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CORAZON SAHARAUI.


Ahora mismo –y luego- no tengo ganas de viajar. Me cansa y aburre. No me apetece en absoluto llegarme y conocer Nueva York. Me parece por las fotos y las películas, muy grandota, destartalada y llena de obesos americanos que van en busca de cursis americanas que siempre están en la cocina sacando algo del horno con una guateada manopla. O ensuciando el pan con mantequilla de cacahuetes; que guarrería. O tirando los birretes en las graduaciones o con el pompom para arriba o con el pompom para abajo cuando juega Gasol, tío.

Ni Grecia ni Italia me interesan porque están muy usadas, ajadas y viejas. Como las niñas de Montera, esquina a Jardines. Paris es muy francés y aparatoso. Muy napoleónico. De Londres, me daría miedo que por una esquina se me apareciese la Queen o cualquiera de los princes. A Bruselas hay que ir con cuidadín no vaya a ser que el Manneke Pisser, te ponga empapado. Los alemanes me importan un higo, igual que todos sus vecinos del norte. Son cerrados, hamburguesados, y bebedores o de cerveza o de Absolut Vodka bien helada. Que les den... pepinillos y en vinagre.

Vamos, que servidor como viajante es un asco. La verdad es que no me atrae nada en esta mi joven ancianidad. Quizás sí me gustaría ir a La Habana para ver si tenía razón mi querido Carlos Cano y comprobar in situ en lo que allí llaman el Malecón, si hay más negritos que en Cádiz, donde hay más salero. Y además conocer todos los estragos que por aquellas tierras hicieron viejos y queridos familiares y conocer, quizás, a muchas primas hermosotas que debieron dejar por allá tíos y abuelos, un pelín crápulas, disolutos y depravados.

Amante fui siempre de la mar mediterranea: de mirar, de mirarla; de hablar con ella; de sentirla; de abrazarla. De la mar y del agua. De las fuentes que arrullan, alimentan, dan vida a los arrayanes. Mar, agua, la nieve, al fondo, del Veleta. Y cruzando otro mar mediterráneo, el de Alborán. Y África y siguiendo la estrella, el viejo desierto, el Sahara, el que español fue. Allí en la arena caliente del día, hiriente en la noche; allí, digo, una nación saharaui que no dejamos nacer. Treinta años de promesas incumplidas. Ayudamos a unos y a otros y a estos los abandonamos. Políticos de mierda que no levantan un dedo contra la pobreza de un pueblo, bendito sea, que no quiere ser nómada, que no quiere ser súbdito de monarcas corruptos, que han sido durante treinta años los hombres y mujeres que han llevado, ¡en el mundo!, la cabeza más alta.

Allí si que me gustaría ir. Dormir oyendo el romper de las olas de arena contra el corazón pétreo de los saharauis.



 

MANIFESTACION Y MANIFESTACIONES.


Ya sabéis que un servidor no se manifiesta en la calle ni por todo el oro del mundo ni, incluso, para pedir la dimisión del remendón. Acepto, eso sí, que otros lo hagan, faltaba más.

El sábado hubo una manifestación. La única televisión que dio buena cuenta de ella, fue la autonómica Telemadrid. La cantidad de gente asombraba. Más de dos kilómetros con la gente apretujada por avenidas y calles, las más anchas de Madrid. El helicóptero no miente. Los expertos del gobierno autónomo madrileño hablaron de un millón cuatrocientos mil manifestantes. Los convocantes añaden trescientos mil más. Me creo cualquier cifra. Menos la estúpida del estúpido Delegado socialista del estúpido gobierno socialista: 110.989 manifestantes. Estas y otras exactitudes huelen mal. Todo esto huele mal. El abuelo rancio, el nieto edulcorado, las mentiras, el odio, ¿quién mató en Atocha?, he visto Bambi más de cuarenta veces, ¿un cigarrito cuando no nos vean?, vamos a opar para joer a los ricos, soy un visionario, no sé ingles, nadie me recibe, lo que necesito es amor, Sonsoles, y son por aquí y son por allá, cantando se entiende la gente, ae labe mon amur.

Esta manifestación de 110. 989 individuos e individuas, hará mucho daño, aunque el remendón se la tome a broma. Y para bromas no está ni el patio ni las aceras. Ni los que pisamos firmemente la tierra.

Y unas manifestaciones de Joaquín Cortés tan estúpidas como su admirado remendón: Fuera de España me consideran no un genio si no un Dios viviente. Me adoran.

Me pregunto: ¿será que fuera de España no se sabe lo que es bailar flamenco? ¿O en España no es dios porque se sabe lo que es bailar bien flamenco?

