Yo y los médicos
Todo empezó hace casi 30 años. El doctor Ramos, mi pediatra, me visitaba casi una vez al mes porque mis amígdalas se inflamaban semana sí, semana también. Mientras no iba al colegio la cuestión se limitaba al consumo de antibióticos, entre los cuáles destacaba un pack de cuatro inyecciones por vía parenteral que debían ponerme durante 4 días consecutivos: las tres primeras eran iguales, y la cuarta era más fuerte.
Los ATS han sido el otro de los colectivos médicos que empecé a visitar asiduamente durante mi más tierna infancia. Entonces, y aún ahora, los llamábamos "practicantes". Yo tuve 4.
El primero fué el señor Vicente, que tenía consulta privada al lado de la farmacia de la calle Irlanda, que casi hace esquina con la Rambla San Sebastian de Santa Coloma. Era un señor mayor, y ponía muy bien las inyecciones. No era nada agradable, pero me gustaba porque después de ponerme la inyección me regalaba una bolsa de chispitas, unos caramelos redondos de diferentes sabores con cobertura de azúcar que estaban buenísimos y que no se encontraban en ninguna tienda de chucherías.
Mi segundo practicante tenía consulta en el Pasaje Irlanda y tenía fama de borrachín. La verdad es que el hombre también ponía bien las inyecciones, pero algunas veces daba algo de miedo porque tenía la cara roja como un tomate. Creo que no acabó muy bien. Este también me daba caramelos. Creo que una de las características de los practicantes de mi época era que daban caramelos que no se podían comprar en ninguna otra parte.
Estos dos practicantes eran de pago, y ya entonces, mi madre tenía que pagar 100 pesetas cada vez que me tenían que poner alguna inyección. Ya pocos se acuerdan de que antes de que el primer gobierno del PSOE empezara a gobernar, la sanidad no estaba universalizada, y había que pagar porque te pusieran una inyección.
Mi tercer practicante era de la familia. Vaya, era amigo de la familia. Era un señor jubilado, pero su profesión nunca fué la de practicante. Era de un pueblo de Cuenca, y solía poner inyecciones a la gente de su pueblo que las necesitaba. Vamos, que era amateur.
Este no usaba jeringuillas desechables. Tenía una cajita metálica que se dividía en dos partes. En su interior guardaba una jeringuilla de vidrio y un montón de agujas, y una vez desmonatada, servía también para hervir en su interior tanto la jeringuilla como las agujas. La verdad es que su técnica no era muy sofisticada, y dolía un poco. Sin embargo, el proceso era muy elaborado y tenía su encanto.
Mi último practicante ya era de la Seguridad Social. De hecho cada día era uno distinto, pero ya no les molesté mucho porque el motivo de mis frecuentes visitas estaba a punto de desaparecer: me iban a operar de amígdalas.
Me quitaron las anginas a principios de noviembre de 1977 en el Hospital de San Rafael, y fué una auténtica carnicería.
La escenografía fué de lo más tétrica que se pueda uno imaginar: 3 niños y 1 niña. Los niños teníamos que ser operados de amígdalas, y la niña de los carnós (nunca he sabido qué era esto). Yo fuí el tercero por orden de entrada a quirófano. Nos sentaron en un banco a la entrada del mismo, y cada uno iba esperando su turno.
El primer niño entró por su propio pié, y salió en brazos de una enfermera, con una especie de sábana por encima llena de sangre, y berreando como nunca había visto yo llorar a un niño.
La segunda niña, también salió en brazos de una enfermera, pera esta vez ella no salió llorando: yo mantenía las esperanzas. Pronto se desvanecieron. Tras hacerme entrar al quirófano, me ataron de pies y manos a una silla metálica que hacía las veces de mesa de operaciones, y tras rociarme la garganta con un spray, procedieron a introducirme un artilugio metálico en la garganta que me extrajo las amígdalas.
