EL DEL CULO EN POMPA.
Llegó y en un rincón vergonzoso, bajo la mirada cachonda de la cachonda Isabel II, se bajó los pantalones, después los calzoncillos blancos ilustrados con hermosos palominos marrones, y se inclinó apropiadamente para que su culo se viese bien.
Unos muchachos fuertotes que ayer daban patadas a los cristales de la Audiencia Nacional, se acercaron y admirando aquellas carnes que se ofrecían tan dadivosamente... disfrutaron plenamente de ellas.
El del culo en pompa, también disfrutó; después arrancó una página de la Constitución que había en una urna y se limpió los líquidos que le escurrían.
A lo lejos se oía una copla malagueña al viejo estilo Piyayo:
“La tierra sintió su muerte,
las campanas reoblaron,
la´sepulturas se´abrieron,
los muertos resucitaron”.
Ojalá resuciten los mil muertos y ojalá resucitemos nosotros, tan apáticos con estas cosas. Y vayamos juntos hasta la Moncloa y...
¡Dios!, si existes, no creo que fueses capaz de perdonarme lo que estoy pensando.
LAS PELOTAS.
Yo he sido muy poco futbolero. Pero de siempre. El primer partido que vi fue en San Mamés, cuando en la catedral aún podía verse jugar a la selección española. Me llevó mi padre que odiaba el fútbol. Se murió, Gloria haya, sin saber que era un penalti o un corner, dichoso y feliz él. El caso es que ofrecían un viaje en tren a Bilbao y las entradas. Y allá que nos fuimos. Pero a ver si encontrábamos a la Madonna de los Sleepings. Porque lógicamente íbamos en uno de aquellos azulones de la Compagnie Internacional des Wagons Lits el des Grands Expres Europeens. Ni Madonna, ni leches, ni partidos, ni goles. El caso es que fuimos y venimos en tren que es de lo que se trataba. Ni la encontramos, a la Madonna, entonces, ni nunca jamás después se me apareció entre tules en mi departamento single. Y mira que he viajado gozosamente en su busca. Arrieritos somos.
Bueno, luego con la edad del pavo y pijerío, asistí en el Bernabeu a gloriosos partidos de los que no recuerdo nada, acaso algún sentimentalismo en aquel viejo y pecaminoso Parsifal.
Después en el Calderón pasé épocas de dolor y sufrimiento hasta que me dije: Mi niño, anda y deja de sufrir y vete a los toros que aún Manolo Escobar no cantaba aquello de que no quería que su novia fuese a los toros con minifalda y una vista a los tendidos era una bendición de Dios.
Y hoy, ya caduco, sigo sin ver fútbol, vaya semanas que llevo y me esperan con eso del mundial o del corral, que no logro distinguir la gilipollez.
Y el baloncesto no me agrada nada con tanto americanismo. Cinco partidos para eliminarse es un tostón. Cuatro tiempos es un tostón. Yo me quedo con aquel cámino de entonces.
El tenis para mi es sinónimo de aburrimiento total. No hay cosa más aburrida. Y eso que ahora no todos los uniformes son iguales. Ya hay colores en los mismos y en los cucos de las tenistas. Pero ni con esas.
El golf... Mi amigo Tomás –poeta y boticario- decía que por los prados de Cantabria, antes Santander, él jugaba al golf con su suegro, también boticario muy principal. Paseaban por el verde con sendos cayados, discutiendo sobre los problemas de su profesión y cuando veían una moñiga de vaca, paraban, dejaban de hablar, agarraban el cayado bien agarrado y con un grácil movimiento de brazos le daban a la boñiga que se deshacía en el aire. Y seguían hablando de sus cosas y de la ampicilina, por ejemplo.
El hokey es tan rápido que ni te enteras. Es como una comida moderna de Adría. Tampoco me gusta.
El ping pong además de rápido, también es chino. Aún no he aprendido donde bota la pelota. Nunca la veo.
Bueno, no sigo. Aunque esté muy mal escrito lo anterior, se habrán dado perfecta cuenta que no me gusta los deportes de pelota. Con las pelotas se pueden hacer cosas mejores. Vamos, digo yo.
