Feliz 2006

Lo dicho. Pronto actualizaré mi blog. Debería contar tantas cosas, pero tengo tan poco tiempo para mí.
PD. Desconocida, no me he olvidado de ti ;)
La última semana del 2005
Pocas cosas he hecho en la última semana del 2005 a parte de currar, pero algunas merecen ser recordadas.
29 horas

Estás son las horas que tuve que trabajar seguidas para cerrar el número de la revista de enero. Desde las 11h del martes hasta las 16h del miércoles. Yo y el ordenador mano a mano para terminar una maquetación que parecía la historia interminable. Miles y miles de detalles que iban apareciendo de la nada, datos que faltaban, fotos que parecían imposibles de encajar, encabezados que pensar y errores que surgían sin parar. Pero, al final, la satisfacción de una obra propia y personal creada con el sudor de la mente (no es un trabajo físico, sino psicológico) y la tranquilidad de disponer de 30 días para acabar el siguiente número.
Eso sí, al día siguiente ya estaba trabajando en la distribución y el mecánico y agotador trabajo de ir metiendo las revistas en sus sobres, con su protocolaria carta y el pegado de sellos y etiquetas con las direcciones. Vamos, que me convertí en una máquina durante unas horas.
El concierto de Bebe

Son las ventajas de trabajar para una revista: da igual que las entradas se agoten a las pocas horas de salir a la venta, los periodista siempre podemos disponer de pases de prensa. Me dieron 2 entradas y mi hermana se vino conmigo.
Me gustaba Bebé a fuerza de escuchar su disco con mi niña en UK. El concierto me sorprendió gratamente, con una puesta en escena muy trabajada y Bebe que, por primera vez en directo ante su gente, se desgañitó emocional y físicamente. Lo mejor: todo. Me sorprendió su versión de “Jesucristo García” (uno de los temazos de Extremoduro) y su show final caricaturizando a una de las hijas de George Bush mientras cantaba “Mi padre tiene una sillita eléctrica”.
Nochebuena

Mi tío Carlos, su mujer, sus hijos y la abuela Damiana se unieron a nosotros para celebrar la clásica cena navideña. Entre preguntas rutinarias, un menú elaborado y las ocurrencias de los primos pequeños disfrutamos de una cena que mi padre fastidió lo justo y necesario. Yo me comporté, y, a pesar de pasarme todo el día dándole candela al buche, mi estado de embriaguez era bastante decente.
Me gusta el día de Nochebuena porque es una excusa para la reunión de todos los amigos. Entre cañas y pinchos disfrute de la conversación, la alegría y la amistad. Nada ocurrió en especial, nada extraordinario, pero todo ya era en sí especial y extraordinario.
Por la noche volví a salir, a pesar de las quejas maternas (“ya no se respeta”), para acabar con un solo amigo y una sola amiga. Nos pasamos la noche en un bar, donde compartí miradas con una atractiva chica. Su diminuta cintura se deslizaba con una poderosa y frenética sexualidad que se iba apoderando poco a poco de mi cabeza. Me acerqué, le pregunté su nombre y un macarra me dijo que la dejara en paz. Buscaba pelea y había encontrado la excusa perfecta. A pesar de la rabia y la impotencia que me recomía por dentro, tuve que renunciar a ella para no darle tal placer. Al final lo acabaron echando del bar, pero demasiado tarde. Luego nos metimos en un tienda de colchones a fumar porros y a que los más golosos jugaran a hacer trabajos manuales de geometría.
La noche se alargó inútilmente por culpa de unas mujeres demasiado cariñosas. En el viaje de vuelta, me comí bordillos y subí aceras, pero llegué vivo a casa. Esperando una llamada, me quedé dormido en el coche. Mi padre me despertó varias horas después, con un justa indignación y perplejidad en su voz. Momento subrrelista, que pasado el mal trago del momento, se recuerda con una amplia sonrisa.
29 horas