Un sentimiento de incredulidad e impotencia, se mezclaba con un dolor inmenso que tardó horas en desaparecer.
Recuerdo la imagen de mi madre que me esperaba en la habitación. Ella tampoco se lo podía creer. Llamo la atención a las enfermeras, pero el daño ya estaba hecho: mi primer trauma infantil estaba servido.
A la mañana siguiente, mi padre vino a buscarnos al hospital a mi madre y a mí, con un tubo de leche consensada La Lechera. Al poco rato, ya descansaba en mi cama.
Años después mi madre aún se lamenta de que por aquella época los médicos aún eran poco menos que intocables, y que nadie se atrevía a poner una queja en su contra y menos aún a denunciarles. Hoy en día no se hubiera quedado de brazos cruzados: aquellos médicos fueron unos auténtico carniceros. Ojalá la vida les haya dado su merecido.
Tras este episodio, mis visitas a los médicos se espaciaron, y se limitaron a las vacunaciones rutinarias salpicadas por alguna que otras infección puntual.
Tenía ya 11 años cuando, el 18 de mayo de 1984, me operaron de fimosis. Aquello también fué un pequeño trauma. Aunque nada comparado con mi operación de amígdalas.
Lo que más recuerdo es que tuve conocimiento de la operación con demasiada antelación. Fueron varios los meses que estuve dandole vueltas al asunto hasta que finalmente se produjo la intervención.
Recuerdo que me anestesiaron, pero no me llegué a dormir. Notaba claramente cómo estaban hurgando en mi cosita, pero no llegó a doler.
Lo peor vino después: me dolía al hacer pipí, y me insistían en que meara bajo amenaza de ser sondado. Cuando me explicaron lo que era la sonda, me avine a razones y meé.
A la mañana siguiente, una monja me destapó la cosita, y me enseño lo que tenía que hacer para que los puntos se fueran cayendo: la primera vez que descapullé, me descapulló una monja. Quizás algunos empecéis a entender ahora algunas cosas...
Durante unos días, el tema de conversación en mi casa era mi "bombona de butano" (mi cosita estaba inflamada). Surgía cada dos por tres: entre los miembros de mi familia, y también cuando venían visitas. La verdad es que me hicieron pasar bastante vergüenza.
Aquí acaban mis experiencias en los quirófanos. Que sea por muchos años.
Este fué el inicio de un largo periodo de buena salud en el que apenas recuerdo visitas al médico.
Todo acabó en 1998, cuando tras varios meses de períodos de ansiedad, una crisis me obligó a volverme a casa por ser incapaz de coger el metro.
Aquella tarde empezaron mis coqueteos con los ansiolíticos. Palabras como alprazolam, diazepan, benzodiazepinas, orfidal o tranquimazín, pasaron a ser el pan de cada día y me convertí en dependiente de unas pastillas.
Fueron más de 7 años de convivencia con la enfermedad y con las pastillas en los que, como fácilmente se puede imaginar, pasé por multitud de fases: de la no aceptación de la enfermedad a la obsesión por el abandono de la medicación; de la búsqueda de los motivos de las crisis, a la desesperación por la evidencia de que eso no se iba a pasar en un día. Y, efectivamente, largas etapas de pasividad, desesperación y abulia.
En todo este periodo, pasé por las manos de un médico de cabecera, un psiquiatra y dos psicólogos. No podría asegurar si psiquiatra y psicólogos me ayudaron o no. Sí que sé que mi médica de cabecera me ayudó mucho a superar la enfermedad. No me curó. Creo que la palabra adecuada es que me "acompaño" durante mi enfermedad. Le agradezco que no me forzara a seguir ningún tratamiento psicológico, y que aceptara ser ella quien me controlara la medicación en lugar de un psiquiatra, que es lo que hubiera correspondido. Hoy, casi 8 años después, ya no tomo pastillas: ni ansiolíticos ni antidepresivos. Estoy rehabilitado.
