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Fabrica de recuerdos
Vivencias, inquietudes, fotografías y prosa barata de un veinteañero
Acerca de
Experiencias, vivencias, fotografías y prosa barata de un veinteañero que tiene muchos sueños sin cumplir, pero que aún no está dispuesto a rendirse. Ahora estoy en Badajoz, de revuelta con mis padres y currando en una revista, pero la cuenta atrás de mi nueva huida ya ha empezado. Bienvenido a mi particular confesionario.
Sindicación
 
Rompiendo la rutina en Granada




El pasado fin de semana tenía previsto ir a Salamanca, pero un queridísimo amigo llamado Panizo me llamó para convencerme de que cambiará de idea y dirigiera mis pasos a tierras granadinas. No lo dudé ni un instante y cinco minutos después ya estaba buscando autobuses y trenes con destino a Granada.

Después de casi 8 horas de viaje, llegué a Granada el viernes a las 9 de la noche. En teoría, los ponferradinos (Panizo y sus siete compañeros de viaje, más Stifler) y su caravana deberían estar ya allí esperándome, pero Stifler me cuenta que han tenido un pequeño problema con la puerta de la caravana y se han retrasado. Resulta que el pequeño problema era que Panizo se había comido la pala de una escavadora al arrancar la caravana en Jaén. La puerta estaba doblada como una lata de sardinas. Pero encontramos una solución para salir al paso: aparcar la caravana contra alguna pared para que la mala gente no le diera por forzarla y robarnos los calzoncillos y los kilos de arroz y pasta. Encontramos el lugar ideal en el "Bronx" granadino, donde apenas paseaba gente y ni siquiera nos pusieron una multa.

El ánimo del grupo estaba decaído, pero la llegada de Calleja, una de esas personas que de tanta energía y deshinibición rozan la locura, trajo consigo de nuevo las ganas de fiesta. A partir de ahí lo que puede dar de sí una noche granadina: cañas y pinchos de enormes dimensiones (eso sí, con queso y jamón de todo a cien), Calleja practicando su inglés con un par de americanas de Chicago, "majas desnudas" de Calleja y Alvarito en la Calle Elvira, cubatas infinitos y peligrosa maría "made in Panizo", mucho tonteo y risas (aunque con escasos resultados), música callejera en directo con los "sin techo", Calleja tirando de placa de Guardia Real (sí, nuestro amigo es uno de los muchos encargados de cuidar por la integridad física de nuestro querido Juanqui) para saltarnos la cola y entrar por la cara en la discoteca (“ah, y perdona, esos también van conmigo”), Calleja volviendo el último después de que "la gorda" lo echara de su casa ("o te vas, o llamo a tu taxi"),... Evidentemente, el nombre de Calleja aparece continuamente en las anécdotas. Es imposible no pasártelo bien con un personaje así yendo contigo de fiesta. Aunque, eso sí, haya que pararle de vez en cuando los pies.

Esa noche conocí a Natalia. La ví y le tuve que decir algo. Ella me respondió con una sonrisa y me robó la cabeza hasta que nos echaron del bar. Sentía que algo especial se reflejaba en su mirada. Le pedí un beso antes de marcharme, pero se negó. “Lo siento, pero yo soy de las que no se besan con un chico al que acaban de conocer”. Me apuntó su número de móvil en un cd roto y me dijo que la llamara al día siguiente. Me fui a la cama (mejor dicho, a los asientos delanteros de la caravana) pensando en ella y mi último mensaje de la noche tuvo como destino su número de teléfono. Al día siguiente no pudimos quedar. Me jodé saber que nunca más la volveré a ver. ¿Por qué estás cosas sólo me ocurren en Salamanca, Granada o Edimburgo y no en Badajoz?

Este fin de semana no hubiera sido el mismo sin la caravana. En ella jugamos al mus, fumamos maría y reímos con Pani sellando la puerta estropeada con bolsas de plástico, comimos de rancho en Córdoba, concentramos el olor de mil leonera con el olor concentrado de los nichos y los pies del Calleja…

El sábado estuvimos haciendo turismo por Granada o, mejor dicho, por la Alhambra. Qué gozada pasar la resaca en un lugar tan maravilloso como ése. Calleja, nuestro respetable Guardia Real, y Chori, policía municipal, se dedicaron a coger gatos, lanzarse naranjazos y mear en cualquier esquina (esto último, bastante lamentable, todo hay que decirlo). Ya tengo apuntado en mi agenda pasarme una semanita entera en uno de los hoteles que hay dentro de la Alhambra y disfrutar de su tranquilidad y belleza. Eso sí, prefiero no pensar en el precio que me costaría este lujo porque se me esfumaría de un plumazo toda la ilusión.

