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UN SIGLO DE MANUEL ALTOLAGUIRRE, POETA MALAGUEÑO.
Cien años, ¡un siglo!, hace que Manuel Altolaguirre naciera en una Málaga vieja pero hermosa como siempre.

Vicente Alexaindre decía de él algo demasiado hermoso pero que debió ser verdad: Manuel, era un ángel, que de un traspiés había caído en la tierra.

Fue poeta en el papel blanco, poeta en sus imprentas que tanto amó, poetas en sus viajes y en sus amores, poeta de exilio y américas hermanas, poeta de litoral y mediterráneo, poeta de revistas, poeta de cine, de creación, de vida, de amores. Un poeta puro. Exacto. Recto. Olvidado. ¿Quién se va a acordar de un poeta tan poeta, tan sólo poeta; el poeta que iba a las francias y a las américas con su imprenta a cuestas imprimiendo libros hermosos.

En plena guerra por el frente del este, cerca de Gerona, plantó sus aperos en un viejo monasterio, y entre batalla y silencio, bajo la rojez de lunas y balas, más muertos que vivos, imprimió al gran Pablo Neruda su libro España en el corazón.

Hay que ser muy poeta para amar las imprentas. Aquellas imprentas de cíceros, tipómetros, clisés, tintas, matrices, liniométros, tipógrafos, batas azules, olor a tinta, a vino, a mucho vino.
Es verdad que un poema sale del alma pero no puede perderse. Ni se puede recitar. Para sentir un poema hay que verlo escrito. Con el tipo de letra cabal para los sentimientos. Versales, cuando hay que poner versales; y si no, caja baja. ¿Suena igual un poema mal alineados los tipos?

Altolaguirre, poeta, impresor. Malagueño. Otro más para el olvido, ¿no verdad? El escribió su “Soledad sin olvido”:

¡Qué pena esta de hoy!
Haberlo dicho todo,
volcando por completo
lo que pesaba tanto,
y ver luego que todo
se queda siempre dentro,
que las palabras fueron
espejos engañosos,
cristales habitados
por fantasmas sin vida;
que todo queda dentro
con sus negras presencias,
insistentes, doliendo.


Me duele que no le hagamos caso. Que se quede para los necios eruditos y sus conferencias pesadas y eternas, llenas de nada. Me duele que el poeta malagueño, otro poeta malagueño, se pasee por el Parque sin que nadie le reconozcamos. El poeta andará por la Alcazaba mora y mirando por la ventana que da a poniente recordará su poema

La ventana separa
el mundo de los trenes,
de los grandes vapores,
de los hombres a pie,
del mundo quieto
de un alma sola.
¡Qué alegría
ver los rosales y los vendedores!
Al ruidoso paisaje
de tráfico y de vida
mi tristeza se asoma.
Mi soledad consciente
mira las hermosuras
inútiles del mundo.
Lo bello y el dolor
es de las almas solas.


Solo otro poeta. Solo otro poeta malagueño. Otro olvido, él que tantos poetas lanzó sobre el blanco del papel y la negrura de la tinta a la inútil y hermosa historia de los libros nunca viejos, y si viejos más queridos y hermosos.

Se nos van los poetas como la resaca del rebalaje de la playa de El Limonar que Manuel Altolaguirre cantó en los años jóvenes de jesuitotes que le enseñaron a leer, atento, a San Juan de la Cruz en el que bebió hasta saciarse del sentimiento amoroso que le hacía sentirse acompañado en la soledad del silencio interior.

… … …
Yo y mi sombra, ángulo recto.
Yo y mi sombra, libro abierto.
Sobre la arena tendido
Como despojo del mar
se encuentra un niño dormido.
Y la estela de su marcha
abierta al igual que un libro.
... … …


El poeta. Sus versos cortos, musicales, alegres, tristes, humanos. Y él, simpático, cálido, cordial, transparente. El poeta, otro poeta malagueño, otro atrevido olvido. ¿Tendría razón él?

Era dueño de sí, dueño de nada
Como no era de dios ni de los hombres,
nunca jinete fue de la blancura,
ni nadador, ni águila.
su tierra estéril nunca los frondosos
verdores consintió de una alegría,
ni los negros plumajes angustiosos.
Era dueño de sí, dueño de nada.


¿No es eso, pregunto ingenuo, la poesía?
No