Manifestación y manifestaciones. Para llorar y para reír. ¿Cuándo acabaremos de beber este cáliz tan amargo?



 

23 DE FEBRERO.


¿Qué donde estaba el pasado, ayer, 23 de febrero? En casa. Escribí un blog sobre una reunión de vecinos a la que asistí el día anterior y nunca lo hiciera. Qué verdulera es la gente. Qué iletrada. Que mema. Que gilipuertas. Ver a aquellos vecinos, decadentes, daba pena o risa. Y escribí un blog tan duro que yo mismo me censuré. Y no publiqué nada. Es una desgracia tener vecinos así. Mejor dicho: es una desgracia que haya personas así. Tan incultas. Tan cretinas. Daba pena oír sus argumentos. Ni un niño de guardería piensa así. Debe ser que los sombreros no dejan ver el bosque y además recuecen la sesera.

Ah, ¿qué lo que me pregunta es donde estaba hace veinticinco años tal día como el 23? Pues contesto con la verdad por delante y no como todos esos políticos o periodistas que se han inventado otro 23 de febrero donde fueron, que risa tía Felisa, héroes de andar por casa o por debajo de las camas.

Yo tenía que haber ido esa tarde a la inauguración de una exposición de pintura en la antigua Sala Macarrón de la calle Jovellanos. A la pintora la había realizado servidor una buena campaña publicitaria, incluso compré a uno de los mejores críticos de arte por 50.000 pesetas de entonces para que escribiera una critica que no dijera que no pareciendo que decía sí o viceversa. Catálogos preciosos y todo eso. Una llamada me dijo que algo ocurría en las Cortes, que las calles estaba cortadas alrededor del Parlamento y que la inauguración se suspendía. No se podía pasar por la calle Jovellanos.

Puse la tele, oí todo el follón, cogí el camino y me fui a jugar al tute tan ricamente. Con Pepe de pareja ganamos como siempre no sé cuantas partidas. Cuando habló el Borbón yo ya estaba durmiendo.

Así fue mi guerra aquel 23. Tan guerrero fui que hasta canté las cuarenta y en espadas.



 

EL ABUELO.



Heidi no daba tanto la lata con su abuelito como el presidente (sin mayúsculas). Ya está bien. Ofende. A mí, el abuelito referido me importa un pito. ¿Le importa al presidente que a mi primo Paco le asesinaran los de su abuelito en la misma guerra?

Afortunadamente, mi padre en enseñó que la guerra civil fue una bestialidad entre hermanos. Que todos, unos y otros, tenían razones y sin razones. Que todos los muertos eran iguales. Y que todo dolor merece respeto.

A mí no me han enseñado a odiar. He tenido un tío malagueño, muy querido y muy llorado por mí, que las pasó canutas en la cárcel acusado de masón injustamente. Se libró porque no era masón y toda Málaga lo sabía y quería. Pues el que le acusó y pidió su muerte entraba en la tienda de mi queridísimo Ferrer (yo lo he visto) a comprar como si tal cosa. Y se le atendía como a uno más. Un día, ya mozo servidor, me contaron la historia para que la supiese y no se volvió a traer a la conversación nunca jamás.

De mi primo asesinado, nunca oí una queja a sus hermanas. Un día al año, cuando el aniversario, tenían los ojos más rojos que nunca, más secos de lágrimas, más cansados. Ellas creían y rezaban. Sólo una vez, también, me enseñaron los recortes de los periódicos que hablaban del multitudinario entierro de Paquito y otro compañero. Me contaron la terrible historia de su fusilamiento. Y después callaron para siempre. Y siguen calladas.

¿A qué viene el abuelo? ¿A qué viene el rencor? ¿Y el odio? ¿Y el resentimiento?

La pobreza de espíritu, la falta de bonhomía, la ignorancia, trae estas cosas. Estas cosas terribles de desenterrar a los muertos para hacer política con sus huesos.

Al remendón le cantaba yo una copla, que la copla sólo es eso; una copla.

No jaserle ningún daño...
Sino una puñalaíta
que le parta los reaños.

Con perdón sea dicho.




 

K Y N O L E U S.


Cuando oí lo de Kynoleus por vez primera, creí que era un modelo de pavimento al estilo del linoleum.

El linoleum se puso de moda y se empezó a pegar sobre solerías hermosísimas o suelos de aquella madera vieja y gastada y sin barnizar que tanto hermoseaban las viejas habitaciones de las casonas antañonas. Era un suelo de quiero y no puedo. De imitación. Se pegaba con disolvente y más de un incendio fue provocado por este suelo, el linoleum, con nombre de blog: Kynoleus.