MADRID-MÁLAGA-MADRID.
Y ya nada más tomar velocidad el tren, a lo lejos se adivina a la derecha, (hay neblina en el Tajo creo), Toledo. A la derecha, siempre. Como siempre. Y después campos áridos u olivareros. Olivos que me parecen jóvenes. No sé. O no los entiendo. Yo no soy oleicultor.
El cielo anubarrado continuamente. El tren rápido, silencioso, casi vacío. A la gente no le apetece viajar en martes, en trece y en San Antonio. O estarán buscando novias o novios, vaya usted a saber.
La azafata pizpireta –porque es pizpireta- trae una tortillita francesa con bacón, un panecillo, un vaso de agua, un bollo cornudo y un té. Un desayuno pasable merecedor de un tibio eructo, con perdón de la mesa.
Estoy mirando las nubes y los olivos y tienen el mismo mal color. Y de pronto, sin avisar, la Facultad de Letras y el Polideportivo de Ciudad Real, a la que no respetamos y seguimos sin hacer parada y fonda. Los trenes ya no van de estación en estación. (Dale paso al ascendente, Manolito). Reptan buscando la máxima velocidad, que es toda su virtud.
Detrás de la valla de la Estación de Puertollano uno detrás de otro, en la misma acera, en la de enfrente, maricón el último, Carrefeur, Lid, Día, Mercadona. Acera magnifica donde apurar todas las tarjetas; una aquí, otra acullá.
Camino ya de Córdoba. Lejana y mora y callada. El cielo no tiene nubes, tiene negruzco. Veremos si llueve. El reloj de las Tendillas rasguea las nueve y diez. La Avenida del Gran Capitán ya no ve los trenes, que se los tragó la otra negritud del cemento armado de los túneles. Aquella estación vieja tan amada siempre llena de gente y de tráficos ascendentes y descendentes, expresos y lentos rápidos, mercantes y pescaderos, aquella estación –digo- no volverá. ¿Qué fue de aquellos depósitos donde a tanta panchorga, a tanta francesa, a tanta japonesa acaricié acaso voluptuosamente?
Nos están cambiando los ejes para el otro ancho más ancho de vía. Si a mi me gustan que suenen pá qué los quiero cambiar. Y, enseguida, para Málaga como chiquillos con zapatos, digo ejes nuevos.
El Guadalquivir va sequete, como un bollo de ayer, buscando la leche prometida. Y los girasoles con tanto nublado, se despiertan sin saber a donde mirar.
Por la vieja vía, el tren se volvió saltarín y ruidoso, gracias sean dadas a Dios.
¿Aquel pueblo en lo alto, en lo blanco, con esa iglesia tan catedralicia, como se llamará? Es Montilla donde hasta el factor de circulación con su gorra roja y su banderín enrollado, sale a decirnos pasad, pasad, que la vía esta libre salvo error u omisión.
Luego llega Aguilar de la Frontera, ¿con quien?, chirriamos todos con el tren. Que regusto antañón y melancólico. Son cosas que no se olvidan.
Huele a membrillo. Puente Genil. Ayer hace mucho tiempo, en la cantina nos hicieron un arroz en paella esplendoroso, casi pontifical, para tomar fuerzas que gastar en un viaje, hoy imposible, entre Puente Genil y Jaén. Un tren de velocidad máxima 20 Kms. por hora. La gozada gloriosa de mis andanzas ferrocarrileras. Un paisaje, quien lo diría, de ensueño. Y la loco sin casi frenos, sin casi ganas de seguir, esperando el último estertor. Café, copa y puro en Luque, una parada por que sí, sin horario, disfrutona. Que viejo soy.
Seguimos. Ni en Casariches hay sol. Estas tierras están cansadas de tanto. Allá, a lo lejos, las nuevas vías para la alta velocidad.
En la vieja Roda, un cementerio de automóviles nuevos, ¿qué hace aquí? Nos dan un bombón y un vaso de agua. Menos da una piedra. Porque en Fuente Piedra, la laguna tiene poca agua y aves de esas que vuelan. Parece enteramente que es de sal.
