Me gusta; no me gusta

Una pequeña rayada que se me ocurrió un día y que alguna vez amplié.
Me gusta ver salamandras corretear por las paredes de mi salón; no me gusta ver la foto de mi graduación encima del televisor.
Me gusta leer en la cama; no me gusta quedarme dormido a los 5 minutos.
Me gusta que mi madre me eche crema en el pie; no me gusta como le huelen los pies a mi madre.
Me gusta leer lo que otros han escrito; no me gusta ver que otros leen lo que he escrito.
Me gusta como surge el amor; no me gusta como se desgasta con el paso del tiempo.
Me gusta poder ver los canales de cine de Digital+; no me gusta que siempre echen las mismas películas.
Me gusta salir del curro; no me gusta saber que al día siguiente tendré que volver.
Me gusta la efusividad del alcohol; no me gusta la resaca del día después.
Me gustan las mujeres; no me gusta el compromiso.
Me gusta hacer deporte; no me gusta sudar.
Me gusta despertar con el sol entrando por la ventana; no me gusta el invierno.
Me gusta reencontrarme con un viejo amigo; no me gusta comprobar lo que hemos cambiado.
Me gusta la chica que trabaja en mi casa; no me gusta cómo le habla mi madre.
Me gusta la literatura; no me gusta el dolor.
Me gusta estar con mi abuela; no me gusta saber que algún día se va a morir.
Me gusta leer el periódico; no me gustan las noticias que hay dentro.
Me gusta escribir historias; no me gusta dejar todas a medias.
Me gusta el comunismo; no me gusta la expropiación de bienes.
Me gusta fumarme un cigarrillo; no me gusta saber que me estoy matando.
Me gusta tener amigos; no me gusta preguntarme por qué lo son.
Me gusta ver películas con mi madre; no me gusta que siempre acabe contándome el final.
Me gusta el olor de una camisa limpia; no me gusta hacer la colada.
Me gusta la política; no me gustan los políticos.
Me gusta encontrarme arena en los bolsillos; no me gusta saber que no volveré a ver la playa hasta dentro de un año.
Me gusta jugar al fútbol; no me gusta que me duelan las piernas al día siguiente.
Me gusta vivir el presente; no me gusta tener que refugiarme en el futuro.
Me gustan las chuletas; no me gusta pensar que esas chuletas antes eran un cordero.
Me gusta estudiar Historia; no me gusta luego no recordarla.
Me gusta conocer a desconocidos; no me gusta que el tiempo los vuelva otra vez desconocidos.
Me gusta tener iniciativa; no me gusta no ser constante.
Me gusta mirar las estrellas; no me gusta no saber el nombre de ninguna constelación.
Me gusta la nieve; no me gusta el frío.
Me gusta dormir con una chica; no me gusta que crea que sólo quiero follar con ella.
Me gusta escuchar un “te quiero”; no me gusta que no sea sincero.
Me gusta tirarme un peo en la bañera; no me gusta el olor que dejan escapar sus burbujas.
Me gusta bucear en la piscina; no me gusta quedarme sin aire a los 10 segundos.
Me gusta haberte querido; no me gusta recordarlo en la soledad.
Me gusta que me gusten las cosas; no me gusta que no me gusten.
Sueño febril

