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Fabrica de recuerdos
Vivencias, inquietudes, fotografías y prosa barata de un veinteañero
Acerca de
Experiencias, vivencias, fotografías y prosa barata de un veinteañero que tiene muchos sueños sin cumplir, pero que aún no está dispuesto a rendirse. Ahora estoy en Badajoz, de revuelta con mis padres y currando en una revista, pero la cuenta atrás de mi nueva huida ya ha empezado. Bienvenido a mi particular confesionario.
Sindicación
 
ESPERANZA

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Ayer se inició una nueva época de esperanza. El anuncio de un alto el fuego permanente por parte de ETA saturó los medios de comunicación, animó las cañas del mediodía y reavivó antiguas e incompatibles rencillas. ¿Hay que ser optimistas o realistas? Yo quiero ser ambas cosas.

El proceso para una paz definitiva, en el caso de conseguirse, no ha hecho nada más que empezar. El camino que se abre será duro, de continuos repechos, con baches y curvas con escasa sin visibilidad y, sobre todo, largo, muy largo. Por eso, y como dijo y redijo ayer Zapatero, hay que ser prudentes.

Pero la oportunidad que la banda terrorista nos ofrece ahora no se debe desaprovechar. Todos que tenemos que poner de nuestra parte y mirar de frente al futuro. No quiero decir con esto que nos olvidemos del pasado, no se puede perdonar a los asesinos que tanto dolor y terror han provocado, pero la vida siempre hay que caminarla hacia delante. Reaccionarios y victimas deben ceder en sus convicciones para apoyar la paz de la próximas generaciones. No hay que olvidar que ellos, los tan terribles, sanguinarios e inhumanos terroristas lo son porque también se sienten víctimas. Con esto no les estoy defendiendo, nada más lejos de la realidad. Pero ahora ellos abren una puerta (hasta que punto el polémico término “nación” del estatut catalán habrá influido), invitándonos a su casa y es nuestro deber no rechazar esa taza de té.

Y, sobre todo, la única cosa que pido de corazón: que los políticos se olviden de la política en este proceso. Sería triste que el ansía de votos sea el mayor obstáculo para llegar a un paz definitiva.


Aupa!
 
Él estaba mal acostumbrado




Él estaba mal acostumbrado. Por eso, la soledad al volver a casa le angustiaba profundamente. Las resacas, cada día más dolorosas, le hacían sentri que salir de juerga era una pérdida de tiempo que solamente le robaba neuronas y le destrozaba el estómago. Las noches le dejaban un sabor amargo en el cielo de la boca, que ya no lucía estrellas. Intentando vencer este vacío, y acostumbrado a reservar muchas de sus sonrisas a los botellones y los bares de copas, huía fin de semana sí, y fin de semana también, en busca de otros ciudades y otras sensaciones. Estas escapadas le satisfacían el espíritu, pero era consciente de que suponían una evasión, un parche que sólo cerraba temporalmente la herida.

Poco a poco, decidido a afrontar el problema, tomó la decisión de disfrutar de los más importante de la juerga nocturna: los amigos. Decidió olvidarse de las frustraciones de alma solitaria que no encuentra consuelo, más emocional que física, porque para lo segundo inventaron los burdeles, y concentró todos sus esfuerzos en compartir y reír con los que siempre han estado ahí. No le resultó difícil. Simplemente tuvo que reducir la hora de vuelta a casa y ahorrarse las penúltimas e innecesarias copas en el par de afters de mala muerte de la ciudad. Las noches siguieron siendo incompletas, pero volvieron a tener sentido y recuperó las mañanas de los domingos.

Ahora tiene la esperanza de que su espíritu feliz atraiga a algún corazón solitario, pero eso ya es otra historia.


AUPA!

PD. Ayer volví a forzar la máquina por culpa de Floro, tan soltero como yo, y al que tuve que acompañar en su exhaltación etílica. Eso sí, me tiró los trastos un tío y lo gocé con el efecto de luces de la discoteca.

PD2. La nueva guinda ya empieza a pudrirse: es de Torrejoncillo y lleva 5 años con su novio al que va a ver casi todos los días al pueblo.
 
