El cuento de navidad de Ramón Ramirez
Alberto vivió toda su infancia obsesionado con una frase:
Aquella frase encerraba muchos misterios. Probaba la existencia de su padre, que desapareció un día del pueblo dejándolos a él y a su madre al cuidado de la familia materna para no regresar nunca más y planteaba la no menos importante incógnita para un niño con tanta imaginación como Alberto, de qué hacía su padre por ahí cortando rabos de perro cuando debería estar con ellos, viviendo en su misma casa y contándole cuentos por las noches.
Fueron los años pasando poco a poco y, casi leyendo en los labios de sus tios, escuchando tras las puertas y ligando cabos a medida que su edad se lo permitía, Alberto llegó a la conclusión de que su padre se no se había marchado por que sí, sino que "el accidente" de caza de un hermano de su madre a raíz del cual se quedó cojo, quizás no había sido tal, sino algo en lo que su padre había tenido mucho que ver.
Alberto creció pero con la edad siguió deseándo más que cualquier otra cosa conocer a su padre y aunque ahora sabía que aquella frase sólo era el producto de una casualidad que estimuló su imaginación de niño, no se olvidó de ella e incluso su novia Mercedes le había dicho en más de una ocasión que seguía musitándola en sueños.
Podía haber sido un día cualquiera, pero era el día de navidad de un año reciente. Alberto trabajaba como enfermero en un gran hospital y tenía el turno de noche. Estaba fastidiado porque hubiese preferido cenar con su novia, en família, porque su madre había muerto hacía algunos años y vivía sólo en la ciudad, pero aún no eran las nueve de la noche cuando se vió empujando una cama por un pasillo con un enfermo sobre ella rumbo a una habitación desocupada.
Al llegar a la habitación vacía, acomodó al paciente lo mejor que pudo. Era un hombre de unos sesenta años, callado y nervudo. Al salir de la habitación se fijó un momento en el expediente colgado de la barra de metal al pie de la cama y se quedó sin habla.
Levantó la vista hacia los ojos de aquel hombre y se fijó por primera vez en que tenía los ojos tan azules como los suyos.
Alberto se refugió en el cuarto de enfermería y se fumó cuatro cigarrillos, uno tras otro. Estaba convencido de que aquel hombre era su padre. Lo tenía allí al lado, en una habitación vacía, esperando la cena y no sabía si reir o llorar, le temblaban las manos y era incapaz de estarse quieto. En tres ocasiones cogió el teléfono para llamar a su novia y las tres veces volvió a colgarlo. Se sentó, se levantó, se volvió a sentar... y cuando escuchó el ruido de los carritos de la comida desplazándose por el pasillo se puso en pie de repente, salió, tomó la bandeja con la cena de su padre y volvió a su habitación.
-Aquí le traigo su cena. Le dijo nada más entrar.
su padre sonrió y dijo mientras destapaba la bandeja que Alberto había colocado en una mesa delante de él:
- A ver qué escabroso menú han maquinado para mí estos matasanos. Y enseguida rectificó: tú; HIJO, no te ofendas eh?, que me refiero a los médicos y tú eres enfermero verdad?
Alberto, con el corazón a punto de salirle por la boca sólo pudo asentir y se quedó mirando como su padre desenvolvía los cubiertos de plástico.
Pero ya había tomado una decisión. Salió de nuevo de la habitación y regresó enseguida con una bandeja de comida para él. Ante la mirada interrogadora de su padre dijo:
- Le importa que cene aquí con usted? Tengo el turno de noche, es navidad y esto no está muy animado.
Su padre, con el tenedor en la mano se le quedó mirando un momento y enseguida respondió:
- Claro HIJO, siéntate en la otra cama y vamos a comernos esto antes de que se enfríe.
Así fué como Alberto y su padre cenaron juntos la noche de navidad de aquel año, charlaron, se confesaron hinchas de equipos de fútbol rivales, se contaron chistes obscenos e hicieron un repaso de los problemas del país y de cómo remediarlos.
A Alberto las horas se le pasaron volando y su padre no durmió ni dió muestras de querer hacerlo en ningún momento. Como después le explicó le daban el alta seguramente al otro día y estaba harto del hospital, así que aquel compañero inesperado fué para él una agradable novedad.
Alberto no quería que aquella noche del 25 de diciembre acabara nunca, había conocido a su padre y le parecía un hombre encantador y lleno de vida, el padre que cualquier hijo quisiera tener. Pero llegó la mañana del día 26, Alberto no respetó el cambio de turno y siguió allí junto a su padre, escuchando las noticias de la radio y apurando las palabras como si fuesen un tesoro. No obstante no se atrevió a preguntarle nada personal y al cabo de unas horas su padre recibió dos visitas.
