Naufragio
El capitán, un viejo con espinas en lugar de huesos, no había querido abandonar el barco. Sabedor de que estaba sentenciado a servir de refugio a las morenas, prefería ese final a sufrir la humillación de afrontar un juicio por dejación de sus obligaciones o en el peor de los casos por traición a la patria socialista al haber permitido que aquel buque achacoso se hundiera con su preciada carga.
Se sentó en su catre a fumar su último cigarro hasta que Kim il-sung le miró desde el suelo. Sonrió y tuvo la certeza de haber tomado la decisión correcta justo antes de que un torrente de espuma helada inundase el pasillo y penetrara en su camarote arrojándole a la cara medio kilo de tomates maduros.
Desde la chalupa que habían botado diez minutos antes, los tripulantes del Karl Marx I vieron entre el ir y venir de las olas como el viejo mercante , tras escorarse a babor debido al desplazamiento de la carga, comenzaba a hundir la popa en la oscuridad helada del oceano nocturno.
El marinero de más edad de los que iban en el bote ordenó que remaran con fuerza para alejarse de allí temeroso de que el remolino que probablemente se formaría intentase arrastrarlos a hacer compañía a los cangrejos.
Cuando al día siguiente despertaron, atados con una gruesa soga los unos a los otros, se encontraron en medio de un mar de tomates, excedentes de la unión europea, que ya nunca alimentarian a la patria socialista y sobre los que a lo lejos saltaba alegremente un cardumen de delfines.
Se sentó en su catre a fumar su último cigarro hasta que Kim il-sung le miró desde el suelo. Sonrió y tuvo la certeza de haber tomado la decisión correcta justo antes de que un torrente de espuma helada inundase el pasillo y penetrara en su camarote arrojándole a la cara medio kilo de tomates maduros.
Desde la chalupa que habían botado diez minutos antes, los tripulantes del Karl Marx I vieron entre el ir y venir de las olas como el viejo mercante , tras escorarse a babor debido al desplazamiento de la carga, comenzaba a hundir la popa en la oscuridad helada del oceano nocturno.
El marinero de más edad de los que iban en el bote ordenó que remaran con fuerza para alejarse de allí temeroso de que el remolino que probablemente se formaría intentase arrastrarlos a hacer compañía a los cangrejos.
Cuando al día siguiente despertaron, atados con una gruesa soga los unos a los otros, se encontraron en medio de un mar de tomates, excedentes de la unión europea, que ya nunca alimentarian a la patria socialista y sobre los que a lo lejos saltaba alegremente un cardumen de delfines.