Esa noche fue igual o mejor que la anterior porque estábamos eufóricos y el cansancio ya no valía como excusa. Nos arrejuntamos con un grupo de granadinas que le dieron alegría a la noche. Inolvidable, la mañana de carajillos y churros con Alvarito, Chori, Paqui y la morena en la cafetería “Sol y nieve”. La viejecilla que leía el periódico alumbrándolo con un mechero y se zampó una entera de churros, el moño de flores de la jefa, el estresante nervio del camarero, la maravillosas paredes que eran una réplica exacta de la Alhambra, el vodka que no estaba entre las botellas de whisky… son algunos de los miles de detalles que provocaron que me doliera la mandíbula de tanto reírme. Una pena que al final no nos fuéramos a dormir con Paqui y Patxi al sofá-cama de su casa (en 2 horas nos teníamos que ir a Córdoba).

Llegamos tarde a Córdoba y Calleja y yo perdimos nuestros respectivos viajes. A mí hasta me alegro y decidí no ir a trabajar el lunes. Demasiadas horas extras sin retribuir para que me pudieran echar algo en cara (como así fue). Calleja tuvo que alquilar un coche en Madrid para luego tener un accidente y estallar una rueda del coche (sin consecuencias para su integridad). Córdoba fue duchas en el camping y siestas reconstituyentes, partido del Valencia-Barcelona, kebabs y patatas gigantes, caña demacrados, niños que pasean por el parque a dos gallinas (totalmente verídico) y mus y porros de maría antes de ir a la camita.

Pero sin duda lo más peculiar de Córdoba fue Manolo el Pintor. Él era un aparcacoches que nos dio la paliza, mientras descansamos y comimos junto a la estación de trenes. Manolo el Pintor tenía una gorra roja, era payo e iba escoltado por un perro de esos que prefieres que ni te miren. Mil y una veces nos contó, eso sí, siempre que podía cambiaba de interlocutor, cómo estaba harto de que los moros le estuvieran robando el trabajo y el pan de sus dos hijos. ¡Él, que llevaba en este puesto de trabajo toda la vida! Sólo nos daba un par de minutos de respiro cuando veía un coche aparcando. Corría hacia él y, a pesar de no haberles ayudado a buscar aparcamiento, ni a estacionar, les pedía el pago por sus servicios. Manolo el Pintor que, no conforme con las cervezas y cigarrillos que le dimos, se quiso unir al festín de pasta que montamos. “Yo hago unos estofados para chuparse los dedos. La próxima vez que vengáis, os invito a uno”. Por supuesto, no le dimos ni un trocito de salchicha por “pesao”. “Oye, ¿por qué no me cambias tu mechero por el mío para tener un recuerdo vuestro?” Al segundo cigarro encendido, su mechero se quedó sin gas. Sin duda, Manolo el Pintor era un auténtico y entrañable caradura.

El lunes dejé al grupo en la Mezquita de Córdoba. Hubiera dado cualquier cosa por seguir de viaje con ellos. Pero ese era un lujo que no podía permitirme.

Amo Granada. ¿Quién se viene a vivir conmigo allí una temporadita?

AUPA!!!!!!
 
Cartas de amor, deseo, nostalgia y desamor

Merece la pena echarle un vistazo:

http://www.nccextremadura.org/eventos/cartasamor/cartasganadoras.html
 
Frías mañanas con niebla




Últimamente, los días se están despertando nublados, tremendamente nublados. El aíre es espeso y opaco, y el camino se vuelve pesado. A él no le gusta no ver hacía donde dirige sus pasos; a mí no me gusta sentir el peso del cielo sobre mis hombros.
Las profundidades desaparecen y los contornos se difuminan. La niebla consigue que los rascacielos parezcan humildes edificios obreros y que las ciudades tengan el aspecto de pueblos que aspiran a ser más grandes.

¿Será la niebla el aliento de los ángeles en las frías mañanas de invierno?

A lo lejos, en lo más profundo de la confusión de blancos y grises, se distingue un diminuto punto de luz. El sol, siempre presumido, lucha por volver a convertirse en el dueño solitario del cielo. Pero nada puede hacer, y su difuminada luz nos recuerda que ni siquiera el sol es invencible.

¿Cómo volarán los pájaros si no tienen luces anti-niebla?

La niebla vuelve el aíre pastoso y parece que se puede tocar. La niebla materializa el frío, lo vuelve visible y cercano. Es como si el cielo quisiera tocar la tierra, trayéndose consigo las nubes más aventureras.

¿Por qué el río humea cuando hace frío?