Ayer me costó muchísimo conciliar el sueño. No sé si fue por la punzante irritación nerviosa de final de mes, por la constante lucha contra el desvelo o simplemente porque sí, pero fue una noche agónica. Por suerte no acostumbro a tener problemas para dormir. Soy de esas personas que llegan a la cama y ya están soñando antes de cerrar los ojos. Por eso sufro mucho con estos inesperados insomnios.
Pero lo peor de anoche no fue la dificultad para dormir, sino que cuando por fin lo conseguí, sufrí una experiencia espantosa: tuve un “sueño febril”. Yo los llama así porque no es la primera vez que tengo uno, y me he visto obligado a darles un nombre. Los “sueños febriles” son aquellos en los que tu mente está despierta, pero tu cuerpo no. Es una horrible pesadilla en la que vuelves a creer en los fantasmas y en los demonios, en la que sufres, quieres gritar, pedir ayuda, pero no puedes.
Es muy difícil describir tanto agobio y tantas desagradables sensaciones. Yo, sumido en una confusa consciencia, sentía que tenía los ojos abiertos (al menos, eso es lo que me hacía creer mi mente, pero no estoy muy seguro de ello), mientras que el resto del cuerpo se mantenía inmóvil. Estaba rígido y pesado, como si se tratara de carne muerta. Me sentía maniatado por una fuerza invisible, amordazado, desprotegido y a merced de cualquier cosa que pudiera haber a mi alrededor.
Entonces empecé a ver figuras a mi alrededor. Entre la penumbra de mi habitación parecían dibujarse rostros que se movían, que me miraban y sonreían. Yo sabía que era imposible, que los espíritus sólo están reservados para las historias de terror y las traviesas mentes de los niños pequeños. Yo soy demasiado mayorcito para creer en esas absurdeces, me decía para disimular mi miedo con supuesta hombría. De repente, empecé a escuchar ruidos. Extraños y suaves, aunque inquietantes, sonidos que cada vez eran más nítidos y que se iban acercando hasta mí. Y yo expuesto a lo que fuera sin poder moverme, sin poder gritar, sin poder defenderme o huir.
Estaba aterrorizado. Intenté gritar para llamar a mis padres, pero de mi boca no salía ningún sonido, como si me hubiera vuelto mudo. No podía abrir los labios, ni mover la lengua. Los rostros seguían apareciendo y los ruidos produciéndose. Intenté con todas mis fuerzas moverme para tirarme de la cama. Si lo conseguía, quizá el golpe me sacaría de este angustioso trance. Pero era incapaz a pesar de todo mi esfuerzo mental.
Me estaba volviendo loco, no podía soportarlo más, cuando conseguí mover un brazo. Por fin, mi cuerpo me obedecía y hacía caso a mi cabeza. Rápidamente busqué el interruptor de la lámpara. Al encender la luz, todos los fantasmas se esfumaron en un instante. La habitación volvía a ser mi habitación. Me quedé transpuesto varios minutos, mientras la realidad iba volviendo a mi cabeza. Disfruté de la luz. Poco después me volví a dormir, y ya no me desperté hasta la mañana siguiente.
No sé cuánto tiempo estuve así, pero me pareció una odisea interminable. Son curiosas las jugarretas que nos juega de vez en cuando la mente. Es tan complejo e imprevisible todo lo que tenemos ahí dentro. Son varias ya las veces que he sufrido de estos extraños “sueños febriles”, pero, sin duda, el garabato mental más espectacular que me ha hecho vivir mi cerebro fue un “viaje astral”. De esto hace ya unos años, pero aún lo recuerdo como si fuera ayer. Aquella noche estaba muy perjudicado (abusamos un poco de la peligrosa maría), pero leyendo el libro de Paulo Coelho “Verónica decide morir” comprobé que era real lo que podía haber sido psicotrópica imaginación. O eso, o nuestro Paulo fuma la misma maría que yo. Pero bueno, eso ya es otra historia.
AUPA!!!!!!
Apuntes fotocopiados

Unas palabras en honor de los apuntes fotocopiados, que tanto han hecho para que gente como yo pueda pasar airosos los duros días de exámenes.
Empiezan los exámenes, y con ellos llegan de la mano los apuntes fotocopiados. Esos apuntes anónimos que pasan de mano en mano en las fotocopiadoras. Esos manuscritos ilegibles que se mezclan temporalmente en las carpetas para luego acabar en la papelera. Apuntes perecederos, de papel higiénico, de usar y tirar.
Esos apuntes subrayados con rabia, memorizados con desprecio, resumidos por falta de tiempo.
Esos apuntes en blanco y negro que vamos maquillando con los colores de nuestros rotuladores. Apuntes muertos que vamos resucitando bajo nuestras manos. Apuntes impersonales que vamos haciendo nuestros con cada garabato, cada tachón o cada esquema en los márgenes de sus páginas.
Esos apuntes que nos recuerdan la existencia de las fotocopiadoras, lo poco que hemos ido a clase, la mala caligrafía que tiene el empollón de clase, lo coñazo que es esa asignatura, lo larga que puede ser una noche.
Los apuntes fotocopiados adquieren el status de tesoro escondido en cuyo interior esta la fórmula secreta para aprobar unos exámenes que nunca hemos merecido. Y, por un instante, miramos con aprecio al empollón de la clase, mientras brindamos por ese cinco que nos sabe a matrícula de honor.
¡¡¡¡Vuelve el mito!!!!

