Secretos, objetos perdidos y playas portuguesas
Sí, definitivamente tengo completamente olvidado el blog. Ahora que he vuelto a recuperar la plena felicidad, ahora que mi vida tiene un nuevo destino, ahora que todo tiene sentido parece que ya no tengo la necesidad de expresarme escribiendo. No sé, no tiene explicación. Pero hoy he hablado con una amiga del blog (lo cual nunca había hecho), y me ha entrado el gusanillo de pasarme por aquí.
Últimamente me han pasado muchas cosas:
La noche de “Los Secretos”
Tocaba el popular grupo de los 80 en el López de Ayala e hice valer por última vez mis privilegios como redactor de la revista “QH” para conseguir un par de pases de prensa. Un grupo que vive de las rentas ante un público adherido a las butacas: un concierto sin pena ni gloria. Era una noche de parejas pasadas, actuales y futuras en la que me tocaba jugar un solitario, pero no fue así. Con mi indiferencia conquisté a la que en principio estaba reservada para otro compañero de curro. Niña preciosa de enrabietado pelo rubio, enorme sonrisa y cuerpo amasado con manos de artesano. Desde aquel día nos hemos compartido en secreto por temor a hacer daño a terceros. Noches de absoluta entrega en las que he recordado como se deshacía una cama y una mujer. Es impagable la sensación de desear y sentirse deseado. ¿Por qué tuvo que aparecer esta mujer justo ahora que me marcho?
Las playas de Portugal
Alexis, el Artista, Flor de Loto y yo nos escapamos un fin de semana a las playas del país vecino para romper con la monótona rutina. Dos días en los que estuvimos en 3 playas: Praia da Bicas, Laguna de Albufeira y Praia de Arrábida, y un camping. Flor de Loto, recién llegado de la gélida Finlandia, se hizo quemaduras de primer grado (¿o eran de tercer?) y casi muere en la playa a causa del peligro “papo seco” portugués. El Artista nos hizo ver que no nos habíamos acostado con tantas mujeres diferentes como pensábamos y que la música es el idioma universal. Alexis hizo música con una caña de pescar, nos dio clases magistrales de cómo conducir una furgoneta y retó a unos portugueses a un duelo de pechazos contra la arena en equipo (porque a veces comer arena también es divertido). Julians, el francés que podía hacer cualquier tipo de ruido y ritmo con la boca, se merece un capítulo aparte. Yo, más humilde y menos virtuoso, me conformé revolcándome con espectaculares olas y dando tranquilos paseos por la playa. Un breve viaje que mereció la pena.
Objetos perdidos
Hace un mes me compré una bici de segunda mano ante la necesidad de huir de la tiranía del coche y la llegada del buen tiempo. Pero no llevaba ni dos semanas con ella cuando me la robaron en la puerta del curro. No hay cadena que resista a la habilidad, la agilidad y la osadía de un ladrón experimentado. Tercera bicicleta que me roban en mi vida. Una putada que me amargó el día. Pero mi infortunio se incrementó pocos días después cuando me olvidé mi bandolera en el banco de un parque. Él que se la encontró, sin intención de devolverla, se llegó toda mi documentación, 5 euros, mi tarjeta de credito, un mp3, un par de pen-drive, las llaves de casa, 3 cheques al portador de 25 euros cada uno, otro cheque a mi nombre de 200 euros, los papeles de mi finiquito, un callejero de Badajoz y “Todos los nombres” de Saramago. Otra putada que me amargó un nuevo día y el siguiente.
Pero el eterno retorno que tan buenas migas tiene conmigo no tardó en actuar.
Mi madre, que instantes antes había tenido una extraña sensación (en este momento es cuando ella recuerda que nació un martes y trece), atravesaba el Parque San Francisco cuando vio a dos tipos de no muy buen aspecto con una bicicleta. Mi madre apenas había visto mi bicicleta un par de veces, ni siquiera recordaba su color, pero sabía que aquella era la mía. Y ella, siempre tan echada pa´lante, se jugó el órdago a la grande. “Oye, perdona, esa bici es de mi hijo”. “Qué dice, señora, esta bici es mía”. “No, perdona, pero esa bici es la de mi hijo”. “Lo siento, pero la he comprado hace poco”. “¿Cuándo la compraste?” “Hace un par de semanas. Me la vendió un hombre por 20 euros en el parque Pitusa”. “Hace un par de semanas le robaron la bici a mi hijo. Ese hombre la robó y luego te la vendió a ti. Así que ya puedes dármela”. “Lo siento, señora, pero esta bici me pertenece porque la he comprado”. “Nada de nada. Ya puedes ir dándome la bici”. “Al menos déle los 20 euros al chaval”. “Mira, si quieres llamamos a la policía. Mi hijo reconoce la bicicleta y ya discutes con ellos lo 20 euros y, de paso, buscamos al ladrón”. “Perdone, ¿dónde había dicho que vivía usted?” Eso es una mujer con osadía y lo demás son tonterías. Los hombres acabaron dejando la bici en nuestro aparcamiento. Y, lo más curioso de todo, es que la bici resultó ser verdaderamente la mía. ¡Vaya casualidad del destino y qué pequeño es Badajoz!
Al día siguiente el eterno retorno finalizó su trabajo cuando el jefe de una cafetería me llamó diciéndome que tenía mi carné de conducir. Lo había encontrado un cliente tirado en la calle. La cafetería estaba junto a un sucio y abandonado parque que nosotros conocemos como el Parque Yoni. Era lógico que debía echar un vistazo y no tardé en encontrar mi bandolera tirada en un rincón. En su interior no había nada, pero el callejero y los papeles de mi finiquito estaban tirados por el suelo. Estaban arrugados porque había llovido recientemente. Seguí mirando por el suelo y, para mi sorpresa, me encontré con todos los cheques que había perdido. Vamos, que me lo había robado un auténtico yonki al que ya se le había olvidado hasta leer. Bueno, quizá sólo se le había olvidado lo que era un cheque, porque sí se había llevado el libro de Saramago. Me habían robado varias cosas de valor, pero estos inesperados encuentros tonificaron mi dolor.
Se nota que llevaba tiempo sin escribir por aquí…
Mi etapa en Badajoz llega a su fin y, con ella, este blog. Se inició con mi llegada y es justo que acabe con mi despedida. Es una muerte natural. Quizá este sea su último post. O, bueno, quizá no porque alguna cosita me he dejado en el tintero.
AUPA!!!!