La azafata pizpireta habla tan rápido que no sabe decir Bobadilla. Ni en castellano ni en Inglés. Silos, vías, locos, vagones, coches todo está en desguace. Quien la vio y quien la está viendo. Como ayer, en el anden, dos enamorados se abrazan. Pita el tren y se abrazan. Nos vamos y se abrazan. Bueno, ellos sabrán. Esperaran otro tren para Sevilla o Granada o Algeciras.
Nos espera ya el Chorro. Abre su boca el primer túnel y nos traga. Bajamos camino de la mar. Túneles y más túneles. Y entre túnel y túnel vistas y no vistas del pantano, del caminito del Rey, del río. La Estación del Chorro está cerrada, por defunción será de los trenes aquellos.
Álora. Blanca. La Virgen, arriba. Vinos y frutas. El castillo y el verdor. El último túnel. Pencas con higos chumbos. Ya huele a mar.
Pizarra, Aljaima, Cártama (¡olé tus salchichones blanditos!), Los Remedios, Campanillas, El Tarajal, Los Prados y Málaga.
Ya estoy en la gloria.
Y ya estoy de vuelta. Han sido pocas horas pero gozosas e intensas. Hacia Madrid ,ya la hora que es, el sol se oculta pronto. Y llega la negritud, la hora en que todos los gatos son pardos y todos los raíles llevan a Atocha viendo o sin ver.
El azafato, no tan pizpireto como la niña de esta mañana, lleva una melopea de padre y señor mío. Ni castellano, ni ingles. Valdepeñano. O riojano. Se traba y lo deja. No sé si llegamos a Córdoba o a Montilla o a la Huerta de Valdecarábanos.
Al circular debemos de estar despertando a los olivos. ¿Duermen? ¿No es cansado dormir siempre de pié? Los girasoles esconden sus cabezas, supongo. No me gusta viajar de noche. Da igual donde vayas. El camino oscuro es siempre igual. Las vías paralelas donde vayan será un buen sitio. Nunca se equivocan. Faltaba más. No sería serio pedir un billete para Villacañas y aparecer en la Nava de la Asunción, vamos digo yo.
Puertollano y Ciudad Real han pasado rápidas. Y los neon de los super están ya apagados.
Hace tanta noche que no se si afuera hace frío o calores. Me pongo a ver una película y me aburro. A ver a los viajeros y me aburro. A hacer un crucigrama y me aburro. A morderme las uñas y me aburro.
La luminosidad de los madriles hace más visible la contaminación que nos cubre y habita entre nosotros. Ya llegamos y tendré que luchar por un taxi. Hoy ya es mañana. Luego, el cansancio no me dejará dormir a gusto. Y evocaré aquellos viejos trenes que tardaban catorce o más horas. Y cuantas más horas más feliz se me revolvía el alma. Dicen, siempre hay malas lenguas, que aquellos tiempos no volverán. Ya veremos. Después de la muerte, seguro que por allá estarán caminando, como el resucitado, aquellos trenes.
Por lo menos a mí, siempre me queda, ay, esa esperanza.
Arsa, pilili, y olé.
Estoy abochornado. Supongo que sabrán el motivo. Otra vez la muerte, como expresión de un pueblo que tiene muchas otras cosas que hacer. Pero no. Nos regodeamos en la muerte, con la muerte, sobre la muerte. Sin punto medio. A plañideros y plañideras no nos gana nadie. Además ahora tenemos la televisión de gran ayuda. De gran depredadora. Y esto no hizo más que empezar.
Que salgan los que faltan. Los que están escondidos esperando una oportunidad. Unas perras (euros) para hablar perramente de la que en Gloria esté. Viejos amigos, viejos amantes, viejos confidentes a los que se les quedará la boca seca de tanta mentira y los ojos acuosos de tanto JB con el que guisquear de tele en tele.
Nunca los periodistas, quien lo diría, han caído más bajo. Son rastreros, despreciables y viles. Ayudados por la audiencia. ¿Somos esto los españoles de hoy? ¿Dónde me puedo desapuntar?