Poco a poco, la niebla se disipa y la realidad empieza a volverse tan real como siempre. El cielo exige volver a entablar contacto directo con la tierra. Y entonces desaparece el misticismo y la melancolía de esta mañana de invierno. Bueno, quizá la niebla sólo se lleve consigo el misticismo porque la melancolía se adhiere con rabia a los huesos.
 
Atardeceres en Badajoz




Don José Cacho era uno de esos profesores de colegio que te marcan para toda la vida. Sus palabras sabían perfectamente el camino que, entre hígados, riñones y vísceras, había entre el oído y el alma. Y yo, un niño que solía tener abierto el corazón a la voz de la experiencia, empapaba todo lo que decía.

Un día, Don José Cacho nos comentó que Badajoz, sin ser gran cosa, podía presumir de tener uno de las bellas puestas de sol que había visto en su vida. Aquellas palabras quedaron grabadas en mi cerebro. Desde entonces, cuando cruzo el puente camino a mi casa, siempre lanzo una mirada fugaz al horizonte, comprobando cuanta razón tenía.

Esta foto es una de las miles de fotos que tengo del sol hundiéndose en el horizonte (en algún rincón de Portugal).

AUPA!!!

PD. La foto está un pelín retocada, pero no se aleja en nada de la realidad.
 
Un borracho que pasaba




Me miraste fijamente a los ojos, y te llevaste contigo mi mirada. Me acariciaste con la suavidad de tus manos, y mi piel ya no siente cosquillas ni el frío de las mañanas de invierno. Me susurraste palabras entre las sábanas, y su eco aún retumba en el interior de mis oídos. Me impregnaste con el empalagoso olor de tu cuerpo sudado, y ya no me gusta como huele el café ni la ropa recién lavada. Me obligaste a decir que te quería, y ahora las demás palabras carecen de sentido.

¿Por qué decidiste compartir mi mirada aquella noche? ¿Por qué tuviste que contestarme con un sí, cuando un no o un tal vez hubiera hecho todo más fácil? ¿Por qué decidiste implicarte, dándole alas a un lisiado gorrión que nunca debió aprender a volar?

Yo, ebrio de amor, debí saber que la curva de tu cintura es la que sentencia a los conductores borrachos. Pero la exaltación del alcohol me hizo creer que yo, siempre prudente al volante, podría cogerla despacio y sin necesidad de abrocharme el cinturón de seguridad. Y por unas horas creí que era tu dueño, en lugar de un borracho que pasaba.

Me gustaría decirte que no pienso en ti, que sería estúpido echarte de menos. Pero, mientras lo intento, siento que las esquina se acentúan y los riñones se me encogen. Me parezco a aquel incansable chiflado que siempre caminaba deprisa para dejar atrás a su sombra. Pero a él no le dejó de latir el corazón por amor, sino por agotamiento. Y las venas, de tanta sangre coagulada, acabarán por estallarme en la cara.

¿Por qué decidiste compartir mi mirada aquella noche? ¿Por qué ahora me respondes con un no o un tal vez, cuando un sí lo haría todo más fácil?

Estoy cansado de caminar. Por favor, ayúdame a volar de nuevo.
 
Noche oscura




La noche, el whisky-cola, las farolas fundidas, el final de la barra,... en aquel momento todo le parecía oscuro, demasiado oscuro. No era capaz de deshacerse de su sombra, que le cubría todo el cuerpo con su negra textura. Su chaqueta de cuero, los pelos del pecho del camarero, el asfalto, la mirada de ese tío, el fondo de sus bolsillos,... Tanta penumbra le asfixiaba, pero tampoco tenía fuerzas, ni ganas, de intentar dejarla atrás. Esa noche no quería tomar ninguna decisión. Se sentía conformista, y el gris no le parecía tan mal color. ¡Joder, quién ha apagado la luz del cuarto de baño!

-Oye, ponme otra copa de este veneno.

Ya estaba volviendo a dejar a deber, cuando entró ella. Tenía los ojos negros, la mirada oscura y las pupilas dilatadas. Apenas la miró un instante porque sabía que las sombras acabarían confundiendo. La atracción es ciega y el amor, una mentira piadosa de los poetas.

-¿Te apetece un whisky-cola?

Encendió una vela, pero su frágil llama se la llevó la agitación del viento. Las manos impusieron su ritmo y el perro guía estaba rabioso y no tenía bozal. Tras entregarse el uno al otro, se refugiaron tras la cerradura de sus párpados.

...

El día amaneció soleado e inundaba de luz la habitación. Cuando él se levanto, ella ya se había marchado, sólo dejando atrás el empalagoso olor a sudor de mujer. Y, maldiciéndose a sí mismo, cerró las contraventanas con un portazo y les puso candado para siempre.