El Kynoleus aventaja al linoleum porque no es de imitación y además quiere y puede... cuando puede y quiere.

El Kynoleus tiene un defecto enorme y es que su autor es un vago redomado. Escribe un día y calla cien noches. Le falta constancia. Y un buen bloguero ha de bloguear todos los días salvo enfermedad o mal de amores.

Aunque, como a mí, no nos lea nadie, un buen bloguero ha de sentarse delante del teclado todos los días para decir cosas. Interesantes o vacías. Cachondas o tristes. Verdaderas o falsas. Que todo vale.

Kynoleus ha vuelto ayer a escribir. Bienvenido, maestro. Pero no se me despiste. Le pondremos falta.



 

VEN A CÁ PA CA, PICHA.

El que sea lunes no quiere decir nada para que un servidor de ustedes vosotros, no tenga ganas –ninguna- de ponerse a escribir este blog cada día más estúpido, chuchurrío y esaborío.

Y no tengo ganas de escribir porque mi Málaga y mi Unicaja han perdido. Lo del Málaga se veía venir y hasta que ese malaje llamado Sáenz no se vaya, el equipo no levantará cabeza. Deben de irse él, y todo el entorno. Lo del Unicaja debió ser una mala tarde. Digo que debió porque hace ya años que no veo el baloncesto (¡ay, mi querido Estudiantes!) ni por la televisión ya que no quiero morir de infarto. Me apasionaría demasiado y a mi edad, tan provecta, es mejor tomarse las cosas como un ensayo de la calma infinita que me espera.

Pero sobre todo me quitaron ayer las ganas de escribir, las chirigotas, las comparsas y los coros de Cádiz. Me pasé el domingo oyendo las coplas, los tangos, y tanguillos de este año y de los anteriores. Hasta estuve oyendo antiguas coplas de ese genio: Paco Alba.

Ajolá estuviera ahora paseando por la Caleta, por la Viña, cansado, sin dormir mijita, todavía con el terenguedengue y el repeluco de haber oído la voz de jóvenes y viejos (¡qué delicia de Los Viejos con Glamour!) en esas coplas escritas por verdaderos poetas anónimos. Son el alma eterna de Cádiz, la tacita hermosa, la salada claridad. Y el Carnaval está empezando.

Cada año por estas fechas oigo el ven acá pa ca, y aún no he ido. Es una deuda que tengo con Cádiz y conmigo mismo. Espero, aún, poder hacerlo, picha.

Lo que me pasa, quillo, es que ir al Carnaval y sentarme a tomar un algo y que me pregunten ¿qué será? y yo diga un Sué o un Sevená... me da un jamacuco muy grande. Ya estoy oyendo a lo lejos al camarero susurrar: Que cabronazo este joioporculo.


 


 

LA PAZ EMPIEZA NUNCA...

...es el título de una mala novela de un buen periodista que fue admirado y denostado; amado y odiado: Emilio Romero.

Pues ahora, en esta mi tierra, la paz empieza siempre. Todos hablan de paz. Los asesinos y los que tienen que apresar a los asesinos. Los asesinos y los jueces que deben condenarlos a la prisión eterna. Los asesinos y los políticos de mierda. Los asesinos y un presidente (no merece las mayúsculas) borracho por pasar a la posteridad, por ganar otras elecciones, por salir en los libros de texto.

Aquí lo digo. No quiero esa paz por mentirosa. No quiero esa paz por mendigante. No quiero esa paz.

Quiero a los asesinos en oscuras celdas. Y a los que han disparado o puesto la mano sobre el detonador. Y a los que les han cubierto las espaldas políticamente. Y a los que han mirado hacia otro lado, silbando cualquier chuminada.

No quiero esa paz que convierte en ganador al asesino y las victimas en derrotados. No quiero esa paz en contra de la mitad de los españoles. No quiero esa paz.

Quiero la paz de la justicia, de la condena, de la pena exacta. Quiero la paz pero sin olvidar el dolor. Quiero la paz sin perdón. Quiero la paz.

La paz no empezará nunca de esta forma zapateril, nunca. No estoy de acuerdo, qué va, con lo que decía Butler de que es preferible una paz injusta a una guerra justa. No, después de cientos de asesinados (no les llamemos simplonamente muertos) no puede haber una paz injusta. Porque sí seríamos injustos con los que ya no están junto a nosotros. Y eso es terrible para un país que se convierte en una tierra desagradecida, egoísta y olvidadiza.

Y yo no olvido.

