Rutinas macabras
No debería decir esto pero en esta casa hay un niño que no deja de llorar por las noches. Es un problema terrible porque varias veces he intentado atraparlo y resulta inútil. De vez en cuando se le escucha en la cocina, entonces uno va, abre la puerta y desaparece. Si gime en la sala basta que uno encienda las luces y se esfuma. Y así sucesivamente con todas las habitaciones de la casa.
A veces ni siquiera se le escucha. Simplemente está detrás de uno como esperando que te des vuelta y acto seguido se trepa por la pared con sus manitos callosas y posándose en una esquina superior muestra los dientes destrozados poniéndose a reír y luego a llorar como un perro y de nuevo a reír, hasta que uno tiene que gritarle para que deje de molestar.
Una vez leía el diario cuando de pronto todas las puertas del segundo piso se abrieron con un golpe seco y comencé a escuchar in crecento algo que parecían lamentos de varios niños. Era un sonido largo y se apagaba luego de media hora, era bastante fastidioso y como se me ha prohibido salir por las mañanas tengo que cubrirme los oídos o encender la radio a altísimo volumen.
Quizá sea algo familiar, qué se yo, algo que lleva uno en la estirpe. Porque tengo par de tías entradas en años que siguen adorando al diablo. A veces pasan horas hablando al revés y viendo películas gore con alguno de sus nietos hasta que uno de ellos se levanta, se quita la ropa y empieza a gritar como poseído mientras una de mis tías le unta algo que parece aceite negro, luego lo ponen de cabeza, lo amarran y lo encierran en un baúl. Alguna vez yo pasé por aquel tormento.
Yo también tengo mis anécdotas. Hace un año vino una alumna a que le explique un par de temas que no captó en clase (cuando enseñaba en el colegio de mujeres). Luego de enseñarle polinomios nos pusimos a conversar en la cocina. Muy simpática la jovencita. Todavía conservo una de sus manos en la nevera.
Juan Takehara Mori (Peru)
Caídas
Ya voy perdiendo la cuenta de las veces que no hemos podido contemplar juntos la lluvia: cogerte de la mano y caminar despacio para no caerme, empapándome contigo, sin que nos importe el frío porque de hecho vamos muy abrigaditos o abrazados. Pero no, como ahora, ya van muchas veces que observo a solas la lluvia, e incluso sus secuelas, cuando escampa y dejan de crepitar aquellos espejos que yacen desparramados por el suelo de las avenidas. En ellos solo aparecen mi rostro, mis ideas y la calle de turno, los cuales hacen que te vuelva a extrañar una y otra vez. Es así como estoy ahora, liquidado en medio de una calle, observando unas hermosas caídas de agua que se me unen, hundiéndose en el lugar en el que no estás.
Joel Anicama (Perú)
Evolución
Sobre cada uno de nosotros hay una lechuza que aún no despierta. Esta noctámbula todavía no ha visto la noche y su afán por verla es cada vez mayor. Llegará el día en que la lechuza vea la luna, no llena, si no creciente y se pregunte por el hombre que ha dejado abajo. Pero ya no parecerá importarle y mirará las cosas como siempre las quiso ver. Y entonces caerá en la cuenta de que tiene algo en la cabeza queriendo despertar. Y se sentirá muy bruta.
Aldo Bartra (Perú)
El vector
— Papel fino, caligrafía esmerada, redacción correcta, rúbrica impetuosa –sentenció el detective.
Gastón llevó hasta sus aletas el mensaje de la suicida y aspiró el peculiar aroma de la mancha de la esquina inferior izquierda de la hoja. El perfume, al igual que la afamada flor de Coleridge, era una prueba irrefutable de una realidad dudosa. Pero, además, se trataba de una pista demasiado personal y efectiva. Antes de desplomarse, por el sino de ser agonista, el detective jamás sospechó lo que la expresión de Gastón intentó transmitir.
José Donayre Hoefken (Perú)
Gastón llevó hasta sus aletas el mensaje de la suicida y aspiró el peculiar aroma de la mancha de la esquina inferior izquierda de la hoja. El perfume, al igual que la afamada flor de Coleridge, era una prueba irrefutable de una realidad dudosa. Pero, además, se trataba de una pista demasiado personal y efectiva. Antes de desplomarse, por el sino de ser agonista, el detective jamás sospechó lo que la expresión de Gastón intentó transmitir.
José Donayre Hoefken (Perú)
Continuidad en febrero
A Johanna... que, en agosto, me sacó de febrero.