En esta sobredosis de mentiras, de mierda, de ratas, de alcantarillas, uno no sabe ni que escribir y entonces se pone a oír el último disco de un chaval que perdió a su padre, un hombrecillo pequeño, casi nada, con un sombrero siempre ladeao más grande que él y la Maestranza. Un hombrecillo pequeño pero tan grande que a bocados se comía todos los palos del cante. Como suena la vida, dice el hijo, cuando canta el corazón. Esa era la formula del otro Valderrama, vaya que sí.
Otra forma de ver la muerte. Como hay que verla. En blanco y negro. El technicolor, el sonido estereofónico es para las películas de Hollywood. Para la Metro Goldwyn Mayer. Basta del mayor espectáculo del mundo cuando un simple ser humano se muere como se mueren todos los muertos de la tierra. Basta de negocios macabros, de lágrimas falsas tan bien disimuladas, de páginas huecas, de horas perdidas. Por eso ni será más grande ni será mejor. Dejad tranquilos los muertos, que bastante tienen con haberse muerto.
Si la vida siempre es injusta ¡qué diremos de la muerte! Pero la muerte lo que nunca será es un circo alegre. Y en eso la hemos convertido. Viajes El Corte Inglés hará pronto otro negocio sublime, organizando entierros a donde se podrá asistir en primera fila a las exequias de cualquier artista si hemos tomado el lote conjunto de Avión, y Hotel de tres estrellas con media pensión. Aseguran un recordatorio firmado por los parientes más cercanos.
Estoy abochornado. Supongo que sabrán el motivo. Otra vez la muerte, como expresión de un pueblo que tiene muchas otras cosas que hacer. Pero no. Nos regodeamos en la muerte, con la muerte, sobre la muerte. Sin punto medio. A plañideros y plañideras no nos gana nadie. Además ahora tenemos la televisión de gran ayuda. De gran depredadora. Y esto no hizo más que empezar.
Que salgan los que faltan. Los que están escondidos esperando una oportunidad. Unas perras (euros) para hablar perramente de la que en Gloria esté. Viejos amigos, viejos amantes, viejos confidentes a los que se les quedará la boca seca de tanta mentira y los ojos acuosos de tanto JB con el que guisquear de tele en tele.
Nunca los periodistas, quien lo diría, han caído más bajo. Son rastreros, despreciables y viles. Ayudados por la audiencia. ¿Somos esto los españoles de hoy? ¿Dónde me puedo desapuntar?
En esta sobredosis de mentiras, de mierda, de ratas, de alcantarillas, uno no sabe ni que escribir y entonces se pone a oír el último disco de un chaval que perdió a su padre, un hombrecillo pequeño, casi nada, con un sombrero siempre ladeao más grande que él y la Maestranza. Un hombrecillo pequeño pero tan grande que a bocados se comía todos los palos del cante. Como suena la vida, dice el hijo, cuando canta el corazón. Esa era la formula del otro Valderrama, vaya que sí.
Otra forma de ver la muerte. Como hay que verla. En blanco y negro. El technicolor, el sonido estereofónico es para las películas de Hollywood. Para la Metro Goldwyn Mayer. Basta del mayor espectáculo del mundo cuando un simple ser humano se muere como se mueren todos los muertos de la tierra. Basta de negocios macabros, de lágrimas falsas tan bien disimuladas, de páginas huecas, de horas perdidas. Por eso ni será más grande ni será mejor. Dejad tranquilos los muertos, que bastante tienen con haberse muerto.
Si la vida siempre es injusta ¡qué diremos de la muerte! Pero la muerte lo que nunca será es un circo alegre. Y en eso la hemos convertido. Viajes El Corte Inglés hará pronto otro negocio sublime, organizando entierros a donde se podrá asistir en primera fila a las exequias de cualquier artista si hemos tomado el lote conjunto de Avión, y Hotel de tres estrellas con media pensión. Aseguran un recordatorio firmado por los parientes más cercanos.