Primavera




La primavera empieza a despuntar en Badajoz. Ella, siempre coqueta, presume de su llegada: el sol recupera su calor, los árboles vuelven a maquillarse y el aire estrena nuevo perfume. Una acera, junto a un descampado, se transforma en un cementerio de orugas temerarias. Las fuentes ya se han borrado de la lista del paro y los parques cuelgan a media tarde el cartel de no hay billetes. Las luces se imponen a las sombras y los carretes en blanco y negro se tiñen de color.

No sé si es casualidad, pero en las últimas semanas mi cara está recuperando el molde de la alegría. Me vuelvo a sentir fuerte y ya no me agobia la explotación laboral, ni la soledad me machaca las entrañas. El secreto: la adaptación al hábitat (que ya me costó) y la amistad con mis compañeros de curro (que le han pintado una sonrisa a la rutina). Al pastel sólo le falta la guinda. Ayer me encapriché de nuevo de una. Quizá tenga suerte y ya no se me nuble la vista al ver antiguas fotos en mi ordenador.

AUPA!!
 
Amortajado en cenizas




Texto recuperado que escribí hace un par de años:

El fuego empezó a quemarle. Su cuerpo, hecho cenizas, se desprendía de él como las hojas del árbol en otoño. Pero no tejían frondosas alfombras marrones, sino negros túmulos de sucio estiércol. Su esbelta figura blanca iba desapareciendo lentamente, consumiéndose en los infinitos fuegos del infierno.

Él se preguntaba si se merecía este desagradable fin. Claro que no. Pero entonces aparecieron en su mente imágenes de muertes innecesarias, de masacres injustificadas, de exterminios inexplicables. Miles de fotografías desagradables que ninguneaban su convencional homicidio. He visto demasiada televisión, pensó.

La brillante hoguera avanzaba a través de su cuerpo. Su vida había sido muy normal, si algo merece esta definición. A pesar de saber que había nacido para morir (¿acaso eso le diferenciaba del resto?), siempre se negó a sí mismo ese destino. Su vida fue una continua y desesperada búsqueda interna de la libertad, que le ayudó a convertir en gigantes sus molinos de viento. Enajenada su mente, podía aguantar la soporífera monotonía de sus días. Siempre soñó con poder huir lejos de allí, escapar de su prisión y vivir en una isla perdida y sin nombre. Se pasaría el día tirado en la playa, dejando pasar el tiempo sin que pase nada. Y sin importarle estar atado a un destino de tragedia griega. Pero cuando elevaba sus alas para poder escapar, éstas se le quemaban por los rayos del sol, como ahora su propia existencia.

¡Qué estúpido se sentía recordando estos sueños ahora! ¿Cómo se podía quejar de su fin cuando no nunca hizo nada para cambiarlo? Él, que toda su vida había seguido la corriente, siendo un pez tan muerto como el resto. ¿En qué se diferenciaba él de los demás para exigir una suerte distinta? ¿Acaso los sueños sirven de algo sino se lucha por conseguirlos?

La gente que pasaba alrededor ignoraba su situación, insensibles al hecho de que estaba muriendo. ¿Nadie iba a decir algo para protestar por la muerte de un ser inocente? ¿Nadie pensaba revelarse ante esta sangrienta injusticia? Alguno lanzaba una mirada de desagrado, pero él no sabía si era producida por el horrible espectáculo o simplemente porque le molestaba el pestilente humo que emanaba de su cuerpo. Él podría intentar pedir ayuda, pero sabía que era un esfuerzo inútil: ellos también habían visto demasiada televisión.

A él le hubiera gustado que todo se acabara en un bar. Allí donde el humo y el alcohol se adhieren a la ropa y la música acompaña a los oídos solitarios. Acabaría tirado en el suelo del bar, siempre sucio y pegajoso, donde compartiría su reposo con las copas ropas hasta ser barrido al día siguiente. Él siempre había mitificado la figura del eterno canalla de barra de bar. Ese ser que, viviendo el presente, se olvida del pasado e ignora el futuro con un cubata en la mano. Un hombre deshecho a sí mismo, pero libre, sin ataduras.