Me salgo un poco del guión y adjunto una noticia que me ha producido una inmensa alegría. Volvamos a la infancia y disfrutemos como enanos de las tonterías del Chino Cudeiro y toda su tropa de orientales locos.
Cuatro recupera el concurso "Humor amarillo" doce años después
El formato japonés consistente en sortear disparatadas pruebas físicas que emitió Telecinco
A partir del sábado 28 de enero, Cuatro recupera para sus mañanas de fin de semana el popular concurso japonés "Humor amarillo", que Telecinco emitió a comienzos de los años 90.
Según informa la cadena de Sogecable, los 100 episodios del formato en el que un grupo de japoneses sufre indecibles torturas por un buen puñado de yenes se ofrecerán los sábados y domingos a las 14:20H.

El General Takeshi (el propio Takeshi Kitano) tiene un castillo inexpugnable que el general Tani y sus guerreros (los concursantes) tienen que tomar, enfrentándose para ello a pruebas como las zamburguesas –inmensas bolas de carne que luchan contra los concursantes-, las 1.001 puertas, unas de madera y otras de papel, o las madrigueras, el laberinto del Chinotauro, en el que el concursante es perseguido por un imponente luchador de sumo, entre otras.
Todos recuerdan al celebre "chino Cudeiro" o alguno de sus familiares, que siempre vestían de rojo.
Otras pruebas eran: La Muralla China, La Frontera, Carrera en el Barro, Los Donetes del Niño, La Primera Fortaleza, Tarzán de Los Golpes, La Tabla de Planchar, Camino de Oz, Fútbol Americano, Bolos Humanos, El Condor Pasa, Captura la Bandera, Indiana Cudeiro y el Templo Maldito, Caza Mayor, Terremoto, entre muchas otras.