- Holaaaa! aquí estan mis niñas! .Dijo en cuanto traspasaron el umbral de la puerta su mujer y su hija. Las dos le besaron y le preguntaron que tal había pasado la noche y el hombre contestó que lo había pasado muy bien, que aquel enfermero tan amable le había hecho compañía.
- Por cierto, cómo te llamas?
- Alberto, me llamo Alberto.
El hombre sostuvo su mirada e insistió:
- Alberto qué más?
- Alberto Arribas. Mintió.
El padre de Alberto asintió y miró a su mujer.
- Pues Alberto y yo hemos charlado muuuucho y bien durante toda la noche...es genial este chico.
Alberto no pudo más, musitó una excusa y tuvo que salir. Se encerró en un lavabo y se sorprendió llorando. Mientras lloraba en silencio y miraba cómo las lágrimas resbalaban por su cara en el espejo, no era Alberto, el enfermero de 24 años sino Alberto, el niño que quiso conocer a su padre y si era verdad que un día le cortó el rabo a un perro y por qué.
Tardó en reponerse, pero lo hizo y espero a que su padre, acompañado por su esposa y por su hermana, recibiese el alta médica.
Lo observó en silencio para aprenderse su cara y se dió cuenta de que su padre lo observaba a su vez disimuladamente. Cuando se marchaban su padre se dirigió a él y le dió un apretón de manos.
- Cuídate HIJO. Le dijo.
- Lo mismo le digo. Le dijo Alberto para después añadir: No me ha dicho a qué se dedica...
- Ah! eso... contestó su padre con naturalidad. - Soy veterinario.
Sucedió el día de navidad de hace algunos años... y yo os deseo a todos los que me leeis feliz navidad y que para el año que viene, se cumplan vuestros mejores deseos. Un abrazo a todos
"El perro de san Roque no tiene rabo, porque Ramón Ramirez se lo ha cortado"A través de esta oración tan sencilla que se dice a los niños que tienen dificultades para pronunciar la letra R, Ramón Ramirez se convirtió para Alberto en una figura mítica de la talla de los reyes magos, el hombre del saco o el ratoncito Pérez, si no fuera por un detalle no precisamente pequeño: así se llamaba su padre, a quien no veía desde que tenía cuatro años.
Aquella frase encerraba muchos misterios. Probaba la existencia de su padre, que desapareció un día del pueblo dejándolos a él y a su madre al cuidado de la familia materna para no regresar nunca más y planteaba la no menos importante incógnita para un niño con tanta imaginación como Alberto, de qué hacía su padre por ahí cortando rabos de perro cuando debería estar con ellos, viviendo en su misma casa y contándole cuentos por las noches.
Fueron los años pasando poco a poco y, casi leyendo en los labios de sus tios, escuchando tras las puertas y ligando cabos a medida que su edad se lo permitía, Alberto llegó a la conclusión de que su padre se no se había marchado por que sí, sino que "el accidente" de caza de un hermano de su madre a raíz del cual se quedó cojo, quizás no había sido tal, sino algo en lo que su padre había tenido mucho que ver.
Alberto creció pero con la edad siguió deseándo más que cualquier otra cosa conocer a su padre y aunque ahora sabía que aquella frase sólo era el producto de una casualidad que estimuló su imaginación de niño, no se olvidó de ella e incluso su novia Mercedes le había dicho en más de una ocasión que seguía musitándola en sueños.
Podía haber sido un día cualquiera, pero era el día de navidad de un año reciente. Alberto trabajaba como enfermero en un gran hospital y tenía el turno de noche. Estaba fastidiado porque hubiese preferido cenar con su novia, en família, porque su madre había muerto hacía algunos años y vivía sólo en la ciudad, pero aún no eran las nueve de la noche cuando se vió empujando una cama por un pasillo con un enfermo sobre ella rumbo a una habitación desocupada.
Al llegar a la habitación vacía, acomodó al paciente lo mejor que pudo. Era un hombre de unos sesenta años, callado y nervudo. Al salir de la habitación se fijó un momento en el expediente colgado de la barra de metal al pie de la cama y se quedó sin habla.
Paciente: Ramón Ramirez causa del ingreso: peritonitispendiente de alta.
Levantó la vista hacia los ojos de aquel hombre y se fijó por primera vez en que tenía los ojos tan azules como los suyos.
Alberto se refugió en el cuarto de enfermería y se fumó cuatro cigarrillos, uno tras otro. Estaba convencido de que aquel hombre era su padre. Lo tenía allí al lado, en una habitación vacía, esperando la cena y no sabía si reir o llorar, le temblaban las manos y era incapaz de estarse quieto. En tres ocasiones cogió el teléfono para llamar a su novia y las tres veces volvió a colgarlo. Se sentó, se levantó, se volvió a sentar... y cuando escuchó el ruido de los carritos de la comida desplazándose por el pasillo se puso en pie de repente, salió, tomó la bandeja con la cena de su padre y volvió a su habitación.
