logotipo

img_google
G R A N A D I T O S, o p i n a:
Acerca de

+1

FRENTE AL CÁNCER,

PINCHA Y

SÚMATE.

AAA

Sindicación
 
LA SOLEDAD DE LA EXPLANADA DE LA ESTACION.
La Explanada de la Estación ya se ha quedado sola. Ni trenes, ni ferroviarios, ni raterillos, ni coches de caballos, y ahora se va La Cena y la Virgen de la Paz. Media vida se me va a mí también de aquellos lugares tan percheleros y tan queridos.

Y se fue con retraso la Hermandad ferroviaria, como debe ser. Un retraso de no quererse ir. ¿Dónde nos van a tratar mejor que aquí? Estaremos en otro lugar pero fuera de cacho. Fuera de nuestro cacho. Ese cacho que aún huele a humo y la carbonilla se mete en los ojos como cuando por el Chorro no podían las locomotoras con su alma. Ese cacho viejo, entrañable, azul, de los sleeping car de Wagons Lits. Ese cacho del Sevillano, del Costa del Sol, de los Taf y Ter, de los camellos, del rápido, del Catalán. Ese cacho de adioses tal vez para siempre. Ese cacho de lloros gozosos del que llega de lejos de vuelta a casa.

Yéndose la Cena y su Virgen, el cacho entrañable de una Málaga que se me muere, queda vacío. Uno más que queda vacio.

El otro día salieron con retraso, como debe ser; sin querer irse. Salieron y los tronos se volvieron para ver su casa por última vez. Juntaron las manos los hombres de los dos tronos y mecieron su tristeza y su adiós entre ayeres de recuerdos. Ya no hay ni callejones percheleros por donde irse. Vámonos, qué remedio, por los Cuarteles en busca de la Aurora y del Puente. Digamos adiós a nuestros vecinos, a los del Carmen, a la Expiración, a la Esperanza... Vámonos, deprisita, que duele este caminar sin vuelta. Ya no hay tío páseme el río, que ya no hace falta. Adiós percheles, no volveremos. Qué lejos no se oyen los silbidos de las negras locomotoras. El viejo barrio pescador y borracho desaparece. Y la Cena y su Virgen bajo los árboles de la Alameda, en un día de junio, se van para Puerta Nueva, y en vez de ferroviarios tendrán por compañía a los jesuitones, allá cerca, en la otra Compañía.

Ya están allí. Que dolor. La Cena era la Explanada de la Estación. El Perchel ha visto a los hombres de trono sufrir bajo tan pesados tronos. Pesados como locomotoras. Enormes. Demasiado. Pero hacían el largo recorrido alegres, cumpliendo horarios, sin retrasos, ojito a los pasos niveles, y arriba que viene el Chorro, cuidado con los frenos que aquí patinamos más que por Álora, la blanca.

Ya estamos aquí. Fuera de cacho, como los malos toreros. Fuera del Perchel. Fuera de la Explanada. Ya nunca nada será igual. Como tantas cosas.

En eso hemos quedado la Estación, la Explanada, el Perchel, la Cena, la Virgen de la Paz, nosotros mismos: como tantas otras cosas.

Y eso, eso me da pena y me causa un dolor imponente mientras con los ojos cerrados oigo un cante del Piyayo triste y malagueño a más no “joder”.
No