Estás son las horas que tuve que trabajar seguidas para cerrar el número de la revista de enero. Desde las 11h del martes hasta las 16h del miércoles. Yo y el ordenador mano a mano para terminar una maquetación que parecía la historia interminable. Miles y miles de detalles que iban apareciendo de la nada, datos que faltaban, fotos que parecían imposibles de encajar, encabezados que pensar y errores que surgían sin parar. Pero, al final, la satisfacción de una obra propia y personal creada con el sudor de la mente (no es un trabajo físico, sino psicológico) y la tranquilidad de disponer de 30 días para acabar el siguiente número.
Eso sí, al día siguiente ya estaba trabajando en la distribución y el mecánico y agotador trabajo de ir metiendo las revistas en sus sobres, con su protocolaria carta y el pegado de sellos y etiquetas con las direcciones. Vamos, que me convertí en una máquina durante unas horas.
El concierto de Bebe

Son las ventajas de trabajar para una revista: da igual que las entradas se agoten a las pocas horas de salir a la venta, los periodista siempre podemos disponer de pases de prensa. Me dieron 2 entradas y mi hermana se vino conmigo.
Me gustaba Bebé a fuerza de escuchar su disco con mi niña en UK. El concierto me sorprendió gratamente, con una puesta en escena muy trabajada y Bebe que, por primera vez en directo ante su gente, se desgañitó emocional y físicamente. Lo mejor: todo. Me sorprendió su versión de “Jesucristo García” (uno de los temazos de Extremoduro) y su show final caricaturizando a una de las hijas de George Bush mientras cantaba “Mi padre tiene una sillita eléctrica”.
Nochebuena

Mi tío Carlos, su mujer, sus hijos y la abuela Damiana se unieron a nosotros para celebrar la clásica cena navideña. Entre preguntas rutinarias, un menú elaborado y las ocurrencias de los primos pequeños disfrutamos de una cena que mi padre fastidió lo justo y necesario. Yo me comporté, y, a pesar de pasarme todo el día dándole candela al buche, mi estado de embriaguez era bastante decente.
Me gusta el día de Nochebuena porque es una excusa para la reunión de todos los amigos. Entre cañas y pinchos disfrute de la conversación, la alegría y la amistad. Nada ocurrió en especial, nada extraordinario, pero todo ya era en sí especial y extraordinario.
Por la noche volví a salir, a pesar de las quejas maternas (“ya no se respeta”), para acabar con un solo amigo y una sola amiga. Nos pasamos la noche en un bar, donde compartí miradas con una atractiva chica. Su diminuta cintura se deslizaba con una poderosa y frenética sexualidad que se iba apoderando poco a poco de mi cabeza. Me acerqué, le pregunté su nombre y un macarra me dijo que la dejara en paz. Buscaba pelea y había encontrado la excusa perfecta. A pesar de la rabia y la impotencia que me recomía por dentro, tuve que renunciar a ella para no darle tal placer. Al final lo acabaron echando del bar, pero demasiado tarde. Luego nos metimos en un tienda de colchones a fumar porros y a que los más golosos jugaran a hacer trabajos manuales de geometría.
La noche se alargó inútilmente por culpa de unas mujeres demasiado cariñosas. En el viaje de vuelta, me comí bordillos y subí aceras, pero llegué vivo a casa. Esperando una llamada, me quedé dormido en el coche. Mi padre me despertó varias horas después, con un justa indignación y perplejidad en su voz. Momento subrrelista, que pasado el mal trago del momento, se recuerda con una amplia sonrisa.
Viaje de reencuentros (IV)
La mala suerte me ha agarrado por los huevos: cámara de fotos estropeada, llego tarde al embarque por 15 minutos (por culpa del conductor no quiso dejarme entrar en el bus en Oxford y el atasco en el centro de Londres), DNI desaparecido, me arrepiento enormemente de haberme acostado con mi niña, no consigo hablar con Jorge (y la cabina se traga 1 pound), he olvidado la tarjeta del banco en Oxford (además del chubasquero y un par de cosas más), tengo un serio amago de resaca, se me han roto las zapatillas,… Me entra el “efecto naúsea” en el aeropuerto de Stansted y me desinflo a llorar en el baño. Me siento sucio, desgraciado, imbécil y desafortunado. ¿Por qué viajaré siempre tan solo? Necesito desahogarme con alguien.
Llamo a mi niña fugazmente y su voz me serena. Bueno, tampoco estuvo tan mal dormir con ella anoche aunque me haya producido tal desbarajuste emocional. Además, todavía queda la mitad del viaje por delante y quién sabe si mi suerte cambiará. Eso sí, éste es un viaje de bajo coste por los cojones.
Chute de trabajo