AUPA!!!!
La última cena

Me he puesto nostálgico y he rescatado algo que escribí hace mucho tiempo en un día que también estaba nostálgico. Escribí mucho, aupado por una intensa inspiración fraguada en los recuerdos, pero que no volví a retomar. Siempre me pasa lo mismo: lo dejo todo a medias. Demasiada falta de constancia. La realidad y la ficción se mezclan en estas palabras, pero hay un poco de lo primero en todo.
Los rezagados terminábamos los exámenes ese fin de semana. Era viernes, y yo tenía la última prueba al día siguiente. Y no quería hacerlo: no por miedo al suspenso, sino al aprobado. Si superaba ese examen, daría por finalizada mi carrera y con ella mi etapa como estudiante universitario. Me aterraba la idea de que la burbuja en la que había estado flotado durante 4 años se pinchara, y me expulsara a la cruda vida real. A la vida de mis padres, dos cincuentones de clase media-alta que comparten cama y desprecio día tras día bajo el techo de un chalet adosado con buhardilla y jardín comunitario. A la vida de tener que buscar un trabajo que te va a ir consumiendo para llegar a fin de mes con el dinero justo para sobrevivir. A la vida de buscar una pareja con la que casarte y tener niños que hipotecaran tu vida hasta que seas tan viejo que no puedas hacer nada de lo que habías soñado cuando, como ahora, eres joven y el mundo te parece infinito, lleno de posibilidades.
Pero aunque no quisiera, debía aprobar el examen. Al menos tenía que intentarlo. No por mí, sino por todas las personas que confiaban en mí: mis padres y mis abuelas. No podía defraudar todo el apoyo, más económico que anímico, que me habían dado durante estos últimos 4 años. Mis gastos fuera del hogar, sin ser excesivos, suponían un mensual goteo de dinero nada despreciable. Una paga que invertía en gastos propios de una vida universitaria: botellones, comida, cubatas, fotocopias y alguna que otra cerveza en la cafetería de la facultad.
De superar la prueba póstuma de mi etapa universitaria, pondría el punto y final a un mediocre expediente académico. Un seis y pico de dejadez y desmotivación que fue aumentando con el paso de los cursos. Un vulgar aprobado de noches interminables de tanques de café y de “chuletas” cuidadosamente hechas a ordenador. Pero esa noche era la última que íbamos a pasar todos los amigos juntos, esos amigos que se habían ido formando tras cuatro años de inolvidables experiencias juntos. Y, por tanto, era una noche única, diferente, inolvidable. Esa noche los tanques de café se tornarían en tanques de cerveza, y las “chuletas” cuidadosamente hechas a ordenador en chuletas cuidadosamente hechas a la parrilla. Esa noche celebraríamos nuestra última cena.
Estaba todo perfectamente planificado. El examen estaba ya preparado- que no estudiado-, la mesa de restaurante estaba ya reservada, las bebidas para el botellón final estaban ya compradas. Nada podía fallar. A las 22:00 habíamos quedado todos debajo del reloj de la Plaza Mayor. Cientos de veces había sido éste nuestro punto de encuentro. El goteo de amigos fue constante, hasta la llegada del último: Alberto que había tenido problemas para domar un flequillo demasiado rebelde.
El restaurante, o mejor dicho el mesón, estaba a las afueras de la ciudad, junto a la plaza de toros. El amplío comedor estaba lleno, pero todos nos fijamos en la misma mesa: una ocupada por un numeroso grupo de mujeres. Estaban de despedida de soltera. O eso, o tenían la extraña costumbre de ponerse diademas con forma de pene en la cabeza. Era cuestión de tiempo, y de lo peleón que fuera el vino, que ambas mesas entablaran algún tipo de comunicación. El contacto llegó en forma de duelo entre Pedro, estudiante de Informática y de vocación tunero, y Aída, cajera de “Carrefour” y de vocación ama de casa. El desafío consistía en cantar versiones del “Camarero, camarero” hasta que uno se quedará en blanco. Era una batalla ganada antes de ser declarada. Pedro tenía un amplísimo currículum de cenas y fiestas con su tuna, la de Derecho. Luego, tanto ellas, como nosotros, nos acercábamos de una mesa a otra, charlando animosamente. El vino, ese misterioso fármaco contra la inhibición, había hecho su efecto en todo el grupo. Al final, quedamos todos en un bar al que nosotros no fuimos, y creo que ellas tampoco.
Entre embutidos, croquetas y chuletones la temperatura del lugar iba subiendo. Un calor interior que intentábamos apagar inútilmente con copas y más copas de vino. La melancolía de la última noche se notaba en las risas, en los brindis, en las miradas. Pero, hasta la entrega de los regalos del “Amigo invisible”, no se me puso la piel de gallina. Había todo tipo de regalos: hechos con las propias manos, hechos en Taiwán, comprados esa misma mañana, comprados hace semanas, íntimos, baratos, graciosos, originales. La originalidad del “Amigo Invisible” es que se sabe a quién va dirigido cada regalo, pero no quién es su autor. Aunque ya en el botellón, entre copa y copa, no fue difícil sonsacar uno por uno quiénes habían hecho cada uno de los regalos.
Después de la cena, la siguiente parada en nuestro recorrido nocturno era el botellón.
Re: ¿porqué hay pocas fanarras?

Texto encontrado por la red. Muchos recuerdos de la mano de Rungo.
Haciendo referencia a la pregunta de Macius he de exponer que, los fanarros se criaron en un colegio exclusivamente masculino, allí era donde se fraguaba el caldo esencial de la saga, donde se aguantaban las resacas de cada miembro, donde las cerdadas más exclusivas a la hora de los desayunos, comidas y cenas eran ejecutadas, donde Xanti escupia vómitos en contra de la gravedad, Riky dormía en los servicios hasta que lo despertaba la mujer de la limpieza, Pinchi lanzaba calderos de agua al director, Chino escalaba árboles, Pedrito se ponía las botas con tanto plato en el comedor, Julian fraguaba amistad con Macias y se formaba un dúo aterrador, Alberto rompía cristales de ventanas con el puño,Reinosa no podía escribir de lo que había bebido, Paco escondía truchas medio comidas debajo de la cama, Esteban ponía ley y orden sin éxito, Ofa deportista se diluia en alcohol como todos nostros, Kincho hacía shows eróticos delante de 10 fanarros viendo la televisión en su cuarto, Rana mamao hasta las trancas por el comedor, Juanjo haciendo sus primeros pinitos de peke, Tinto entre pitos y flautas moraos del 15, yó uno más y el resto que se quedan en el taclado pues colaborando en la fragua. Por ésto comenzó el grupo, luego lo extendimos a la calle y nos dimos a conocer, pero la afiliación femenina no podía ejecutarse pq no podían actuar dentro de nuestro refugio.
AUPA!!!
Unas palabras más (que no menos como dice aquel)

