Santako
Yo nací en Barcelona, porque cuando yo nací, en Santa Coloma de Gramenet no había maternidad.
Eso quiere decir que en la época en la que yo nací, nadie nacía en Santa Coloma. La mayoría de mis coetáneos nacieron en Barcelona o en Badalona.
Sin embargo, para mí, mi pueblo siempre ha sido Santa Coloma. Allí me he criado, y allí he vivido desde qué nací. ¿Cuál sino iba a ser mi pueblo?
A qué negarlo, Santa Coloma siempre ha tenido mala fama. En los años 60 los taxistas no querían entrar en Santa Coloma. Las personas que cogían un taxi en dirección a Santa Coloma normalmente tenían que apearse a la entrada, en el puente sobre el río Besòs.
También es cierto que cuando yo era un adolescente y empezaba a salir de casa sólo, varias veces me salió al paso algún maleante pidiéndome dinero.
La mayoría de los que vivimos en Santa Coloma tenemos que salir de ella tarde o temprano. Mientras que los niños están en edad escolar, y hasta que abandonan el instituto, no es necesario. Pero tanto los que deciden ir a la universidad, como los que deciden ponerse a trabajar, se ven obligados a coger diariamente metro o autobús en dirección a Barcelona.
Se podría decir que Santa Coloma no existe. Ha llegado a tener casi 150.000 habitantes. Ahora a duras penas supera los 100.000. Sin embargo hay muchos mapas en los que no sale. ¿Por qué? Buena pregunta. Probablemente el número de pueblos que forman el área metropolitana hace imposible la representación de todos los pueblos, pero no deja de ser curioso que casi siempre se olviden del mismo.
También hay mucha gente que no dice que es de Santa Coloma. Hay gente a la que le da vergüenza decir que vive en Santa Coloma. También es cierto que cuando dices que eres de Santa Coloma, te sueles encontrar con personas que te agasajan con comentarios del tipo: "Santa Quemola...", o "Pueblo de quillos...". A mí una vez me preguntaron si no me daba miedo vivir en Santa Coloma. Debo ser un insensato pero nunca he sentido más miedo en Santa Coloma que en cualquier otra ciudad de su entorno.
Cuando Santa Coloma sale en la televisión, nunca es por algo bueno. Recuerdo que la primera vez que escuché el nombre de mi ciudad en la televisión fué para dar la noticia de que el ex-Presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, había sido apedreado en una visita a nuestra ciudad. También se nos ha derrumbado algún que otro edificio, y han detenido a algún que otro sospechoso de terrorismo islamista.
Después de leer todo ésto, a alguien que no sea de aquí le puede sorprender que haya alguien en Santa Coloma a quién le guste su pueblo.
Pero es que Santa Coloma es más cosas.
Es el Mercado Segarra, al que, cuando era pequeño, acompañaba a mi madre a hacer la compra diaria. Aquél en el que con 5 años sorprendí a una señora al decir que si el kilo de manzanas valía 40 pesetas, entonces el cuarto de kilo costaba 10 pesetas, y entonces ella le dijo a mi madre que "ese niño iba a ser ministro".
Es la panadería de la calle Mayor adónde acompañaba a mi abuela a comprar el pan.
Es el colegio Liceo Cataluña, en el que estudié la EGB.
Es el polideportivo viejo, al que nos llevaban los miércoles por la mañana para jugar a fútbol sala; y el polideportivo nuevo, dónde ví el circo por primera vez y donde mi padre me llevaba a ver partidos de baloncesto gratis.
Son los campos de fútbol de can "Pachué" (o Can Peixauet, que decimos ahora), y las "carreteras", una zona urbanizada que más adelante daría cabida al polígono comercial de Montigalá, donde dí mis primeras, y casi mis últimas, patadas a un balón.
Es la Torre Balldovina, un castillo que albergó el primer museo que yo visité en mi vida.
