Las pelis tristes.
Hoy me he dado cuenta de que no me gustan las pelis tristes.
Ya hace tiempo que intento evitarlas porque me ponen mal. El caso es que antes me gustaban. Las veía, me echaba ese llorete que muchas veces no soy capaz de echar y que me impide expulsar esa porquería que todos acumulamos dentro, y después tan feliz.
Pero por algún motivo eso ha cambiado. Ahora no me gusta verlas.
Esta tarde que tenía fiesta en el curro me he puesto a ver “Un franco, 14 pesetas”.
Está muy bien. Es un homenaje muy bonito a todas esas personas que por circunstancias de la vida se han visto obligadas a emigrar. Un tirón de orejas a todos los que de una forma más o menos consciente renegamos de todo lo que nos viene de fuera. Eso que se ha venido a llamar xenofobia y en lo que pocos nos reconocemos, pero que queramos o no va dejando un poso en nuestro interior. También es un canto a la valentía de vivir la propia vida a pesar de los avatares del entorno. Por si fuera poco, también permite que nos paremos un momento a reflexionar sobre el amor que sentimos por nuestros mayores, que reconozcamos sus esfuerzos y que no nos olvidemos de que están ahí, muchas veces esperando a que les dediquemos esos ratitos que nos sobran y que a ellos les hacen tan felices.
Lo que más malo me pone de las pelis tristes es que muchas veces me hacen darme cuenta de cosas que me gustaría ser capaz de sentir sin necesidad de pasar un mal rato, ni de tener la necesidad de dejar pasar un tiempo hasta que el cuerpo, o el alma, rezume ese resentimiento hacia mí mismo o hacia lo que me rodea.
Y que no. Que no soy tan malo. Porque si me llega lo que estas películas me intentan transmitir, quizás quiera ello decir que no me hace tanta falta someterme a ese martirio. Que sí, que quizás la vida cotidiana hace que no valoremos en su justa medida todas nuestras reacciones, que reprimamos ciertos sentimientos, que no reconozcamos los méritos ajenos o que pasemos demasiado tiempo ocupándonos de cosas sin importancia, quintándonoslo de pasarlo con las personas con las que nos apetece y con las que más merecen nuestra atención. Pero el mero hecho de ser capaces de darnos cuenta ya es un empujón hacia el camino correcto.
Quizás algún día me anime a ver otra peli triste, pero procuraré que no sea para sentirme culpable, porque de poco te redime darte cuenta de tus errores si en el día a día no eres capaz de corregirlos.
Ya hace tiempo que intento evitarlas porque me ponen mal. El caso es que antes me gustaban. Las veía, me echaba ese llorete que muchas veces no soy capaz de echar y que me impide expulsar esa porquería que todos acumulamos dentro, y después tan feliz.
Pero por algún motivo eso ha cambiado. Ahora no me gusta verlas.
Esta tarde que tenía fiesta en el curro me he puesto a ver “Un franco, 14 pesetas”.
Está muy bien. Es un homenaje muy bonito a todas esas personas que por circunstancias de la vida se han visto obligadas a emigrar. Un tirón de orejas a todos los que de una forma más o menos consciente renegamos de todo lo que nos viene de fuera. Eso que se ha venido a llamar xenofobia y en lo que pocos nos reconocemos, pero que queramos o no va dejando un poso en nuestro interior. También es un canto a la valentía de vivir la propia vida a pesar de los avatares del entorno. Por si fuera poco, también permite que nos paremos un momento a reflexionar sobre el amor que sentimos por nuestros mayores, que reconozcamos sus esfuerzos y que no nos olvidemos de que están ahí, muchas veces esperando a que les dediquemos esos ratitos que nos sobran y que a ellos les hacen tan felices.
Lo que más malo me pone de las pelis tristes es que muchas veces me hacen darme cuenta de cosas que me gustaría ser capaz de sentir sin necesidad de pasar un mal rato, ni de tener la necesidad de dejar pasar un tiempo hasta que el cuerpo, o el alma, rezume ese resentimiento hacia mí mismo o hacia lo que me rodea.
Y que no. Que no soy tan malo. Porque si me llega lo que estas películas me intentan transmitir, quizás quiera ello decir que no me hace tanta falta someterme a ese martirio. Que sí, que quizás la vida cotidiana hace que no valoremos en su justa medida todas nuestras reacciones, que reprimamos ciertos sentimientos, que no reconozcamos los méritos ajenos o que pasemos demasiado tiempo ocupándonos de cosas sin importancia, quintándonoslo de pasarlo con las personas con las que nos apetece y con las que más merecen nuestra atención. Pero el mero hecho de ser capaces de darnos cuenta ya es un empujón hacia el camino correcto.
Quizás algún día me anime a ver otra peli triste, pero procuraré que no sea para sentirme culpable, porque de poco te redime darte cuenta de tus errores si en el día a día no eres capaz de corregirlos.