Es viernes por la noche, y siento una emocionante tranquilidad sabiendo que mañana es sábado. Podría hablar de muchas cosas, pero no me apetece. No quiero amarrarme a un hilo argumental por pereza. Sin duda, este es uno de los efectos de estar "fumao". Mi abuela duerme, mis padres no están, así que estoy fumando cigarros "tuenados" mientras enrreo con el ordenador.
En la casa de los vecinos hay fiesta. Las paredes han llegado a temblar. Tomasito ya tiene 14 años y ha aprovechado la primera ocasión que ha tenido para desvirgar su casa. Terraza con terraza, he estado charlando con ellos. Ellos bebían cubatas y yo me fumaba un porro. Para ellos empieza la vida, los descubrimientos, las dichas y las desdichas, las sensaciones y los sentimientos. Me ha hecho mucha gracia hablar con ellos porque me bebía a mi mismo no hace mucho tiempo. No me ha gustado sentirme tan mayor.
"Pienso mucho, sabes? Y eso hay veces que me dobla la sonrisa porque me recuerda lo que me falta". Palabras llenas de sentido que llegan a mis manos con la exclusividad que permiten las cartas personales. Y te das cuenta que no hay tanta diferencia entre el origen y el destino. “Estudio periodismo, me gusta estar en la universidad, no te conozco personalmente, tener un affaire con el cantante de Green Day, no iría al Diario de Patricia, me imagino de mayor soltera , preferiría escribirte a mano como hay que hacer, escribo cuentos, no aguanto a Bisbal y me la pela que a Bustamante le tiren huevos, soy impaciente aunque más desastre, en realidad quiero encontrar a alguien que me acaricie los sábados por la mañana, pierdo los apuntes y me los tengo que fotocopiar del compañero, quiero con locura a mi madre y a mi hermana, estoy en contra de la ley del velo, es la primera vez que me escribo con alguien por Internet, la moralidad y el bien me atormentan, cedo siempre mi asiento en el metro aunque me duela en el alma, no sé a que partido votar en las próximas elecciones, a saber Dios dónde estoy en las próximas elecciones y me repatean los curas”.
He elegido al azar unas líneas destacadas de un libro que leí hace poco. “No dejaba nada atrás y la mocedad me exigía desuncirme del yugo y recobrar mi libertad por algunas horas, y nada mejor para ello que el trato con mujeres desconocidas que desparecen al amanecer sin dejar huella”. Se vende un hombre de Ángel María de Lera. Otra palabras al azar. “Para él, el escritor poseía los dos atributos más envidiables a su juicio: el de poder comunicar a sus semejantes lo que pensaba y sentía, y el de ser libre”. Joder, creo que el universo se está cebando conmigo porque esto es mucha casualidad.
Me voy a liar otro cigarrito de la risa. Me gusta “The Libertines”. Vaya, se le ha acabado el gas al mechero. Ahora tendré que rebuscar en los cajones de la cocina. Espero no tener que hacer uso de las hornillas.
También me gusta “Franz Ferdinand”. Encontré un mechero naranja al fondo del cajón de mi mesilla. Sin duda, mi último gran descubrimiento ha sido “The Cure”. No entiendo como este grupo no me había llamado antes la atención. ¿Será porque “Boys don´t cry”?
“A ver, arquitecto, ¿qué es un pájaro?...Y te contesta…pues un pájaro. Las letras pueden llenar hojas sobre los pájaros y perdemos el sentido del vuelo”. Por eso, siempre nos quedará la escritura como último refugio espiritual. Porque hasta las computadoras pueden contener sentimientos.
Esta mañana me volvieron a salir palabras oscuras de dentro. Y las escribí porque para eso tenemos la escritura. “La luz del sol huye de mi ventana, rechaza su invitación a entrar, a iluminar todo lo que hay dentro. ¿Por qué sigue siendo invierno en primavera? ¿Por qué el cielo sigue nublado si no tiene intención de llover? Enciendo las luces de mi habitación, pero su artificial claridad no calienta, no arropa, no cura mi melancolía. Mis ojos están vacíos y huecos, y aún viendo están ciegos.
Pero ahora estoy feliz. He leido y he disfrutado de buenas compañías esta tarde-noche. La música vuelve a tener un estribillo pegadizo.
AUPA!!!
Candelario
Estuve este fin de semana en Candelario con mis padres. Me gusta su tranquilidad, su naturaleza y su añeja belleza. Aquí algunas fotos que hice (que se unen al inumerable número de instantáneas que tengo ya de Candelario).