-Aquí le traigo su cena. Le dijo nada más entrar.
su padre sonrió y dijo mientras destapaba la bandeja que Alberto había colocado en una mesa delante de él:
- A ver qué escabroso menú han maquinado para mí estos matasanos. Y enseguida rectificó: tú; HIJO, no te ofendas eh?, que me refiero a los médicos y tú eres enfermero verdad?
Alberto, con el corazón a punto de salirle por la boca sólo pudo asentir y se quedó mirando como su padre desenvolvía los cubiertos de plástico.
Pero ya había tomado una decisión. Salió de nuevo de la habitación y regresó enseguida con una bandeja de comida para él. Ante la mirada interrogadora de su padre dijo:
- Le importa que cene aquí con usted? Tengo el turno de noche, es navidad y esto no está muy animado.
Su padre, con el tenedor en la mano se le quedó mirando un momento y enseguida respondió:
- Claro HIJO, siéntate en la otra cama y vamos a comernos esto antes de que se enfríe.
Así fué como Alberto y su padre cenaron juntos la noche de navidad de aquel año, charlaron, se confesaron hinchas de equipos de fútbol rivales, se contaron chistes obscenos e hicieron un repaso de los problemas del país y de cómo remediarlos.
A Alberto las horas se le pasaron volando y su padre no durmió ni dió muestras de querer hacerlo en ningún momento. Como después le explicó le daban el alta seguramente al otro día y estaba harto del hospital, así que aquel compañero inesperado fué para él una agradable novedad.
Alberto no quería que aquella noche del 25 de diciembre acabara nunca, había conocido a su padre y le parecía un hombre encantador y lleno de vida, el padre que cualquier hijo quisiera tener. Pero llegó la mañana del día 26, Alberto no respetó el cambio de turno y siguió allí junto a su padre, escuchando las noticias de la radio y apurando las palabras como si fuesen un tesoro. No obstante no se atrevió a preguntarle nada personal y al cabo de unas horas su padre recibió dos visitas.
- Holaaaa! aquí estan mis niñas! .Dijo en cuanto traspasaron el umbral de la puerta su mujer y su hija. Las dos le besaron y le preguntaron que tal había pasado la noche y el hombre contestó que lo había pasado muy bien, que aquel enfermero tan amable le había hecho compañía.
- Por cierto, cómo te llamas?
- Alberto, me llamo Alberto.
El hombre sostuvo su mirada e insistió:
- Alberto qué más?
- Alberto Arribas. Mintió.
El padre de Alberto asintió y miró a su mujer.
- Pues Alberto y yo hemos charlado muuuucho y bien durante toda la noche...es genial este chico.
Alberto no pudo más, musitó una excusa y tuvo que salir. Se encerró en un lavabo y se sorprendió llorando. Mientras lloraba en silencio y miraba cómo las lágrimas resbalaban por su cara en el espejo, no era Alberto, el enfermero de 24 años sino Alberto, el niño que quiso conocer a su padre y si era verdad que un día le cortó el rabo a un perro y por qué.
Tardó en reponerse, pero lo hizo y espero a que su padre, acompañado por su esposa y por su hermana, recibiese el alta médica.
Lo observó en silencio para aprenderse su cara y se dió cuenta de que su padre lo observaba a su vez disimuladamente. Cuando se marchaban su padre se dirigió a él y le dió un apretón de manos.
- Cuídate HIJO. Le dijo.
- Lo mismo le digo. Le dijo Alberto para después añadir: No me ha dicho a qué se dedica...
- Ah! eso... contestó su padre con naturalidad. - Soy veterinario.
Sucedió el día de navidad de hace algunos años... y yo os deseo a todos los que me leeis feliz navidad y que para el año que viene, se cumplan vuestros mejores deseos. Un abrazo a todos
Comentario:
Que se te cumplan tb a ti todos tus deseos. Feliz Navidad!!!!!
Comentario:
¡¡Un abrazo para ti también!! Que la pases excelente y feliz.
¡Feliz navidad!
¡Bello relato!
¡Feliz navidad!
¡Bello relato!
Comentario:
Aissssssssss, pero coo me gustan las cosas que nos cuentas.........¡Feliz Navidad para ti tambien!
Comentario:
Se me ha puesto la piel de gallina...pq no le dijo quien era?? En fin, es un cuento,aunque más de una historia real será parecida.
Un beso,me gustan tus post.
Un beso,me gustan tus post.
Comentario:
Po picha, si tas por aquí pa las fiestas, una copita tendrá que caer no?... vamos digo yo... por cierto, no te he pillao en el messenger por los pelos, ains!
Comentario:
Bonita manera de ,al final, cenar en familia. Muy bien planteado, manteniendo la expectación hasta el final. ¡Buen cuento de Navidad!
¡Felices fiestas para tí y los tuyos!
¡Felices fiestas para tí y los tuyos!
Comentario:
coño!, lástima!