Cicerón afirmaba que si queremos gozar la paz, debemos velar bien las armas; si deponemos las armas no tendremos jamás paz. Y Thomas W. Wilson pensaba, como yo pienso, que hay que defender la paz a todo trance; incluso con la guerra.

Lo pienso, lo escribo y lo firmo. Y tan a gusto que me he quedado.



 

GUERRA A LOS MOTEROS.


A estas horas mañaneras y entradas en nubes, creo que nadie que me conozca puede decir que yo no sea un liberal. Y que odie el prohibir por prohibir. Pero hay algo que tozudamente me niego a aceptar y son muchos de los motoristas. Me explico.

Que a mí conducir una moto no me guste, es cuestión mía. Muchos hay que si disfrutan. Pues con su pan se lo coman y tan a gustito todos. Pero eso es una cosa y el comportamiento de muchos motoristas otra.

Cada día conducen más temerariamente y no sólo los mensajeros, pizzeros, mocitas, sino también los adultos, los polis, y el niño que ha aprobado no sé qué. Incluso paso porque conduzcan temerariamente. Y algo más, me importa un pito que den con sus huesos en el asfalto por correr demasiado, por meterse entre los coches, por tragarse un retrovisor, por no enterarse que está lloviendo, o por hacer el caballito delante de cuatro quinceañeras. Allá ellos. Se creen los reyes de la carretera y el mundo, tan republicano, les quita toda la razón. E, incluso, la vida. Vuelvo a decir muy tranquilamente: allá ellos. Sarna con gusto no pica. Y parece que el cementerio, tampoco.

Dicho lo cual, voy a lo que iba. A la nueva moda de ir en moto por las aceras. Y por ahí, ¡dios!, por ahí no paso. Mismamente ayer, a las ocho y media de la madrugada, estando comprando los periódicos, un motorista se sube a mi acera. Para que pasase, yo tendría que haberme apartado. ¿Por qué? No lo hice y no lo hago nunca. No dejo pasar una moto por la acera. Me paro. Nunca me aparto. Me partirán la boca, lo presiento. Pero la acera es mía. Y si una moto aparca en la acera y molesta, lo siento, pero puedo arañarla o pincharla una rueda. La acera es mía. Y si es de todos, permítaseme que meta el coche sobre la acera a la que da mi portal que hay sitio. Y los peatones, ajoerse.

Hay que acabar con este abuso de los moteros. Ellos hablan de que la moto da libertad. Es mentira. La libertad solamente es libertad si es de todos. Y los moteros no lo entienden.

¡A las aceras! ¡A defenderlas! Son nuestras. No nos dejemos avasallar, que nos comen. Guerra a los moteros usurpadores de nuestro territorio, ¡guerra!

P.D. Me parece que hoy he perdido a más de un amigo.

 

AÑORANZAS.

AÑORANZA INVERNAL:
Añoro aquellos –escasos- domingos que mi amigo y yo subíamos a Navacerrada con la gente de la Editorial Católica, editora entonces del diario YA. Nosotros no esquiábamos, que tontuna esa. Trineábamos, si se puede decir (que no) y hacíamos la puñeta a todos los niñatos que bajaban despendolados por las pistas a tomarse un martini en donde los Arias. Eran tardes de invierno duro y ventisca. Cansaba tanto blanco y tanta nieve. No éramos muchos los domingueros: los buenos deportistas, los pijos; y mi amigo y yo y a veces sus hermanas, que íbamos por libre. El deporte nos importaba un pimiento; la naturaleza, menos. Subíamos por no ir a Misa de doce arreglados y con corbata. Por no comer en familia. Por no oír lo de siempre. Aquellos domingos, tan lejanos ya, eran las tablas de salvación para sentirnos libres.

AÑORANZA PRIMAVERAL:
Aquellas tardes de toros por el mayo florido y hermoso. El Dr. Casasús –sabio discípulo de la escuela de Marañón y Jiménez Díaz-, me esperaba en La Mexicana, una cafetería de la Calle de Alcalá. Con los cafés y las copas de Asturiana, hablábamos de la corrida de la tarde. Unas veces con ilusión, otras adivinando el fracaso. Encendíamos unos buenos puros y caminábamos muy lentamente hasta la plaza. Entrábamos con la puerta de Autoridades y el vetusto ascensor nos dejaba cerca de nuestro tendido alto del 3 (sol y sombra, con sombra ya en el primer toro). Al acabar, despaciosamente, salíamos, otra vez, a la calle de Alcalá, como reluce, y en un colmao nos servían media botellita de fino y alguna tapita. Hablábamos de la corrida o del Seguro de Enfermedad.
El día que murió Antonio, el sabio Casasús, rompí el carné y no volví a los toros.