Es el instituto de la Ciba, donde estudié el bachillerato y donde conocí a algunos de los que hoy son mis amigos. Aquél que nos albergó en el antiguo edificio industrial de la empresa química "Ciba-Geigy". Aquél en el que hacía tanto frío que un día se pararon las clases y fuimos en masa al Departamento de Educación para exigir que nos pusieran radiadores. El mismo que bautizaron con el nombre de "Salzereda", por su proximidad al paseo del mismo nombre, aunque debería llamarse Instituto "Uto-Uto", ya que así lo decidimos mayoritariamente los que entonces éramos sus alumnos. Afortunadamente los profesores hicieron caso omiso de este mandato democrático y eligieron un nombre algo menos vergonzante. Hoy probablemente se lo agradeceríamos todos, pero entonces nos pareció un atropello intolerable.
Son sus bares. Los que nos resguardaban del frío y el calor a cambio de las 150 pesetas que nos costaba el refresco o la cerveza: el Pato, la Tetería, el San Carlos, la Encina, el Casal, el Xócala, el Carrer (aunque los que atienden siempre han sido un poco estúpidos), el Isalba. Algunos ya cerraron. No me extraña, con clientes como nosotros...
Es Shadon, su discoteca, también desaparecida, con esa terraza tan acogedora que tantas veces fué el refugio en el que evitar tener que bailar las "lentas".
Son sus bares musicales: el 003, al que todos llamamos "el cero", el Galadriel, el Núcleo, el Trans, el Línea, o mi favorito, el Final, donde tantas y tantas cervezas han caído, donde tantas partidas de billar y futbolín he jugado, donde tantas veces he escuchado los mismos discos con Medina Azahara entre los grupos destacados, donde se fraguaron algunas de mis primeras escapadas, como mi primer viaje a Donosti, del que guardo tan gratos recuerdos.
Es su Fiesta Mayor, que se celebra el primer fin de semana de septiembre, en las que raro es el año que no llueve; con sus orquestas, sus conciertos, sus casetas y sus fuegos artificiales. Allí vimos por primera vez a Mecano, a Luz Casal, a Ramoncín, a OBK, a Jarabe de Palo o a Chenoa.
Allí es donde escogieron vivir mis padres, donde viven mis hermanos, y gran parte de mi familia y de mis amigos. El lugar del que deseo escaparme cada vez que llegan unas vacaciones, pero también el lugar al que siempre vuelvo.
No sé si aún piensas que hay algún motivo para sentir vergüenza. Pero si es así, es que no has entendido nada.
Eso quiere decir que en la época en la que yo nací, nadie nacía en Santa Coloma. La mayoría de mis coetáneos nacieron en Barcelona o en Badalona.
Sin embargo, para mí, mi pueblo siempre ha sido Santa Coloma. Allí me he criado, y allí he vivido desde qué nací. ¿Cuál sino iba a ser mi pueblo?
A qué negarlo, Santa Coloma siempre ha tenido mala fama. En los años 60 los taxistas no querían entrar en Santa Coloma. Las personas que cogían un taxi en dirección a Santa Coloma normalmente tenían que apearse a la entrada, en el puente sobre el río Besòs.También es cierto que cuando yo era un adolescente y empezaba a salir de casa sólo, varias veces me salió al paso algún maleante pidiéndome dinero.
La mayoría de los que vivimos en Santa Coloma tenemos que salir de ella tarde o temprano. Mientras que los niños están en edad escolar, y hasta que abandonan el instituto, no es necesario. Pero tanto los que deciden ir a la universidad, como los que deciden ponerse a trabajar, se ven obligados a coger diariamente metro o autobús en dirección a Barcelona.
Se podría decir que Santa Coloma no existe. Ha llegado a tener casi 150.000 habitantes. Ahora a duras penas supera los 100.000. Sin embargo hay muchos mapas en los que no sale. ¿Por qué? Buena pregunta. Probablemente el número de pueblos que forman el área metropolitana hace imposible la representación de todos los pueblos, pero no deja de ser curioso que casi siempre se olviden del mismo.
También hay mucha gente que no dice que es de Santa Coloma. Hay gente a la que le da vergüenza decir que vive en Santa Coloma. También es cierto que cuando dices que eres de Santa Coloma, te sueles encontrar con personas que te agasajan con comentarios del tipo: "Santa Quemola...", o "Pueblo de quillos...". A mí una vez me preguntaron si no me daba miedo vivir en Santa Coloma. Debo ser un insensato pero nunca he sentido más miedo en Santa Coloma que en cualquier otra ciudad de su entorno.