A todos ustedes, les confieso una sola cosa: a través de toda mi
predecible y exangüe existencia lo único que aprendí a hacer más o menos bien, fue tachar en el almanaque de turno -siempre a la misma hora: once de la noche, adormitado en el descansillo de mi lúgubre vivienda y con la insustituible ayuda de un plumón obscuro- el nuevo día de vida que volvía a malgastar (para variar)... He pasado así años, quinquenios, décadas... He tachado en forma recurrente días tan disímiles como el 6 de enero, el 14 de julio, el 11 de septiembre y el 25 de diciembre. La ceremonia nocturna siempre fue fugaz y, como es válido prever, nunca se presentaron percances ni sobresaltos de laya alguna; pero, hoy, que me encuentro con el número 30 en el extremo superior izquierdo del mes de febrero, presumo que las cosas andan mal. Ignoro si a este almanaque le sobra un día o si esto tal vez es una mera ilusión mental mía... He llegado a suponer que, si el 30 de febrero no existe, entonces es válido concluir que yo tampoco soy
un ente al que el hombre de a pie pueda llamar 'viviente'.
Bueno, he optado por lo que podría catalogarse como el mal menor: no atentaré contra mi rito diario, sería como escapar de la rutina (y eso, ¡por Dios!, es lo que nunca he pretendido hacer). Por eso tacharé el 30 de febrero... Pero si mañana no saben de mí, ¡por favor!, eviten inundarse de desenlaces pesimistas, les juro que con mi pesimismo basta y sobra. Por lo demás les ofrezco mis rendidas excusas. Gracias.
NOTA: A este escueto -pero honesto- testimonio que resume
magníficamente mi hoja de vida, he decidido llamarlo CONTINUIDAD EN FEBRERO, pero creo que ustedes, visitantes intemporales, quizá puedan ayudarme a darle un mejor nombre.
Marcus Riga
30/02/02
Orlando Mazeyra (Perú)
A todos ustedes, les confieso una sola cosa: a través de toda mi
predecible y exangüe existencia lo único que aprendí a hacer más o menos bien, fue tachar en el almanaque de turno -siempre a la misma hora: once de la noche, adormitado en el descansillo de mi lúgubre vivienda y con la insustituible ayuda de un plumón obscuro- el nuevo día de vida que volvía a malgastar (para variar)... He pasado así años, quinquenios, décadas... He tachado en forma recurrente días tan disímiles como el 6 de enero, el 14 de julio, el 11 de septiembre y el 25 de diciembre. La ceremonia nocturna siempre fue fugaz y, como es válido prever, nunca se presentaron percances ni sobresaltos de laya alguna; pero, hoy, que me encuentro con el número 30 en el extremo superior izquierdo del mes de febrero, presumo que las cosas andan mal. Ignoro si a este almanaque le sobra un día o si esto tal vez es una mera ilusión mental mía... He llegado a suponer que, si el 30 de febrero no existe, entonces es válido concluir que yo tampoco soy
un ente al que el hombre de a pie pueda llamar 'viviente'.
Bueno, he optado por lo que podría catalogarse como el mal menor: no atentaré contra mi rito diario, sería como escapar de la rutina (y eso, ¡por Dios!, es lo que nunca he pretendido hacer). Por eso tacharé el 30 de febrero... Pero si mañana no saben de mí, ¡por favor!, eviten inundarse de desenlaces pesimistas, les juro que con mi pesimismo basta y sobra. Por lo demás les ofrezco mis rendidas excusas. Gracias.
NOTA: A este escueto -pero honesto- testimonio que resume
magníficamente mi hoja de vida, he decidido llamarlo CONTINUIDAD EN FEBRERO, pero creo que ustedes, visitantes intemporales, quizá puedan ayudarme a darle un mejor nombre.