Quinta foto en EP3

Ya lo había anunciado. No fue el jueves, pero si el viernes. Me hizo especial ilusión que fuera la foto más grande de las publicadas.
AUPA!!!!
Niebla

Imagen encontrada casi sin querer al buscar descanso y aire libre cuando empezaba a despuntar el día. Me gusta la niebla: su meláncolico misticismo, las profundidad que desaparecen, el aire se vuelve pastoso y parece que se puede tocar, el frío se materializa. Es como si el cielo quisiera tocar la tierra, trayéndose consigo las nubes más aventureras.
Cristales rotos

Cuando miraba a través de los cristales de su alma, siempre se cortaba con el filo de los trozos rotos. Tenía su corazón tan saturado de sangre que apenas le latía. Sus ojos estaban embarrados con el polvo de varios veranos de sequía. Sus manos, eternamente torpes y sucias, sólo conocían el lado izquierdo de los moribundos que esperan a que la muerte les libere de su sufrimiento.
Él no creía, pero quería creer.
Nochevieja
La noche era tan rutinaria como otra cualquiera: canciones de ritmos enlatados para poder fingir que bailamos, copas yendo y viniendo para ir alegrando los espíritus dormidos, bocanadas de humos y cigarros encendidos (más canallas e ilegales que nunca), sonrisas en los ojos y felicidad en la boca,… Pero la noche era especial, o al menos así lo imponía el calendario: era 31 de diciembre. Los hombres enchaquetados y el excesivo e ininterrumpido trabajo de los camareros lo delataban.
La fiesta empezó a la 1 de la mañana. Una hora antes casi toda España estaba atenta a una campana y a una docena de uvas. Mi abuela se comió las doce uvas, pero lo hizo con varios minutos de retraso. Su ritmo de vida está ralentizado varios segundos en todos los sentidos. Si además tenemos en cuenta que no le gusta comerse las uvas con sus huesos, es compresible que no pueda comérselas dentro del tiempo reglamentario. Pero comérselas, se las come, y ya lleva muchos años haciéndolo. Como es habitual, ha predicho que ésta será la última Nochevieja que pase con nosotros. Siempre he asimilado sus palabras con sarcasmo e ironía, pero lo cierto es que cada año parece tener más posibilidades de acertar.
El bar del Cotillón era pequeño y desconocido. Estas dos características no eran las más alentadoras a la hora de elegir un local para pasar la Nochevieja, pero su asequible precio (40€) y una de las personas que lo organizaba (un amigo de toda la vida) hicieron que nos decidiéramos por él. A fin de cuentas, es una noche en la que el sitio importa bien poco, siempre y cuando no esté ni abarrotado ni desierto.
“Nikkei”, así se llamaba el bar, no estaba ni una cosa ni la otra. Poco más de 100 invitados y mucho sitio para bailar sin empujones y no tener que iniciar una agria disputa en la barra cada vez que te quieres pedir una copa. Este año nos conseguimos reunir 11 amigos. Un número bastante alto, con apenas un 3 bajas por disconformidad por la elección del local y otra baja por obligaciones laborales. Casi los mismos trajes de chaqueta de años anteriores y alguna que otra corbata nueva, pero, sin lugar a dudas, éramos las mismas monas de siempre.
La noche empezó con los corrientes abrazos, brindis, fotografías y comentarios jocosos sobre nuestras vestimentas de Nochevieja. ¿Por qué no todas las noches comienzan con esa desesperada búsqueda de la felicidad y esa pueril exaltación de la amistad? La respuesta es tan sencilla como manida: para que sepamos apreciar y valorar esos excasos momentos. Me gusta que sea así.
El tiempo corría con la habitual rapidez que marca la felicidad. Es como si sus piernas se agilizarán con el poder de la sonrisa. Al ver que mi reloj marcaba las 4 de la mañana, sabía que tenía derecho a no poder creerlo. ¿Por qué no pasarán tan rápidas las horas cuando te dedicas a pegar cientos de sellos y de etiquetas de dirección en cientos de sobres, donde, además luego tendrás que meter cientos de cartas?