Llevo trabajando desde las 9 de la mañana y ya son es la 1 de la mañana y aún sigo en oficina. Si descontamos las 3 horas que me he tomado de sobremesa y 2 horas de descansos varios, puedo decir que he trabajado un total de 11 horas (tirando por lo bajo). Todo este chute para luego no hacer gran cosa porque entre redactar, llamar por teléfono, buscar información, hacer fotos y manipularlas, hablar en la radio, maquetar, realizar una entrevista, escanear, hacer pegatinas y pegarlas y poner al día el mail de la oficina parece que no has avanzado nada. Y todavía me quedaré un ratito más para rematar otra página.
Pero hoy estoy contento. Mi primera intervención en la radio no ha estado mal (aunque todavía tengo mucho que mejorar) y me gustan las 10 páginas que he terminado y mejoran con creces lo anterior.
¿Me dará tiempo a cerrar la revista de este mes y no morir en el intento?
AUPA!!!
PD. Hoy hice mi segundo amago de ir a tomarme un café con una camarera que conocí la semana pasada. Quedamos en que yo fuera por su bar cuando quisiera. Me cohibe porque ella juega en casa. Mañana volverá a intentarlo.
PD2. Me encantaría tener alguien a quien llamar por teléfono y contarle mi odisea.
Viaje de reencuentros (III)

Nos quedamos los dos solos. La conversación empezó a transcurrir con súbita fluidez una vez vencida la incómoda timidez de las primeras horas con la ayuda de unos whisky-colas. Nos fuimos a dormir y le pregunté si podía hacerlo con ella. Necesitaba dormir acompañado y abrazado. Demasiada soledad, demasiadas necesidades. Ella estaba borracha y accedió tras una duda razonable.
La situación era extravagante, personal e intransferible, como toda nuestra relación. Ella se reía sin parar, despreocupada y deshinibida; yo me sentía triste, indignado y ridículo. Le pedía abrazos y ella me dio sexo. “Es estúpido dormir juntos y no hacerlo. El cuerpo tiene sus necesidades”. Pero mis necesidades no eran físicas. Ella tenía razón: es más fácil dar sexo que abrazos. Lo primero sólo requiere atracción, es algo mecánico e instintivo, inherente al ser humano. En cambio, para dar abrazos en necesario sentirlos. Me he equivoqué al buscar sentimientos en un pasado ya caducado. Comprobé con crudeza, dándole la espalda a la realidad, que esos sentimientos ya no están y me arrepiento.
…
En un intento desesperado de encontrar su alma bajo el placer del sexo, volví a escarbar debajo de su ombligo. Con uno ya había sido bastante. Unas desafortunadas palabras mías no ayudaron y ella me abandonó definitivamente para esconderse tras sus sueños. Allí, donde hace ya mucho tiempo, dejé de estar yo.
Nueva foto publicada en "EP3"

Hace ya tiempo que me volvieron a publicar un foto en la edición escrita de "EP3". La temática era nueva ("El mundo desde mi ventana") y de nuevo me llevé la sorpresa, aunque esta vez más previsible, de ver que habían elegido la foto que había enviando apenas unas semanas antes. No sé, pero, como dicen mis amigos, creo que les gusta mi estilo.
Esta foto la hice hace un par de años en un viaje que hice a Barcelona con mi niña para ver como se las apañaba por allí nuestra amiga Océano. Ella tenía las llaves de la azotea del edificio y rápidamente me vi obligado a subir para fotografiar sus preciosas vistas de Barcelona. Pero lo que más me llamó la atención fue el pequeño y colorido balcón de uno de sus vecinos. Por cierto, fue un viaje inolvidable.
Fotográficamente estoy en racha y, como ya comenté brevemente en un post anterior, están exhibiendo 3 fotos mías que hice durante un maratón fotográfico en Badajoz. También creí llevarme un premio, ya que mi nombre aparecía en los periódicos, pero me habían adjudicado una foto que no había hecho yo. El verdadero ganador tenía mis mismos apellidos, pero se llamaba Gabriel. Casualidad de la vida.
AUPA!!!
Viaje de reencuentros (II)