AÑORANZA VERANIEGA:
Aquellos atardeceres silenciosos sentado en el rebalaje, muy solo; soñando ilusiones. Mirando al mar, soñé. La mar cambiante. Ora verde, ahora azul. Y la luna en el infinito. Podía llegar el olor de los jazmines naciendo o el de la dama de noche vistiéndose para enamorar no se sabe a quién. Hasta las olas estaban calladas. Sólo rompía el silencio, a veces, el glú, glú, de una coquina que asomaba, equivocada, por la arena húmeda. O el poniente que jugaba por el cañaveral del camino del Marcelo. A tres leguas marítimas, la farola de Málaga me saludaba. Por los Montes, serpenteaban las luces de los pocos coches que bajaban de Colmenar. Y llegaba el pitido estridente del último tren del día hacia Fuengirola. Y el hasta luego de la pareja de civiles. Y el cante bronco y borracho del Añico y los ayes dolorosos de su mujer y el lloro de los críos, pobrecitos.

AÑORANZA DE OTOÑO:
Aquellos paseos lentos pisando hojas muertas por un Retiro tan diferente. En cualquier banco alguien hablaba de amores. Y en cualquier rincón escondido, el beso robado, la caricia reprimida. El sol otoñal y dominguero tibiamente calentaba corazones de sobra cálidos y ardientes. El soldado y la criada. El maestro, la mujer, los chaveas. El viejo filósofo. El camarero que te sirve una Mahou, unas aceitunas rellenas y una bolsa de patatas fritas rancias y te cuenta lo que habrá visto él detrás de los parterres tan dejados de la mano de los jardineros; ¡hasta pecados había visto!. Y llegaba el mal olor del viejo oso y el viejo elefante de la vieja casa de Fieras. Y de pronto una nube, un chaparrón. Carreras arriba. Carreras abajo. El hosco guarda en su caseta no ve a una pareja que bajo la repentina lluvia se besan, se mojan, se besan.
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¿Pero sabéis ustedes vosotros que añoro más? Que ni en primavera, en verano, en otoño o en invierno se hablaba de política. Quien me lo iba a decir.



 

CON EL CULO EN POMPA.

Ahí los tienen. Con el culo en pompa. Han perdido una votación en las Cortes por que se han equivocado. Ellos tienen que votar lo que les dicen: dedo arriba, si; dedo abajo; no. Si el que lo tiene que dirigir yerra, los demás yerran también. Simplemente porque son un rebaño, una piara. ¡Jo, que tropa! No les llamo recua porque las recuas son un conjunto de animales que sirven para trajinar. Y ellos –sean del partido que sean- solamente sirven para cobrar. Son los culos mejor pagados. Mejor que el de muchas actrices y actores de Jolibú.

Esos son nuestros políticos. Culiparlantes que no parlan. Les han puesto unos sillones anatómicos en los que se duermen suntuosas siestas neronianas, (no se les puede, que no, decir que son culos de mal asiento) Al frente, su pantallita plana de ordenador, entrada libre en Internet, telefonillo celular y de los otros, diferentes diarios y revistas. Ah, y les pagan; vayan si les pagan.

Cerca de cuatrocientos son los culos que aprueban las leyes en el sentido que les dice su representante. Y, oiga Usted, yo me pregunto, cándida y modestamente, ¿Por qué no dejamos sólo al que levanta el dedo? Nos ahorraríamos un montón. Total...

Culos gordos o flacos; culos almorranados; de derecha o de izquierda; de por frente o por detrás; culos pedorrientos; velludos o culilampiños. Culos. Eso son nuestros políticos.

Se creen el culo del mundo. ¿A qué no sabe con quien está hablando?. Pero nunca se mojan el culo para defender a los votantes, esos seres que molestan cuando le critican.

Por eso hay tanta gentuza –y no lo quito- que pierden el culo para ser culo agradecido y dar por el mismo, al pobre contribuyente.



 

UNA MAÑANA TONTA.

Ya no sé si es invierno o primavera. Lo del tiempo no lo arregla nadie. ¿Si es invierno porque me parece primavera?, me pregunto. Si no es tiempo de espárragos ¿porque hay espárragos?, y quien dice espárragos dice fresones, almendras garrapiñadas, o claveles reventones.

Que hay un boquete, dicen algunos, en el ozono. ¿Y eso que es? Yo solo recuerdo el ozononopino Ruy-Ran; con el que te regaba el acomodador en los cines de sesión continua del barrio. Y luego entrabas en cualquier sitio y decías, asombrado, huele a cine.