El humo que emanaba de su cuerpo se elevaba, jugueteando con la luz del sol. Dibujaba figuras de plata en el aire que, en continuas transformaciones, adormecía la mirada perdida de su verdugo. Era hermoso, pero al mismo tiempo trágico. ¿Acaso ese efímero humo que pronto se disolvería en la nada era lo que quedaría de él en este mundo?

La muerte nunca le había preocupado hasta ese mismo instante, quizá porque a pesar de que estaba íntimamente ligado a ella, la veía como algo lejano, algo que quizá nunca llegaría. ¡Qué inocente pensamiento! Pero ahora, sintiéndola tan cerca, torturaba su conciencia con una pregunta que no tenía respuesta: “Y después, ¿qué?” Por momentos llegó a envidiar a los creyentes. Ellos al menos tenían algo con que aliviar esta incertidumbre. Ellos tenían algo en que creer. Pero él no. Ateo convencido, había renegado de cualquier tipo de religión a lo largo de toda su vida. Le era inconcebible creer en un Dios capaz de consentir las desigualdades y las desgracias existentes en un mundo supuestamente creado por él. Y sino, ¿por qué tenía que morir él ahora?

Pero tampoco quería creer que tras su muerte, no quedaría de él más que un inerte cadáver, una materia en continua putrefacción. Un humo que se disolvería en la nada. Algo tenía que perdurar de él, algo etéreo, algo intangible, algo inmaterial. Buscó dentro de sí un espíritu que envolviera su cuerpo, algo a lo que agarrarse. Si lo encontraba, podría ayudarle a escapar cuando llegara su muerte física. Miró en sus entrañas, en su cabeza, en su voz… Pero no encontró nada que aliviara su atormentada conciencia.

Mientras su efímera existencia se consumía definitivamente, recordó que de pequeño quería ser astronauta. Allí, suspendido en el universo dentro de su nave espacial, jugaría a buscar su casa en el inmenso mapa de la Tierra. Siempre le habían gustado las cosas pequeñas. Como el fotógrafo obsesionado con inmortalizar flores.

La cuenta atrás de su vida por fin llegó a su fin. Su calcinado y menguado cuerpo fue estrujado, aplastado en el gris desierto del cenicero. La última llama de su vida se apagó, escupiendo un breve y póstumo hilillo de humo. Su trágico destino, propio de una mala imitación de Shakespeare, se había cumplido. Ahora su cadáver permanecería en esa indigna tumba, fosa común de cigarrillos. Y, amortajado en cenizas, tendría que esperar a convertirse en nada. Pasando más tiempo muerto que vivo.
 
Rastros de Pintura




Es largo pero merece la pena leerlo.
Escrito por Matías Candeira.

¿Te has fijado alguna vez en las paredes? ¿Las has tocado con los ojos cerrados, un instante, y sentido los surcos desnudos de la pintura blanca que se extiende por las habitaciones? Dicen que las paredes están muertas, Ana. Dicen continuamente que las paredes -ya llevo dos meses aquí- mejor en ocre; las paredes no tienen que notarse. Y no es verdad, ¿entiendes?, eso no es cierto.

El blanco siempre ha servido.

El color blanco es la tierra de todos los mensajes.

Sabes que me gustaba el blanco de la nieve en las películas. Todo lleno de nieve. Me encantaba ver ese rastro de sangre que va dejando un hombre herido en la pierna, con barba y pasado, que busca como un dios hambriento a su hija (Clara, o Anabella, o Susan). Hombres oscuros, en un castillo, muy lejos de allí, piden un rescate por ella. Padre e hija vuelven a casa, una noche, dejando pisadas blancas enormes en el sendero, hay más sangre. Blanco de una sábana erizada de luz, la siesta, y nosotros cuando vivíamos juntos. El blanco de los ojos de los mastines (¿cómo está Nubia? ¿ya come bien?)