Ya crucé el Canal de la Mancha en un avión de bajo coste "Ryanair" y estoy esperando que un bus de "Terravisión" me lleve a Londres. Apenas he pisado UK y ya me he reencontrado con muchos detalles de su genuina personalidad: la moqueta, los establecimientos sin personalidad, los "por seguridad no olvide llevar siempre consigo las maletas", las miradas frías y los rostros apáticos,... He llegado a mi segunda etapa del viaje donde me esperan mi querido Paisano e, inesperadamente, mi hermana.
Salamanca se resumió en 2 palabras: galvana y ciegazo. Nada más llegar al piso, y tras recordar el nombre de la calle Volta, Tinto y yo nos contamos un poco la vida, mientras "tuneábamos" cigarros y comprobábamos lo mala que es la televisión los sábados por la tarde. Hacía mucho tiempo que no fumaba, no por gusto sino por falta de tiempo, y sus efectos no tardaron en hacer mella en mi cabeza.
Un par de horas después salí a dar una vuelta para comprar regalitos a mis amigos "inmigrantes" y rápidamente me despejé con la actividad física y el frío salmantino. Las calles Toro y Zamora estaban rebosantes de gente, signo inequívoco de que era sábado por la tarde. Cómo me gusta empaparme de la saturación vital del centro de una ciudad y, él de Salamanca, tiene algo especial. Será por sus calles anchas y peatonales, será por su agirrada mezcla de vejez y juventud, será por su monótona y parda belleza,... o será simplemente porque siempre acabas pasando por la Plaza Mayor. La cuestión es que, como siempre, apenas tuve tiempo para elegir y acabé comprando unos embutidos envasados al vacío, unas pipas, tomate frito, una botella de aceite y unas velitas (para Dalila, la francesa de origen tunecino con la que compartí piso en Oxford). Vamos, unos regalos principalmente gastronómicos.
También compré una botella de vino para la cena que tenía prevista con mis "Niñas" que acabé bebiendo con Tinto y un festival de pasta al más puro estilo universitario. A mis "Niñas" se les olvidó mi visita y cenaron un kebab sin contar conmigo. Si no les llegó a mandar un mensaje de "oye, ¿qué pasa?" ni siquiera hubieran dado señales de vida. Indignante, pero ellas son así. Además, llegué incluso a agradecerlo dado mi alto estado de amodorramiento. Un detalle que desagradablemente aumenta mi temporal (al menos, eso espero) estado de crisis sobre la amistad.
El resto de la noche naufraga en mi memoria. Pequeño e intimo botellón en casa con Rana y Tinto en el que acabé dando cabezadas por el ciego y el cansancio. Pero había que salir, así que me enjuagué la cara un par de veces, me puse las lentillas y a vivir que son dos días. Las copas en el Tum Tum hicieron de plomo mis párpados y mis ojos se cerraron, pero el reencuentro con el Pippers me devolvió a la vida. Del resto no me acuerdo.
Tinto me aconsejó que no me durmiera, que para 1 hora era mejor mantenerse despierto y no arriesgarse a perder el autobús. Tenía toda la razón de una madre, pero yo, hijo cabezón y arrogante, no le hice caso. Me desperté dos horas antes de que saliera mi avión del aeropuerto de Valladolid. Sólo quedaba una opción que iba a hacer mucho daño a mi bolsillo: coger un taxi.
-¿Cuánto cuesta ir desde aquí (Salamanca) a Valladolid?-
-100€.
-¿¡Cómo?!
Al final le di pena a un taxista y me lo dejó por 80€. Qué majo y amable, pensé. Todo lo contrario porque cuando le comenté que mi destino era concretamente el aeropuerto me dijo que entonces había que sumarle otros 20€ al viaje. ¿Pero cómo? Si apenas son 5km más de trayecto. A pesar de todo, intente caerle bien durante todo el viaje y darle conversación (con resaca y mucho sueño acumulado). "Mira qué curioso, tenemos el mismo modelo de móvil. ¿Desde cuándo lo tiene?" "Me lo regaló mi mujer" "¿A sí?,¿y por qué?" "¿De dónde es usted?" "¿Cuánto tiempo lleva trabajando de taxista?" "Pues sabe que yo veraneo en un pueblo al lado del suyo".
Pero, nada. Todo mis esfuerzos fueron inútiles. "Lo siento, chaval, pero cobrandote 100€ por este viaje ya estoy perdiendo dinero". ¿Pero cómo va a perder dinero cuando va a ganar lo que yo gano trabajando casi una semana por una hora de ida y otra hora de vuelta conduciendo? Le llamé tacaño, hijo de puta y todo lo rastrero que me salió del cuerpo con un portazo de exclamación cuando salí del coche. Pero, bueno, ya estaba en el aeropuerto y el viaje no acababa más que empezar.
Viaje de reencuentros (I)