Así que con esto del inviernoprimaveral o la primaverainvernal, el caso es que no sabe uno que ponerse. Yo tengo una braga sin usar. Y un impermeable sin estrenar tampoco. (Mi braga es esa prenda que abriga el cuello -lo especifico no vaya luego a criticarme el Sr. Kynoleus-, y el impermeable no es lo que se pone en salva sea la parte. Quede claro).

Es que esto, la vida, ya no es lo que era. Anoche, sin ir más lejos, entre rumores negros sobre una folklórica, en el Parlamento se debatía un Estatuto que nadie sabe lo que dice. Es más. El texto no lo conoce nadie. No está en un papel. ¿Entonces qué debaten? ¿El sexo de los ángeles? Justificación de sueldos. Como lo justificaron, seis veces, en Zaragoza los galácticos. (Ni quiero hacer leña del caído ni herir a nadie; para que aprendan).

Hace sol en este invierno tierno y amariconado. Una dulce mañana para hacerse la pregunta vital: ¿y quien soy yo? Visto lo que veo, y sintiendo lo que siento, la respuesta, señores y señoras, es bien sencilla. Soy, somos una mierda pinchada en un palo que tienen en sus manos los políticos.




 

GEORGE Y SU MINIFALDA.

Dicen, los que lo dicen, que en el hombre hay un algo de femineidad y en la mujer otro algo de masculinidad. Y será verdad. Lo han escrito científicos/as sesudos/as. Pero no se me asusten (¿por qué aún nos asustamos al hablar de este tema?) que no hablaré ni de gays ni de lesbianas. Eso lo dejaré para otro día, que me estoy informando a fondo con la ayuda de mi secretaria Geogle, a la que tanto tengo que agradecer y sin que me pida aumento de sueldo.

Voy a referirme a un chaval, de los Estados Unidos de América, de unos catorce o diez y seis años que pondré de nombre George por sí acaso se llama así, que no lo sé.

Pues el tal George llegó una mañana calurosa al Instituto donde estudia con unos pantalones cortos y allí fue ella, en el país más libre -¿para qué?- de la Tierra. Bajó hasta el director indignado y voz en grito recordó al alumno que allí no se podía ir con esos pantalones cortos, que qué vergüenza, que si esto, que si lo otro. La de dios.

Y el alumno preguntando porqué las compañeras de su edad iban en minifalda. Que las faldas cortas estaban autorizadas, aunque sean más picaronas para la vista que unos correctos pantalones cortos. Y que si esto y que si lo otro. Y el director que expulsión. Y lo expulsó.

Y el americano George, acogiéndose a no sé que enmienda de la Constitución, a la mañana siguiente apareció en el pasillo del Instituto con una bonita minifalda, estampada de colores varios. Y entró en clase. Y las niñas esperando a ver como cruzaba las piernas. Y el Director subiéndose por las paredes de la Constitución. Y a la calle. Yo me acojo a la enmienda tal. Y gritos. Y miradas al paquete. Mira, que lleva unos slips azules. Y todo eso.

Sigue George en el Instituto. Se graduará. (¿Hay algo más americano y cursi que esas fiestas de graduación?). De minifalda. Le cogió gusto. ¿Se imaginan a un chavalote andaluz, por ejemplo, ir al Instituto Blas Infante, de la avenida Blas Infante, del barrio Blas Infante, con una minifalda? ¿Qué dirían sus compañeros y compañeras del pobre camarada? Pues le llamarían amariconado, amaricado, marica, mariquita, maricón, agujereado, acaponado, amadamado, ahembrado, sarasa, lindo, barbilindo, ninfa, fileno, cacorro, homosexual, y sodomita...por lo menos. Aunque lo dudo por que con la Logse esa sólo enseña la nada. A lo mejor alguno sabe aquellos versos de Lorca que si los ha leído fue, simplemente, por curiosidad mezclada con algo de morbo.

“Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos
gotas de sucia muerte con amargo veneno.
Contra vosotros siempre,
“Fairies” de Norteamérica,
“Pájaros” de La Habana,
“Jotos” de Méjico,
“Sarasas” de Cádiz,
“Apios” de Sevilla,
“Cancos” de Madrid,
“Floras” de Alicante,
“Adelaidas” de Portugal.

Ay, dios. La libre Norteamérica. La odiada. (La envidiada de tapadillo). El reino republicado del ir y querer volver. Cuándo aprenderemos a ser libres y dejarnos de monsergas.

“Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman,
contra el niño que escribe
nombre de niña en su almohada,
ni contra el muchacho que se viste de novia
en la oscuridad del ropero...”