Las paredes de este piso son blancas. Todavía no me había fijado en ellas cuando llegué aquí, Ana, pero sí -a los pocos días- en la escritura del mundo, esa carretera de óxido donde se acumulan los mensajes. El mundo está lleno de mensajes. No mucha gente lo sabe o quiere recordarlo. Imagínatelo: en este momento hay cientos de dedos derrotados garabateando una servilleta que luego irá a un bolsillo, eso es; docenas de vestuarios de instituto siendo allanados por la escritura de un muchacho gordo lleno de poesía ("las tetas de Silvia Manfredi, un mundo"). Una niña, en otro país, escribe su nombre en la arena y después lo borra. Cuando muramos, el mundo seguirá lleno de mensajes. Eso es todo.

No sé por qué, desde que te echo de menos, pienso en los mensajes que deja la gente en las cosas, sus corazones derruidos, cómo hay que mirar los rincones de los autobuses para descubrir bibliotecas de humanidad. Al mudarme aquí, después de que lo dejáramos (ese cambio de aires que me exigiste), no me iba a ninguna cafetería a permitir que la tarde devorara todo, conmigo dentro, al fondo. No entraba en los cines a respirar el dolor de los detectives entre el humo, diciéndole a una mujer alta que era demasiado tarde para el amor, para vivir, para ellos. Lo que hacía era acudir a unos baños públicos de cierta plaza, echar una moneda y arrojarme a esa oscuridad. ¿Y sabes lo que venía entonces? Pues que me fijaba en los mensajes, y pensaba en ti; me he quedado horas mirando al techo de ese baño, el rincón junto a la taza. Fíjate, a veces los mensajes varían, se transforman, como una especie carnívora que sólo unos pocos hayan descubierto:

"Te quiero, Jorge Chavarri" "Vi cómo salías de este baño el día quince, no he podido olvidarte" "Voy a morir en dos días. Ayúdame, llama a este teléfono de lunes a viernes. Podríamos llegar a querernos".

Una semana después de estudiar la caligrafía de ese urinario público me dieron trabajo en la tienda de tatuajes, y decidí empezar a llenar de palabras las paredes de este apartamento. Me encontré, una tarde, saliendo de una tienda con un bote de pintura rojo en la mano, alcanzando la escalera derrotada del edificio y después buscando un rincón de la casa. El primer mensaje lo escribí al lado de un cuadro que tengo en la entrada (los cuadros insultantes llenos de jarrones y flores chillonas estaban aquí cuando llegué, no es culpa mía). Me quedé mirando esa palabra diminuta, te juro que asustado. Por eso, si pulsaste la tecla de escuchar mensaje en el contestador, pudiste oír una respiración abrupta, creo que un bote de pintura que se vuelca, y cómo maldigo y continúo pintando.

Escribí tu nombre.

Los días eran una especie de madriguera con humo. A veces el sol salía y llenaba de luz este edificio lleno de ternura y olor a pescado cocido, todavía pasa. Era el final del primer mes. En la tienda de tatuajes empecé a fijarme en la espalda desnuda de la gente, es un gesto que todavía no evito. Mirar la superficie pálida, la curva de la espina dorsal (como una vía de tren en una estepa), esos lunares que manchaban el conjunto. Escucha, Ana: las espaldas, las paredes, no se pueden dejar de mirar nunca. Esa gente me pedía árboles negros, algunas letras góticas de las que cayera una gota de sangre, un escudo terrible, bajo los omóplatos, de algún equipo de fútbol. Y no sé por qué les decía: "¿No prefiere tatuarse un nombre? ¿De verdad no tiene a alguien a quien quiera recordar siempre? Hágame caso". A veces me miraban, furiosos, y pedían cambiar de tatuador. Era como si alguien hubiera abierto su caja llena de vísceras y palpara el dolor que guardaban, muy dentro, con reparo.

Tú a lo mejor creerías que estoy loco si no me conocieras bien. Pero no estoy loco, no más que cuando te quería.