Ha comenzado mi viaje de reencuentros con las ciudades que tanto han marcado mi vida. Un "trip" en el que recorreré las diferentes etapas que han desarrollado más intensamente mi experiencia vital. No es un viaje nostálgico porque los recuerdos son recientes. Ciudades, rincones y gentes (los que aún resisten al avance imparable del tiempo) que han significado tanto para mí.
Tras un largo viaje drásticamente acortado por un sueño solamente interrumpido fugazmente por las estaciones de autobús, ya estoy en mi primera etapa: Salamanca. El reencuentro con esta ciudad, a pesar de ser bastante habitual, siempre inunda mi corazón de un regustito dulzón, azucarado, feliz. Tengo la suerte de volver a Salamanca con bastante asiduidad y siempre es especial. En sus calles, inmerso en su anatomía urbanística, he vivido los mejores años de vida. Por tanto no es extraño ese cúmulo de sensaciones que siento nada más poner un pie en su estación de autobuses.
Mis primeros instantes en Salamanca me producen un profundo embobamiento. Me sumerjo en antiguos recuerdos y sensaciones, mientras mis ojos observan todo frenéticamente, buscando y encontrando imágenes tan familiares como emotivas. Es como cuando ojeas un viejo comic cuyas viñetas, una y mil veces vistas, ya conoces de sobra, pero nunca dejan de entusiasmarte. Hoy no ha sido diferente y, mientras me perdía recorriendo con mi mirada las estrechas y verticales calles de la Plaza del Oeste, me he chocado con un anciano. El encontronazo ha tenido lugar al cruzarnos en una esquina. Ha sido un momento entrañable con esos perdones recíprocos que se intercambian con una sonrisa.
¡Cuánto me angustia mi mala memoria! Acabó de pasar por una de las calles que más ha marcado mi vida y no consigo recordar su nombre. Allí estuvo el piso de mi niña durante dos años y durante uno yo y dos amigos fuimos sus vecinos. ¡Cómo no puedo recordar el nombre de una calle en la que he tanto he vivido y tantas veces he nombrado y escuchado! Ahora que ya he terminado el té con leche que estoy tomando en "El Macondo" pasaré por ella para acabar con esta angustia que me produce mi mala cabeza. Y luego a mi antiguo piso de Crespo Rascón para dejar la mochila y dar un abrazo al Tinto.
Mis últimas experiencias y sensaciones (en una sola frase)
Y una vez más viernes, y una vez más en la biblioteca y una vez más con esa sensación que te hace dar gracias a la inercia por hacer que te levantes.
Cada día me repugna más mi jefe y me agrada más mi compañera de trabajo.
El ficticio premio en el Maratón Fotográfico, las 3 fotos en exposición y de nuevo “EP3” se fijó en mí.
La satisfacción del trabajo hecho tras mucho agotamiento, esfuerzo y estrés.
El angustioso contacto con una muerte que acecha y que, afortunadamente, solo provocó lágrimas fugaces.
La profunda tristeza por la desgracia de aquel que tanto admiro de corazón.
¿Trabajar para vivir o vivir para trabajar?
Los huevos fritos con patatas y pechuga en Elvas con el artista y endulzados con el “Viva Espanha” de unas muchachas portuguesas.
Una amistad puesta en entredicho y otra que se remite a los hechos.
¿Puedo seguir volando o ya estoy enjaulado?
“Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos todos, cumpleaños feliz”.
“Extremeñeando” con el agua al cuello y noches sin dormir.
El choque frontal, y doloroso, entre el pasado, el presente y el futuro.
Mi abuela.
AUPA!!
PD. Me voy a UK a pasar una semana de vacaciones. Me muero de ganas de volver a pisar esa isla donde he pasado tan buenos momentos!!!