Marcus Riga
30/02/02
Orlando Mazeyra (Perú)
Entrar
Nos encanta entrar. Meternos por las ventanas. Ir al pasadizo principal. Mirar las fotos de bodas. Caminar de puntillas. Llegar a la sala. Encender la televisión. Bajar el volumen. Abrir la refrigeradora. Buscar los tápers de los helados y pasarles una cucharada rasa. Sacar los cubiertos de plástico. Hacer una cena cómplice y silenciosa. Intentar comer sin reírnos. Lavar lentamente el menaje. Echarse cinco minutos sobre el sofá. Apagar la televisión. Ir al dormitorio principal. Abrir los cajones. Revolver las medias de invierno. Probarnos las corbatas sin hacer los nudos. Intercambiar las camisas de los colgadores. Bailar sobre la cama vestidos de mujer. Buscar alguna caja de zapatos donde siempre hay dinero oculto. Contarlo. Quitarse la ropa. Acomodar los vestidos y las camisas. Coger un sostén colorido. Cerrar los cajones. Ir al cuarto de los niños. Ordenar los dinosaurios. Acabar el rompecabezas. Escribir con letra de niño “papa no me quiere” debajo de una almohada. Dejar una luz prendida. Regresar a la sala. Ir al baño. Cambiar la toalla por el sostén. Abrir lentamente la puerta, ver que no haya nadie. Salir de puntillas. Y cerrar.
Juan Takehara Mori (Perú)
La talega
Ese anciano de mirada perdida siempre camina arrastrando una pesada talega color cereza. Los cuentistas del vecindario dicen que adentro lleva tres enormes espejos. Dos de ellos ya están rotos: el primero lo rompió cuando descubrió su primera arruga; y el segundo fue a parar al suelo cuando contempló su primera cana. El tercer espejo sigue intacto… algunos arguyen que su avanzada ceguera le impide dar cuenta del último espejo. Yo creo que se romperá cuando el viejo esté cara a cara con la Muerte.
Orlando Mazeyra (Perú)
Orlando Mazeyra (Perú)
Cuadrúpedo
Estoy harto de la postura bípeda. Ojalá, algún día, se me presente la oportunidad y así poder entrenar las extremidades superiores (quizás podría quitarles aquella desazón y recelo por el contacto con la superficie o cualquier otro tipo de material tangible). De esta forma, generaciones futuras adoptarían el hábito de que, al momento de interactuar, las relaciones que generen estén respaldadas por constantes roces o palmadas animadas por la cancelación de tantas inhibiciones físicas.
Rogger Bustamante (Perú)
Sábado AM
Me desperté y no reconocí a nadie. Traté de despertarlos, pero dormían como angelitos. Me sacudí la paja y el confeti de los pantalones como si no hubiese pasado nada. ¿Pero es que habrá pasado algo? Me pregunté con un tono angustiado. Cómo que sí, me respondí titubeando porque tenía las piernas tan entumecidas que de casualidad pude pararme. Subí las cejas lo más que pude, me llevé las manos a la cara como en cámara lenta tapándome los ojos. Por un segundo traté de recordar. Inmediatamente llamé a mi abogado.
Adriana Solórzano (Venezuela)
Dos para las tres
Todos los días a las 3:00AM me dan ganas de hacer pupú. Sin importar qué he comido, ni a qué horas, como un reloj suizo los movimientos intestinales me atacan; siempre igual, siempre a las 3:00AM. No lo soporto. He tratado hipnosis, he tratado tomar pastillas, cambiar mi dieta...nada funciona.
Aclaro que no es que me desagrade evacuar, por el contrario, lo disfruto muchísimo. Debe tener algo que ver con el hecho de que mi madre, desde que tengo memoria, siempre me cantaba detrás de la puerta del baño mientras yo hacía mis necesidades. Lo hacía para calmarme y para que no le agarrara aversión a eso que en un principio es tan desagradable. Pero definitivamente no era a las 3:00AM; mi madre a esa hora dormía. Ahora que recuerdo, yo dormía también. ¿Cuándo empecé yo a tener este problema?
Recuerdo que lo tenía con mi mujer anterior. Sufría de este insomnio fecal incluso cuando aún estudiaba en la universidad.
Pero cuando, a los 8 años, completé el álbum de barajitas de los superamigos no; definitivamente no.
Tampoco sentía este temor despavorido por las 3:00AM cuando me fui a Inglaterra y vivía con los ocupa. Por cierto...detesto cuando la gente asume que yo toco el cuatro sólo por ser venezolano, pues no lo toco, ni las maracas tampoco; pero bueno, ese es otro asunto.
Trato de hacer memoria y estoy casi seguro que a las 3:00AM dormía perfectamente cuando mi padre trabajaba en la industria petrolera; mucho antes de su infarto, antes de retirarse.
Pero estoy segurísimo de que cuando mi prima salió embarazada del sin vergüenza ese, yo ya estaba con el trauma de la hora.
Un momento, ya me acordé. Claro que sí, así fue cómo comenzó todo.
Qué lástima que sean las 3:00AM otra vez.
Mark A. Enet (Venezuela)