Han venido más noches y más letras en las paredes, no podía evitar escribir (algún bolero, un mensaje inacabado, tu nombre en mayúsculas). Hace poco, vino un hombre a repintar. Era un tipo calvo, con labios de pez, y le imaginé devorando ratones los domingos en la oscuridad de un cuarto. "¿Le dejaron esto escrito cuando se mudó aquí?", me preguntó. "Es obra de un imbécil". Le odié, es verdad. Cuando terminó de pintar dije que podía haberse dado más prisa, aunque no fuera cierto, y desde entonces decidí repintar yo mismo el piso cada vez que lo necesitara. Has empezado a aparecer, escrita en rojo, siguiendo el rodapié. "Ana", junto a los marcos de las puertas. "Ana" por toda una habitación vacía que está siempre cerrada, al fondo. No la uso para nada en concreto, aunque tu nombre ocupa bastante sitio.

Cuando no queda más espacio, vuelvo a pintar. ¿Te imaginas lo que hacen los vecinos? El olor penetrante a pintura blanca lo impregna todo. Salgo al rellano, con la mascarilla todavía puesta. Me acurruco en un rincón satisfecho. Y puede que sea el anciano oscuro de la puerta de al lado el que sale del ascensor, o esa mujer casi tísica, Eva, que tiembla siempre como un frigorífico a punto de morir cuando recoge sus cartas. Miran entonces la puerta entreabierta de esta casa, muy despacio, y luego me miran a mí y notan el olor a pintura. No puedo explicártelo, pero me gusta cuando se tapan la nariz y, al poco, se meten en el quirófano amarillento que es su hogar. Alguna vez han observado unos minutos por la mirilla, esperando. Les he saludado desde el rincón.

En cierto sentido, ahora que nos recuerdo, me entristecen las superficies desnudas. Hay una pereza espantosa en los pupitres sin arañazos, las bañeras, o en esa gente que ha tirado las cartas de otros (seguro que conocemos a alguien). Te echo de menos. Y puede que aún te quiera. Es todo lo que puedo decirte.

En la tienda de tatuajes a veces no soy capaz de terminar esos árboles negros, o ni siquiera intento hacer los colores del escudo. Quieren echarme si no cambio. Eso dicen.

Hace poco, una mano poderosa, manchada de la tinta de un informe, decidió cambiar el urinario de la plaza por otro nuevo. El corazón de la gente tarda en abrirse, eso es algo que he aprendido en esta ciudad. En ocasiones voy allí, meto la moneda, y al entrar noto sólo el hueco mamífero, un rastro de perfume, nada. Apenas hay un insulto a un partido político junto a esa taza moderna. Dos frases huérfanas, a medio hacer, sobre miembros viriles. Y nadie ha vuelto escribir que quiere a nadie (tardarán un poco).

Hoy, al despertarme, lo he hecho: he pintado un corazón con pintura fluorescente en la pared que hay frente a mi cama. Dentro, he escrito nuestros nombres. No ha quedado mal; hay un tramo que se derrama hacia abajo, bordes abruptos, varios churretes, pero el corazón es gigante, sólo se ve cuando apago la luz, y me parece hermoso. El resto del piso vuelve a tener sus paredes limpias, recién pintadas.

Ana, ¿has sentido alguna vez tu cuerpo junto a una pared blanca y hallado, de pronto, el punto justo donde debía escribirse un mensaje?

No sé, puede que no vuelva a escribir nunca. Puede que mañana, si encuentro las fuerzas, deje otros mensajes -"te quiero", "¿te acuerdas de mí?", "volvamos a vernos algún día"-, o regrese al urinario, o convenza a alguien de que se tatúe ese nombre querido en su espalda. Supongo que ese día, cuando vuelva a casa y no quede más espacio, te recordaré, volveré a repintar todo. Entonces, durante un buen rato, tocaré las paredes.

Nota: Carta ganadora del V Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor.
 
Fotografía de Navidad




Menuda sorpresa me lleve hace 2 días. Una chica me llamó al móvil para comunicarme que había ganado el primer premio de la Fotografía de Navidad en un concurso que convocó el Excelentísimo Ayuntamiento de Badajoz. ¡¡Qué ilusión me ha hecho!! Yo que mandé la fotografía por eso que dicen de participar.

La foto tampoco es que sea gran cosa, pero es muy característica de Badajoz: la torre de la Catedral (símbolo de la ciudad), la sobriedad de las calles del Casco Antiguo y de la decoración navideña... Además, de encuadre y de color está correcta y las personas en primer plano le dan dinamismo. A pesar de todo, me sigue sin parecer gran cosa.

