unas veces con mayor tino que otras. Y nunca hemos protestado mucho. Al revés. Colonizamos América a base de engendrar mestizos a todas horas.

Y a todas horas, hoy, nos separamos más de los inmigrantes. Están haciendo ghetos donde los nativos no podemos entrar. Se van cerrando y ¿quieren colonizarnos ahora ellos? Creo que muchos, demasiados, ni lo intentan ni quieren. Se apartan. ¿O somos nosotros? Se apartan. ¿Será una táctica? El día que digan aquí estoy yo...

Los chinos, en cambio, son más calladitos. ¿Por donde pasean? ¿Dónde se mueren? No hay chinos en los ambulatorios ni en las plazas domingueras. No quieren contaminar su cultura. Les sobra vivir con el todo a cien y el cerdo agridulce. Los patos del río Manzanares y del lago de la Casa de Campo ya están laqueados todos en las cocinas de los restaurantes que afloran como las margaritas. ¿Se comen margaritas en los chinos? ¿Comen paella los chinos? ¿Juegan a los chinos, los chinos?

Yo no sé nada de estos chinos que me rodean. Vivo entre chinos sabiéndolo y desconociéndoles. Me venden las pilas más baratas y los CD piratas. Y me tutean. Pero fuera de las tiendas no hay chinas ni chinos. Y mira que se les nota. Pues nada. Son anónimos. Son los únicos seres del mundo que no entran en El Corte Inglés ni en Prycafeur. Me gustaría, (ay, perdónenme), ver un entierro chino, una boda china, un parto chino. Sólo así creeré que no sueño; que esos miles de chinos que me rodean son en verdad chinos. Chinita tú, chinita yo.

Y acabo. Esta mañana misma, iba un muchacho entrado ya en la treintena, con su calabaza y su bombilla, tomando mate, la hierba del demonio según decía la Santa y Antigua Madre la Iglesia. Y además llevaba colgando al hombro un bidón con agüita para seguir cargando el mate.

Estamos ya viviendo otro cambio en nuestra sociedad. Vamos a trastocar nuestras costumbres ancestrales. ¿Será para bien?

A mí, al menos, el mate me gusta. Me lo ha regalado un amigo argentino. Una japonesita me va a hacer tofu teriyaki cualquier tarde, y el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy, me lo hace un moro de los de Alá.

Sólo me falta lo del negro. Ay, mamá, ¿qué es lo que tendrá el negro?






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