De la enfermedad he aprendido varias cosas: que nunca probaré las drogas, que hay que ser capaz de aprender a convivir con problemas que nadie en nuestro entorno más próximo puede comprender, que hay que vivir la vida como viene y que es posible ser feliz.
No está mal para una enfermedad.
Los ATS han sido el otro de los colectivos médicos que empecé a visitar asiduamente durante mi más tierna infancia. Entonces, y aún ahora, los llamábamos "practicantes". Yo tuve 4.
El primero fué el señor Vicente, que tenía consulta privada al lado de la farmacia de la calle Irlanda, que casi hace esquina con la Rambla San Sebastian de Santa Coloma. Era un señor mayor, y ponía muy bien las inyecciones. No era nada agradable, pero me gustaba porque después de ponerme la inyección me regalaba una bolsa de chispitas, unos caramelos redondos de diferentes sabores con cobertura de azúcar que estaban buenísimos y que no se encontraban en ninguna tienda de chucherías.
Mi segundo practicante tenía consulta en el Pasaje Irlanda y tenía fama de borrachín. La verdad es que el hombre también ponía bien las inyecciones, pero algunas veces daba algo de miedo porque tenía la cara roja como un tomate. Creo que no acabó muy bien. Este también me daba caramelos. Creo que una de las características de los practicantes de mi época era que daban caramelos que no se podían comprar en ninguna otra parte.Estos dos practicantes eran de pago, y ya entonces, mi madre tenía que pagar 100 pesetas cada vez que me tenían que poner alguna inyección. Ya pocos se acuerdan de que antes de que el primer gobierno del PSOE empezara a gobernar, la sanidad no estaba universalizada, y había que pagar porque te pusieran una inyección.
Mi tercer practicante era de la familia. Vaya, era amigo de la familia. Era un señor jubilado, pero su profesión nunca fué la de practicante. Era de un pueblo de Cuenca, y solía poner inyecciones a la gente de su pueblo que las necesitaba. Vamos, que era amateur.
Este no usaba jeringuillas desechables. Tenía una cajita metálica que se dividía en dos partes. En su interior guardaba una jeringuilla de vidrio y un montón de agujas, y una vez desmonatada, servía también para hervir en su interior tanto la jeringuilla como las agujas. La verdad es que su técnica no era muy sofisticada, y dolía un poco. Sin embargo, el proceso era muy elaborado y tenía su encanto.
Mi último practicante ya era de la Seguridad Social. De hecho cada día era uno distinto, pero ya no les molesté mucho porque el motivo de mis frecuentes visitas estaba a punto de desaparecer: me iban a operar de amígdalas.
Me quitaron las anginas a principios de noviembre de 1977 en el Hospital de San Rafael, y fué una auténtica carnicería.
La escenografía fué de lo más tétrica que se pueda uno imaginar: 3 niños y 1 niña. Los niños teníamos que ser operados de amígdalas, y la niña de los carnós (nunca he sabido qué era esto). Yo fuí el tercero por orden de entrada a quirófano. Nos sentaron en un banco a la entrada del mismo, y cada uno iba esperando su turno.El primer niño entró por su propio pié, y salió en brazos de una enfermera, con una especie de sábana por encima llena de sangre, y berreando como nunca había visto yo llorar a un niño.
La segunda niña, también salió en brazos de una enfermera, pera esta vez ella no salió llorando: yo mantenía las esperanzas. Pronto se desvanecieron. Tras hacerme entrar al quirófano, me ataron de pies y manos a una silla metálica que hacía las veces de mesa de operaciones, y tras rociarme la garganta con un spray, procedieron a introducirme un artilugio metálico en la garganta que me extrajo las amígdalas.
Un sentimiento de incredulidad e impotencia, se mezclaba con un dolor inmenso que tardó horas en desaparecer.
Recuerdo la imagen de mi madre que me esperaba en la habitación. Ella tampoco se lo podía creer. Llamo la atención a las enfermeras, pero el daño ya estaba hecho: mi primer trauma infantil estaba servido.
