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FRENTE AL CÁNCER,

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¿CUANTO DEJAMOS ATRAS?
Cuando vas perdiendo la noción de tú ciudad, es que la ciudad crece más aprisa de lo que puedes darte cuenta. El cemento lo arroya todo y le dejamos hacer.

Ya nos perdemos por las esquinas desconocidas. ¿Cómo vamos a decir adiós a tanta gente nueva? Por los rincones negros de los parques se ha perdido aquella niñez de tantos años. Se han marchitado muchas primaveras de flores y hojas y besos. Las caricias robadas cuelgan de las memorias camino del olvido. No pisamos las piedras que tanto gastamos de tanto caminar hacia el mismo sitio. Cada día nuestro mundo se va haciendo más pequeño. Nos duele conocer otros limites que nos encierran en nuestros viejos recuerdos, en vez de abrirnos a una esperanza que no llega por nada del mundo. Que ya zarpó, lentamente, sin que nos diésemos cuenta cuando izaron sus velas blancas.

Se ha perdido el barrio entrañable y acaso el amigo de toda la vida, aquel de los juegos y el cine. ¡Amigo de toda la vida! Amigo de entonces, de cuando entonces, y nada más. Pero nos viene a la memoria y no sabemos su cara de ahora, su corazón de ahora. Tampoco sabemos si vive y en donde. ¿Habrá muerto como las calles, las tiendas, las piperas, los tranvías que mañana y tarde esperábamos en busca de la hombría deseada? ¿Nos damos cuenta, en verdad, en verdad os pregunto, todo lo hermoso, lo tremendamente hermoso que hemos incluso olvidado sin darnos cuenta?

Déjame que me acuerde de ti, amigo.
Te quise más que a nadie; tú no lo sabes
o acaso, tal vez, no te acuerdes.
Desde niños, juntos miramos la vida
sin pensar que nos podría separar.
¡Ah, de aquellas tardes escondidas
entre la fresneda de los Navazos,
mirando el cerro aquel, tan viejo!
O las noches gélidas y calladas
oyendo el silencio de la Mujer Muerta.
Era cuando soñabas volar por los cielos
y yo soñaba con soñar y soñar.
Te quise más que a nadie, ¡las cosas!
Y qué cuesta enterrar el cariño.
Nos alejó la vida o nosotros mismos.
Déjame decirte, para que lo oigan todos,
o para que lo oigas tú en el recuerdo,
que te quise con la ternura,
la amistad sincera, limpia, primera.
Y aún, en una vejez evocadora,
el cariño aquel se revuelve inquieto
en mi corazón cansado de ausencias.
Te quise, viejo amigo, te quise.
Quizás algún día nos encontraremos
por las calles, que ya no son nuestras,
y no sabremos decirnos ni adiós.



Vamos dejando jirones del alma por los atardeceres llenos de esperanzas perdidas. La ciudad cae sobre nosotros con el peso anónimo de un olvido y de otro olvido. Los nuevos barrios han robado nuestras sonrisas viejas. Ya sólo nos queda mirar, mirar y no entender nada.
No