Ya deshinibido y con la lengua caliente, inicié mi primera ruta seria alrededor del bar para saludar a amigos, conocidos y, sobre todo, desconocidas. Me empaché de sonrisas en unos prestablecidos, pero agradables, intercambios de pregunta-respuesta sobre la vida, el pasado, el presente y el futuro. Daba gusto ver a todo el mundo encantado con su existencia. Sin duda, pocas medicinas hay como el alcohol para curar los dolores del alma. El problema es cuando pasan sus efectos. Si los dolores no se han curado del todo, estos volverán y con más virulencia e intensidad.
En mi improvisada ruta me crucé con una chica de rostro dulce. Se llamaba María. Le pregunté a que dedicaba su vida y me dijo que al punto de cruz. Mientras ella me contaba donde había aprendido tan laboriosa profesión, yo le comentaba los secretos para hacer un puzzle. Sonreía ella, sonreía yo. Me gustó estar tanto tiempo con una mujer sin decir nada coherente, sin tener que decir lo convencional, saltándonos las reglas básicas del protocolo y disfrutar de las sonrisas compartidas.
Me mordía los labios esperando el momento de besarla, cuando me llega la noticia de la caída de la noche. Un amigo, que llevaba ya tiempo exhibiendo su borrachera sin ningún tipo de pudor, se había resbalado y se desangraba en el baño. Me separé de ella para llamar por teléfono a una ambulancia. Tuve miedo de perderla, de haber desaprovechado el momento oportuno, de que se fuera con otro.
La telefonista me aconsejó que lleváramos al herido andando. “Pa´lo cerca que está el hospital, os compensa ir andando antes que esperar a la ambulancia. Taponarle la nariz y pa´lante”. Eso hicimos. Bueno, eso hicieron, porque ante el concurrido séquito que estaba dispuesto a acompañar al herido yo decidí continuar con el trabajo que había dejado a medias.
Nos reencontramos y dejamos las palabras bien metiditas en los bolsillos. Hacía tiempo que no besaba a nadie (que no fuera mi niña) con tanto deseo. Me gustaba besarla, juguetear con sus labios, escarbar en lo más profundo de su aliento. Si no nos besamos, nos reíamos. No hacia falta nada más para encontrar la felicidad, que no podía ocultar ante los demás. Varios picos furtivos y muchos abrazos lo certificaron.
Aquellos besos le dejaron la sonrisa cosida en la boca. Todo tenía sentido, todo merecía la pena. Ya no le costaba dar abrazos, y ese tipo ya no era tan inaguantable.
El tiempo se aceleró aún más y nos empezaron a echar del bar. ¿Por qué no pueden ser estas noches infinitas? ¿Por qué el día nos tiene que devolver siempre a la realidad? ¿Por qué es tan difícil pintar el mundo de color gris?
Acompañamos a su amiga a coger un taxi. Estaba triste porque había perdido su abrigo y a cambio le habían dado una bomber de color negro que le llegaba hasta las rodillas. María se comió una farola y le ayudó a olvidarse de su tristeza durante el resto del trayecto. No era para menos, el golpe parecía sacado de un cómic. Yo no pude evitar preguntarle si le dolía con la risa entre los dientes.
Dejamos a la amiga y la invité a intensificar mi intimidad. “Estás flipao” fue su respuesta. Cuánto más pienso esas palabras, más me gustan. Mis expectativas eran lógicas, pero no me importó. La acompañé a casa. Nos despedimos con un último beso.
Se empezaron a besar de noche y sus labios se separaron de día. La claridad del sol pilló a sus ojos por sorpresa, que descansaban tras la plácida oscuridad de sus párpados.
Nos intercambiamos los móviles. Seguramente la llamaré.
Quería compartir su persona. Necesitaba que alguien descorchara su interior y le obligara a sacar todo lo que tenía dentro. Una excusa para escribir, una razón para soñar, unas alas para volar.
Me reunifiqué con los 2 únicos valientes que seguían dando guerra y que, por supuesto, también eran los únicos que no tenían novia. Seguimos bebiendo, seguimos bailando y seguimos riendo. Nada pasó de especial, excepto el perro de presa que tuve que controlar para que no matara a nadie y la preciosa muchacha que bailaba descalza en el bar, y decidí volver a casa a las 12 de la mañana. Mi padre estaba regando unas plantas y mi madre preparando algo en la cocina. Les di los buenos días y me metí en la cama para compartir mis primeros sueños con el 2006.
AUPA!!!
Viaje de reencuentros (V)