Cuando Santa Coloma sale en la televisión, nunca es por algo bueno. Recuerdo que la primera vez que escuché el nombre de mi ciudad en la televisión fué para dar la noticia de que el ex-Presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, había sido apedreado en una visita a nuestra ciudad. También se nos ha derrumbado algún que otro edificio, y han detenido a algún que otro sospechoso de terrorismo islamista.
Después de leer todo ésto, a alguien que no sea de aquí le puede sorprender que haya alguien en Santa Coloma a quién le guste su pueblo.
Pero es que Santa Coloma es más cosas. Es el Mercado Segarra, al que, cuando era pequeño, acompañaba a mi madre a hacer la compra diaria. Aquél en el que con 5 años sorprendí a una señora al decir que si el kilo de manzanas valía 40 pesetas, entonces el cuarto de kilo costaba 10 pesetas, y entonces ella le dijo a mi madre que "ese niño iba a ser ministro".
Es la panadería de la calle Mayor adónde acompañaba a mi abuela a comprar el pan.
Es el colegio Liceo Cataluña, en el que estudié la EGB.
Es el polideportivo viejo, al que nos llevaban los miércoles por la mañana para jugar a fútbol sala; y el polideportivo nuevo, dónde ví el circo por primera vez y donde mi padre me llevaba a ver partidos de baloncesto gratis.
Son los campos de fútbol de can "Pachué" (o Can Peixauet, que decimos ahora), y las "carreteras", una zona urbanizada que más adelante daría cabida al polígono comercial de Montigalá, donde dí mis primeras, y casi mis últimas, patadas a un balón.
Es la Torre Balldovina, un castillo que albergó el primer museo que yo visité en mi vida.
Es el instituto de la Ciba, donde estudié el bachillerato y donde conocí a algunos de los que hoy son mis amigos. Aquél que nos albergó en el antiguo edificio industrial de la empresa química "Ciba-Geigy". Aquél en el que hacía tanto frío que un día se pararon las clases y fuimos en masa al Departamento de Educación para exigir que nos pusieran radiadores. El mismo que bautizaron con el nombre de "Salzereda", por su proximidad al paseo del mismo nombre, aunque debería llamarse Instituto "Uto-Uto", ya que así lo decidimos mayoritariamente los que entonces éramos sus alumnos. Afortunadamente los profesores hicieron caso omiso de este mandato democrático y eligieron un nombre algo menos vergonzante. Hoy probablemente se lo agradeceríamos todos, pero entonces nos pareció un atropello intolerable.
Son sus bares. Los que nos resguardaban del frío y el calor a cambio de las 150 pesetas que nos costaba el refresco o la cerveza: el Pato, la Tetería, el San Carlos, la Encina, el Casal, el Xócala, el Carrer (aunque los que atienden siempre han sido un poco estúpidos), el Isalba. Algunos ya cerraron. No me extraña, con clientes como nosotros...Es Shadon, su discoteca, también desaparecida, con esa terraza tan acogedora que tantas veces fué el refugio en el que evitar tener que bailar las "lentas".
Son sus bares musicales: el 003, al que todos llamamos "el cero", el Galadriel, el Núcleo, el Trans, el Línea, o mi favorito, el Final, donde tantas y tantas cervezas han caído, donde tantas partidas de billar y futbolín he jugado, donde tantas veces he escuchado los mismos discos con Medina Azahara entre los grupos destacados, donde se fraguaron algunas de mis primeras escapadas, como mi primer viaje a Donosti, del que guardo tan gratos recuerdos.
Es su Fiesta Mayor, que se celebra el primer fin de semana de septiembre, en las que raro es el año que no llueve; con sus orquestas, sus conciertos, sus casetas y sus fuegos artificiales. Allí vimos por primera vez a Mecano, a Luz Casal, a Ramoncín, a OBK, a Jarabe de Palo o a Chenoa.
Allí es donde escogieron vivir mis padres, donde viven mis hermanos, y gran parte de mi familia y de mis amigos. El lugar del que deseo escaparme cada vez que llegan unas vacaciones, pero también el lugar al que siempre vuelvo.
No sé si aún piensas que hay algún motivo para sentir vergüenza. Pero si es así, es que no has entendido nada.