Ayer me llegó la nota de prensa a la oficina con el nombre de los premiados. Es curioso recibir información sobre una noticia de la que tú eres el protagonista. El jolgorio que montaron los compañeros, con felicitaciones y sonrisas por doquier, fue muy divertido.

Hoy ha salido la noticia en el diario local "Hoy", aunque estaba medio escondida en la esquina de una página. También he ido a recoger el premio a la concejalía de cultura. Los 450€ de premio se han quedado en 380 con las retenciones.

Pero, sincerament, el dinero es lo de menos. Incluso carece por completo de importancia. Este premio es el definitivo reconocimiento de que tengo maneras para la fotografía y está haciendo que me plantee muchas cosas. Quizá el año que viene me tenga q buscar un buen curso al respecto e intentar meter cabeza en algún sitio. Pero, bueno, al día de hoy sigue siendo una simple y reconfortante aficción.

AUPA!!!
 
Mi abuela




El otro día fue mi madre a Santa Amalia y se trajo con ella a mi abuela Damiana. Ella se llama en realidad Guadalupe, pero en los pueblos tienen la extraña costumbre de cambiarle el nombre a las persona, y todo el mundo la conoce por Damiana.

Hacía muchísimo tiempo que no la veía. No existe persona más entrañable y encantadora en el mundo. Es tan buena, tan pequeña, tan frágil y tan paciente que es imposible no quererla.

Mi abuela es pequeña, muy pequeña. El paso del tiempo la ha ido encongiendo, madurando su cuerpo. “Cada día estás más alto mi nieto. O, ¿será que yo he encogido?”. Ella es ahora minimalista. Su belleza está oculta debajo de sus arrugas. Es una belleza que descansa plácidamente en lo más profundo de sus entrañas, pero que se refleja en el nítido y luminoso brillo de sus ojos, unos ojos más jóvenes que hace 50 años.

Mi abuela congela el perejil. Ella se justifica: “Estoy acostumbrada a vivir sola”.

Mi abuela siempre está temblando. Su pulso está tan alterado que parece que tuviera un “marca-pasos” conectado a su columna vertebral y no a su corazón. Su cuerpo es un tembleque continuo, acuentuándose en sus diminutas manos. Con ellas no puede sujetar nada con firmeza, dándoles a los objetos un vaivén de mecedora.

Mi abuela sabe que va a llover cuando le duele el pie izquierdo.

Mi abuela reza el rosario todos los días. Suele hacerlo por la noche, antes de dormir, pero, a veces, lo reza por la tarde en un rato libre para que luego no se le olvide.

Mi abuela habla susurrando. Su voz es un fino hilo tan frágil que se rompe al mínimo descuido. Sus palabras flujen de sus labios a un ritmo monótono y plano, como el de los curas al leer las sagradas escrituras. Su voz no expresa sensaciones, excepto cuando se quiebra y se vuelve trémula con la risa.

Mi abuela ve las telenovelas de la hora de la siesta. A mi abuela no le gustan las películas en las que la gente se desnuda. “Antes, te ponían el beso y tú ya suponías el resto. Ahora te lo enseñan todo y así está el mundo. Cada vez peor y sin remedio”.

Mi abuela fue al cine a ver “Lo que el viento se llevo”, y lo que el culo aguantó.

Mi abuela tiene los ojos grandes, abiertos, llenos de vida. Tiene la luz de la juventud, la vivacidad de la primavera. Sus ojos son un oasis de vida en medio del desierto de su rostro.

Mi abuela conoce todas las ofertas del Carrefour. Ella vive a 5 minutos andando de Carrefour.

Mi abuela siempre habla de la muerte con total normalidad. Ella dice que morirse es “ya lo único que me falta por hacer”. Mi abuela tiene seguro de vida. Ella también dice: “Yo ya he vivido bastante. Sólo estoy esperando a que venga Dios a llevarme cuando quiera”.

Mi abuela nunca lleva tacones. No entiende como su hija (mi madre) puede llevar esos “zapatos de bruja”.