Yo también levanto mi voz, tan humilde, para defender a los que, sin hacer daño a nadie, sin ofender, sin agraviar, viven como les sale del alma y de algún sitio más.

Ahora en serio. A mí tampoco me gusta que vayas a los toros con la minifalda.



 

EL CARNAVAL YA VIENE.

Ya estamos dentro de los preparativos de los Carnavales. Mi asignatura pendiente, esa que ya nunca aprobaré, es no haber ido nunca al Carnaval de Cádiz. Adoro, desde mi lejanía, chirigotas y cuartetos; coros y comparsas. Me parece que he vivido siempre en La Viña y he entrado en la vieja ciudad por Puerta Tierra. Conozco, como si fuesen viejos amigos, a Paco Alba, Antonio Martín, los del Coro de la Viña, Juan Carlos Aragón, el Love, El Petra, Manolito Santander, el Libi, Julio Pardo... Tantos... Son tantos los amigos que tengo y no he tenido el gusto de hablar con ellos...

Quien me conoce sabe que yo no soy amigo de juergas, ni adicto a las fiestas, ni compañero de regodeos. Pero es que la esencia de Cádiz, de los gaditanos y de su Carnaval es, simple y llanamente, un canto (o cante) a la libertad; esa libertad que ya se desparrama como las olas de La Caleta que es plata quieta rompían contra las rocas de aquel paseo que al bamboleo de aquellas bocas allí le llaman El Malecón, que diría, ay, si viviese, mi hermano Carlos Cano.

Ya hablaré en estos días de este Carnaval. Hoy quiero sólo reseñar una coplilla que hace un puñado de años cantaron “los Yesterdays” dedicada a Andalucía.

Como dijo Blas Infante
“andaluces levantaos”
perdón que no me levante,
porque estoy mejor sentao,
bueno me voy a poner de pié,
me voy a dejar de tontería
anda una dos y tres,
que bonita Andalucía.
Venga a ponernos serios,
que vamos a cantar el himno
los andaluces queremos,
volver a ser lo que fuimos,
lo que fuimos antiguamente,
pobrecitos y vasallos,
siervos de terratenientes
y de chulos a caballo.
Si este pueblo se disparata,
con la boda de un matavacas
y la niña de una duquesa;
si este pueblo se me arrodilla,
ante una espada y una mantilla,
este pueblo me da vergüenza;
ya esta bien lo de verdes mares,
de campiñas y de olivares,
que así luego nos luce el pelo,
después te ponen la serie
de Emilio Aragón,
con sus castas , pim, pom,
y aparece en el más ínfimo escalón,
de su estrecha jerarquía
el servilismo mamón,
de la marmota de Andalucía.

Vámonos pá Caí, y bebamos en aquella tasita de plata la libertad que hoy nos falta.



 

YA ESTAMOS CON LAS PROHIBICIONES.

La prohibición de fumar? Nada, una cosa baladí, nimia, pueril, insignificante. Leo en una revista, Maxim, estas otras prohibiciones o leyes estúpidas. Oído al parche.

AUSTRALIA: Los hoteles están obligados a ofrecer establo, agua y alimentos para los caballos de los clientes. (Supongo que será para los caballos propiedad de los clientes).
CANADA: Un ciudadano no puede quitarse un vendaje en público. (Hay guarrerias peores autorizadas).
DINAMARCA: Antes de arrancar el coche es obligatorio mirar debajo del mismo que no haya niños. (¿Y niñas, y ancianitos?).
INGLATERRA: No se puede descolgar una cama por una ventana. (¿Y el amante, tampoco?).
FRANCIA: Es ilegal besarse sobre las vías del tren. (¿Y a los besantes que les importa que sea ilegal después que les haya pasado un tren por encima?).
ALEMANIA: Desde todas las oficinas se deberá ver un poquito de cielo. (Pero si en Alemania siempre está nublado...).
ISRAEL: Los sábados no se puede sonar la nariz. (El inventor de los tisúes o klynness era antisemita).
GRECIA: No se permite acudir a un espectáculo deportivo con sombrero. (Sobre todo si está en la fila de delante).
SUIZA: En un piso no se puede tirar de la cadena después de las 22 horas. (Anda, que si tienes diarrea...).
ESCOCIA: Está prohibido beber si conduces ganado. (¿No es extensible a los ganados que siguen a los equipos de fútbol?).
ATLANTA (EEUU): Va contra la ley atar una jirafa a un poste telefónico. (¿Y un poste telefónico a una jirafa, tampoco?).
CHICAGO (EEUU): Prohibición de comer en un lugar en llamas. (Lo churruscado no siente bien al estómago).
ALABAMA (EEUU): No se puede llevar bigote postizo a la iglesia. (¿Y tetas de silicona, si?)
INDIANA (EEUU): Las licorerías no pueden vender leche. (¿Y si la vaca es beoda?)
OKLAHOMA (EEUU): Es ilegal morder las hamburguesas de otros. (Y una guarrería, faltaba plus).

