PRIMAVERA GAY
Ya es primavera, y esto no hay quien lo pare. Y no sólo me refiero a la estación en sí, sino también a la ley que permitirá desde el mes de junio (si todo va bien) que los homosexuales tengamos el mismo derecho al matrimonio y a la adopción que los heterosexuales.
De todos modos, yo hasta que no lo vea...
Por fin vamos a ser un país a la cabeza de los derechos de gays y lesbianas. Quién nos lo iba a decir, y sobre todo, quién se lo iba a decir a miles de personas perseguidas y encarceladas por el hecho de ser homosexuales hasta el año 1978.
Por cierto, qué les pasará por la cabeza a los que esta semana se rasgaban las vestiduras (sus camisitas azules y sus canesús) por la desaparición de la estatua de su Caudillo. Deben estar alucinados con esta ley. Me imagino una de sus conversaciones tras la cena:
- Bendice Señor los alimentos que vamos a tomar. Amén.
- ¡Pues sí, esto ya es lo último! Zapatero va a permitir a los maricones casarse! Pero qué se habrá creído este sinvergüenza. En una patria como España, llena de machos y de hembras como Dios manda.
- Como dice Anson, lo siguiente será la legalización de los tríos y la poligamia. ¿Dónde vamos a parar? Si Franco y Carmen Polo levantaran la cabeza...
- Nos están destrozando España. Van a acabar con la familia.
- Hala, el vicio y la perversión adueñandose de nuestras calles. Y qué pasará con nuestros hijos, cuando vean normal que dos invertidos adopten niños, cuando vean que tienen dos padres o dos madres...
- Y encima nos quitan a Rouco Varela.
- Hombre, siempre nos quedará Jiménez Losantos.
Menos mal que el resto de la sociedad contempla este cambio con una sorprendente normalidad. Es el mejor signo de que gozamos ya (por fin) de una normalidad democrática, aunque les pese a algunos intolerantes que, incluso, ocupan altos cargos en partidos democráticos.
En el fondo lo que se pide es justicia: si yo cumplo mis deberes como ciudadano, también quiero tener mis derechos. Y luego yo decidiré si los uso o no. Pero tenerlos, los quiero tener.
Ahora, eso sí, me temo que en cuanto los gays nos podamos casar, vamos a cometer las mismas tonterías que los heterosexuales. Y eso diría muy poco de nosotros. Tiempo tendremos de hablar de ceremonias y banquetes gays pomposos y horteras, de los viajes gays de luna de miel, de los anillos gays y también, cómo no, de las separaciones y divorcios gays. Pero eso es ya otra historia. Gay, por supuesto.
De todos modos, yo hasta que no lo vea...
Por fin vamos a ser un país a la cabeza de los derechos de gays y lesbianas. Quién nos lo iba a decir, y sobre todo, quién se lo iba a decir a miles de personas perseguidas y encarceladas por el hecho de ser homosexuales hasta el año 1978.
Por cierto, qué les pasará por la cabeza a los que esta semana se rasgaban las vestiduras (sus camisitas azules y sus canesús) por la desaparición de la estatua de su Caudillo. Deben estar alucinados con esta ley. Me imagino una de sus conversaciones tras la cena:
- Bendice Señor los alimentos que vamos a tomar. Amén.
- ¡Pues sí, esto ya es lo último! Zapatero va a permitir a los maricones casarse! Pero qué se habrá creído este sinvergüenza. En una patria como España, llena de machos y de hembras como Dios manda.
- Como dice Anson, lo siguiente será la legalización de los tríos y la poligamia. ¿Dónde vamos a parar? Si Franco y Carmen Polo levantaran la cabeza...
- Nos están destrozando España. Van a acabar con la familia.
- Hala, el vicio y la perversión adueñandose de nuestras calles. Y qué pasará con nuestros hijos, cuando vean normal que dos invertidos adopten niños, cuando vean que tienen dos padres o dos madres...
- Y encima nos quitan a Rouco Varela.
- Hombre, siempre nos quedará Jiménez Losantos.
Menos mal que el resto de la sociedad contempla este cambio con una sorprendente normalidad. Es el mejor signo de que gozamos ya (por fin) de una normalidad democrática, aunque les pese a algunos intolerantes que, incluso, ocupan altos cargos en partidos democráticos.
En el fondo lo que se pide es justicia: si yo cumplo mis deberes como ciudadano, también quiero tener mis derechos. Y luego yo decidiré si los uso o no. Pero tenerlos, los quiero tener.
Ahora, eso sí, me temo que en cuanto los gays nos podamos casar, vamos a cometer las mismas tonterías que los heterosexuales. Y eso diría muy poco de nosotros. Tiempo tendremos de hablar de ceremonias y banquetes gays pomposos y horteras, de los viajes gays de luna de miel, de los anillos gays y también, cómo no, de las separaciones y divorcios gays. Pero eso es ya otra historia. Gay, por supuesto.