Mi abuela es racista, pero no lo sabe. A ella le dan miedo los negros con túnica que se montan en los autobuses en Madrid. Hay un chico en su pueblo que es muy amable, “a pesar de ser negro”. Le da pena que los africanos se mueran de hambre, pero cree que la inmigración es la razón de todos los problemas de España. Mi abuela también es machista, pero tampoco se da cuenta.

Mi abuela reza todos los días por sus hijos y sus nietos. Reza a sus ángeles de la guarda para que no tengan ningún accidente, aprueben los exámenes y no les falte de nada. Ella reza siempre que salimos de viaje. Mi abuela se preocupa por todo el mundo, excepto por ella. Un día se le olvidó rezar antes de un viaje y al tío Carlos le pusieron una multa de 180€.

Mi abuela usa pañales.

Mi abuela se atusa con extremado cuidado su escaso y abultado cabello. El color de su pelo nunca es el mismo, en un desesperado intento de ocultar el grisáceo paso de los años. Su pelo es canoso, pero no blanco. Los innumerables tintes que han coloreado su pelo, símbolo de su inagotable coquetería, le han dejado un tono amarillento, color vainilla, que le suaviza aún más el rostro.

Mi abuela es muy tranquila, nunca se enfada, nada la altera. Nunca levanta la voz y nunca frunce el ceño. "Ya he vivido mucho para saber que las discusiones no sirven para nada".

Mi abuela escucha la COPE, pero no es muy aficionada a la radio.

Mi abuela empieza a sufrir los achaques de la edad. Si está mucho tiempo de pie se marea. Tiene vértigos. Anda por la calle dando bandazos, como si siempre estuviera borracha. Su corazón está pachucho y su garganta, peor. Ella me hace pensar en la muerte, y me da miedo. Un día llegué a casa a las 12 y estaban todas las luces apagadas. Pensé que quizá le había pasado algo a mi abuela y estaban todos en el hospital. Pero yo quiero pensar que ella está como una rosa.

Mi abuela se pasa el día leyendo el periódico o un libro, viendo la televisión o rezando. Mi abuela se queja de las letras que son muy pequeñas, de lo desvergonzada que es la juventud y de no poder vivir con “fervor” la misa por la televisión.

Mi abuela no puede comer las comidas con sal, ni tampoco pan normal. Ella sólo puede tomar pan tostado. Mi abuela no puede evitar devorar el pan, a pesar de las reprimendas de su hija (mi madre). Cuando comemos solos, mi abuela siempre acaba cogiendo un pellizco de la barra de pan.

Mi abuela ve la misa por televisión. A mi abuela le da miedo salir de casa.

Mi abuela se queda casi todas las noches dormida en el sofá. Hunde su cabeza en el cuello y empieza a roncar. “Abuela, que te duermes”. “No, que va. Estaba rezando el rosario con los ojos cerrados para estar más concentrada”. “Pues, si puede ser, la próxima vez en voz baja”.

Mi abuela cuando está sentada y su cuerpo descansa en el sillón, mueve la cabeza. Su cuello se arruga arriba y abajo en un asentimiento inagotable. Ella parece estar siempre escuchando, siguiendo una conversación que requiere máxima atención. Su cuello quiere acunar su cabeza, un rostro viejo y cansado, pero que refleja la experiencia de toda una vida vivida.

Mi abuela dice: “A mí no me preocupa morirme. A mí me preocupa quedarme inválida. Yo no quiero ser un estorbo para nadie”.
 
Palabras encontradas




Soy el cuadro torcido de la pared.
Soy la hormiga que se sale de la hilera.
Soy el ojo que llora de alegría.
Soy el flotador que se hunde en la piscina.
Soy el chinote que agujerea la camiseta.
Soy el bache en la autopista.
Soy el beso de Judas.
Soy la radio que no sintoniza emisoras.
Soy el sudor que empapa tu camisa.
Soy el verso que no rima.
Soy la ventana cerrada.
Soy el perro que maulla.
Soy el Dios que no existe.
Soy el boli que firma estas palabras.
Soy yo y no tú (y lo siento si te jode).