A la mañana siguiente, mi padre vino a buscarnos al hospital a mi madre y a mí, con un tubo de leche consensada La Lechera. Al poco rato, ya descansaba en mi cama.
Años después mi madre aún se lamenta de que por aquella época los médicos aún eran poco menos que intocables, y que nadie se atrevía a poner una queja en su contra y menos aún a denunciarles. Hoy en día no se hubiera quedado de brazos cruzados: aquellos médicos fueron unos auténtico carniceros. Ojalá la vida les haya dado su merecido.
Tras este episodio, mis visitas a los médicos se espaciaron, y se limitaron a las vacunaciones rutinarias salpicadas por alguna que otras infección puntual.
Tenía ya 11 años cuando, el 18 de mayo de 1984, me operaron de fimosis. Aquello también fué un pequeño trauma. Aunque nada comparado con mi operación de amígdalas.
Lo que más recuerdo es que tuve conocimiento de la operación con demasiada antelación. Fueron varios los meses que estuve dandole vueltas al asunto hasta que finalmente se produjo la intervención.
Recuerdo que me anestesiaron, pero no me llegué a dormir. Notaba claramente cómo estaban hurgando en mi cosita, pero no llegó a doler.
Lo peor vino después: me dolía al hacer pipí, y me insistían en que meara bajo amenaza de ser sondado. Cuando me explicaron lo que era la sonda, me avine a razones y meé.
A la mañana siguiente, una monja me destapó la cosita, y me enseño lo que tenía que hacer para que los puntos se fueran cayendo: la primera vez que descapullé, me descapulló una monja. Quizás algunos empecéis a entender ahora algunas cosas...
Durante unos días, el tema de conversación en mi casa era mi "bombona de butano" (mi cosita estaba inflamada). Surgía cada dos por tres: entre los miembros de mi familia, y también cuando venían visitas. La verdad es que me hicieron pasar bastante vergüenza.
Aquí acaban mis experiencias en los quirófanos. Que sea por muchos años.
Este fué el inicio de un largo periodo de buena salud en el que apenas recuerdo visitas al médico.
Todo acabó en 1998, cuando tras varios meses de períodos de ansiedad, una crisis me obligó a volverme a casa por ser incapaz de coger el metro.
Aquella tarde empezaron mis coqueteos con los ansiolíticos. Palabras como alprazolam, diazepan, benzodiazepinas, orfidal o tranquimazín, pasaron a ser el pan de cada día y me convertí en dependiente de unas pastillas.
Fueron más de 7 años de convivencia con la enfermedad y con las pastillas en los que, como fácilmente se puede imaginar, pasé por multitud de fases: de la no aceptación de la enfermedad a la obsesión por el abandono de la medicación; de la búsqueda de los motivos de las crisis, a la desesperación por la evidencia de que eso no se iba a pasar en un día. Y, efectivamente, largas etapas de pasividad, desesperación y abulia.En todo este periodo, pasé por las manos de un médico de cabecera, un psiquiatra y dos psicólogos. No podría asegurar si psiquiatra y psicólogos me ayudaron o no. Sí que sé que mi médica de cabecera me ayudó mucho a superar la enfermedad. No me curó. Creo que la palabra adecuada es que me "acompaño" durante mi enfermedad. Le agradezco que no me forzara a seguir ningún tratamiento psicológico, y que aceptara ser ella quien me controlara la medicación en lugar de un psiquiatra, que es lo que hubiera correspondido. Hoy, casi 8 años después, ya no tomo pastillas: ni ansiolíticos ni antidepresivos. Estoy rehabilitado.
De la enfermedad he aprendido varias cosas: que nunca probaré las drogas, que hay que ser capaz de aprender a convivir con problemas que nadie en nuestro entorno más próximo puede comprender, que hay que vivir la vida como viene y que es posible ser feliz.
No está mal para una enfermedad.