Hoy está siendo un día terriblemente melancólico: yo recorriendo las calles de Dublin en la más absoluta de las soledades, el intermitente –pero intenso- recuerdo de ella y lo que he dejado atrás, el cielo encapotado y el ambiente lánguido y triste… Todo está haciendo irremediablemente mella en mi interior. Siento como se me encoge el corazón y una angustiosa tristeza invade todo mi cuerpo. Por suerte, no es constante y la novedad de lo que me voy encontrando a cada paso me ayuda a evadirme de mi interior para concentrarme en todo lo exterior. Es un alivio emocional y hasta consigo que se me escape alguna sonrisa.
El momento de más intensa melancolía ha sido al entrar en el campus de la universidad. Su belleza, su vitalidad, su juventud y, sobre todo, mi nostalgia han hecho brotar de nuevo las lágrimas que estaba amontonando en mi alma. ¡Cómo cambiaría mi presente por su futuro!
No he podido resistir la necesidad de preguntar por cursos de “post-graduated”. No tienen nada para Periodismo, una pena. Ahora me estoy tomando una sopa en su cafetería, empapándome de su vitalidad con la más sana de las envidias.
…
Mi niña me daba seguridad emocional. Esa es la clave de mi angustiosa tristeza. Antes ella siempre estaba allí. Siempre podía recurrir a sus caricias, a sus abrazos, a sus besos,… para huir de mi soledad. La otra noche se materializó en mi cabeza lo que es una realidad desde hace 4 meses. Ella ya nunca más será “mi niña”. Yo buscaba su apoyo emocional, tantas veces recibido sin necesidad de pedirlo, y no lo encontré en su cama. Ella me entregó su cuerpo, pero no su alma.
Yo siempre presumí de no necesitar el amor, de considerarlo un sentimiento complementario, pero no necesario, para alcanzar la felicidad. Creo que siempre estuve equivocado porque antes siempre estuvo ella a mi lado (o fugazmente sustituida por otras chicas). Ella era para mi el amor y, sin darme cuenta, siempre lo tuve conmigo. Ahora ella ya no está ahí, y nunca más lo estará. Y me doy cuenta que quizá si necesite el amor.
Otra foto publicada en EP3

Que puedo decir. Otra vez me enteré de casualidad gracias a mi padre que me avisó al día siguiente. La foto está tomada desde el parque Güell, desde donde hay unas increibles vistas. Al igual que la anterior foto que me publicaron, esta fue tomada en aquel viaje que hice a Barcelona.
Ya nada me sorprende porque este jueves 5 me han comunicado por mail que me van a publicar otra. La foto la tomé en mi último viaje por UK (el "viaje de reencuentros" al que aún le faltan un par de capítulos). La tomé en casa del Paisano y retrata la ventana de una de sus "flatmates".
De aquí a la redacción de El País currando de fotógrafo, no?
AUPA!!!!