Estas leyes, desgraciadamente, nos indican (y no hace falta ser sociólogo y menos Amando de Miguel) para saber que el grado sumo de gilipollez lo ha alcanzado la raza humana.



 

DE LOS NERVIOS.

Ayer falté, me acuso, a la cita con este vuestro blog. Pero tenía mis razones. Cabreo supino. Falta de ganas. Un poema que no me sale y eso me encocora. El coche de mi hija. El tiempo que no aprovecho demasiado bien. Las zanjas de nuestro Alcalde. El estreno de mi hijo. Etcétera. Para escribir estaba yo.

De los nervios, sí. Llevas el coche de tu hija a una revisión, lo recoges, todo está bien, y pagas cuarenta y cinco mil pelillas de nada, que a ver cuando las cobro yo, querida mía. Sales y entre zanjas, rodajes de películas, obras, estúpidos conductores, estúpidas ¿conductoras?, al cabo de una hora de reloj sin encontrar sitio ni para aparcar mal, llamas a tu querida hija: baja y te las apañas o te dejo el coche en mitad de la calle. Y ya te subes de mala leche. ¿Y como te pones a escribir un poema a la niña aquella que una noche de luna llena te hizo una caricia a la orilla del mar?

Y además me metí en la página de Falete y aun estoy hecho un lío con los flecos del mantón de Manila de este ser (soy un hombre muy mujer, dice) tan desmesurado, inmoderado, desenfrenado, incontinente y descomedido. Me ataca a los nervios pero siento una curiosidad malsana por un individuo de estas características. ¿Cómo será en la vida fuera del espectáculo?

Y sólo me faltaba que mañana mi primogénito (mi otro primo se llama Carlitos) estrene su obra PANICO. Autor e interprete. Y como padre del artista pues atendiendo la masiva petición de entradas. Sala Triángulo, calle Zurita, a las 20,30 de mañana y el domingo; y luego la gira, y en abril, vuelta a la capital.

Ya contaré. Espero ser ecuánime. El caso es que por fas o por nefas estoy que muerdo. Los nervios. Para escribir estaba yo.



 

EL KAMASUTRA.

A ver si nos aclaramos, que hoy hablaré del Kamasutra. Y no se me descojonen, ni se dejen invadir por ardientes acaloros que no hay nada de lo que la decencia se pueda asustar.

Las tres reglas de la vida que fueron fijadas por el Señor de los Seres es el Dharma que comprende todas las leyes que se refieren a la vida religiosa. El Artha se relaciona con lo material, las propiedades, las joyas, el dinero en definitiva. Si se observa se puede ser rico; o por el contrario, caer en la miseria. Y el tercero es el Kama que se refiere a todo lo que abarca el amor, el deseo, el placer, la sensualidad.

Estas tres reglas llevan al hombre (y a la mujer) a alcanzar la plenitud y la armonía y, por tanto, la felicidad. Pero hay que cumplir con las tres para que el proceso vital sea completo.

El Kama no es sólo sexo. Incluye formas y leyes de conducta apropiadas, como las Sesenta y cuatro artes y sabiéndolas se puede sobrevivir en cualquier circunstancia.

Unas de estas sesenta y cuatro artes son, por ejemplo, el canto, el tatuaje, hacer la cama, la jardinería, la escritura, saber hablar, la carpintería, el razonamiento lógico, perfumar el cuerpo, componer poemas, las artes teatrales, hacer perfumes, la cocina, la mímica, los trabalenguas y así hasta los sesenta y cuatro artes imprescindibles.

Esto es la base del Kamasutra. Lo de los dibujitos, las posturitas, las “afotos”, es otra cosa o es cosa sacada de contexto.

Y ustedes vosotros os preguntareis por que hablo del Kama sutra. Pues es sencillo. El viernes próximo llega, a través de los correos electrónicos, a los ordenadores un virus llamado nada menos que Kamasutra. Es maligno. Mucho.

Este gusano tiene por nombre técnico el de W32/INSEM-E y aparece con el tema de “Miss Lebanon 2006”.

Así que ojito con este Kamasutra. Apaguemos los ordenadores el próximo viernes y preparémonos, con el genuino Kamasutra, que al día siguiente es sábado, sabadete. Y ya se sabe.