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y después están los archivos de cada mes....
los textos no necesariamente fueron dibujados en la fecha que figura de publicado, es sólo el sistema este que hace eso...
 
ETERREÁGONIS (en La Tierra de la Agonía Perpetua) I - 1
Capítulo I
Parte 1

Quizás ahora sí, como redención o –mejor- como una forma de expulsar culpas. Ahora sí, estuvo repetidamente a punta de lengua esta historia –en mejores formas, vale decirlo, en plumas mejor entintadas- pero no se quiso, y este parece ser el momento en que se (me) decide salirse, y aquí va, entonces, pues. En algún fogón ensayé algunos versos, eran otros tiempos (hace poco pero otros... ya entenderán), y luego tuve que finalizar el relato abruptamente porque el fuego parecía apagarse o cambiaba de color, y no es buen lugar para quedarse a oscuras esos sitios donde nos gustan hacer fogones. En fin, es tan poco el tiempo pero abruma mucho, parece ayer cuando esto comenzó a comenzarse, y fue ayer nomás, o anteayer, que al caso vale lo mismo, porque los días dejaron de contarse desde entonces...

Era feriado, con el Carlos nos habíamos aprontado para ir a pescar. Dos o tres veces había ido yo a pescar, con mi abuelo y mi padre cuando chico, y después ya no. El Gordo Carlos, que seguía viviendo terco cerca del río venía de familia de pescadores y sí, conocía al río y el río lo conocía a él. Detuvo su auto frente a mi casa sin apagar el motor, un beso a la bruja, un saludo a los gurises, y salimos rápido confirmando que estuvieran las lombrices y el vino. Hasta ahí es claro el recuerdo, luego todo parece como en un sueño, sin un hilo conductor, cosas que suceden aquí y allá, y todo eso que ya sabemos que pasa en los sueños, así como surrealista que le dicen, ¿no?.

No pronosticaba nada fuera de lo normal para esa altura del año la televisión, aunque pocas veces a pronosticado alguna noticia improbable. Y ahí estábamos, río adentro, haciendo como que pescábamos porque en realidad hablábamos más que los peces que se acercaban al bote, y hablábamos de nada y de todo al mismo tiempo, tampoco había un hilo conductor en nuestra conversación, o por lo menos no un hilo demasiado grueso. Algo pasó pero no nos dimos cuenta, el Gordo recordaba después que había visto saltar un pez raro en el agua, yo no y quizás él tampoco y sólo era su imaginación tratando de darle algún guión para que no fuera sólo yo el narrador. La cosa es que como un metal le cayó a Carlos en la cabeza y lo desmayó, y rebotó al agua el objeto y se hundió. Carlos se desplomó sobre la conservadora de telgopor y la aplastó derramando el vino. “¡Qué mierda...!?”, me fui sobre él mirando al cielo, no había nada allá arriba, “Carlos!”, estaba totalmente inconsciente, como muerto, no reaccionaba a nada, quise darlo vuelta, acostarlo boca arriba y el bote tambaleó. Pero no era por su peso o el movimiento dentro, era afuera la cosa, en el río, bajo el agua. “La puta madre...”, apenas me salió decir asombrado y como pidiendo auxilio también, el río se levantaba, ahí, al lado nuestro, como una ola, como una pared, como... no se cómo, el río se levantaba, el bote se estaba por dar vuelta y el Gordo ahí desmayado y “la puta madre!”, de nuevo, ahora pidiendo auxilio, sí, y ordenándole al Gordo que se levante y más asustado que asombrado. El bote se nos da vuelta, apenas puedo escupir un poco del agua que tragué cuando ya no veo nada, sólo agua por todos lados, ni Carlos ni el bote ni la orilla ni el cielo, sólo agua, entonces intento nadar hacia algún lado en cualquier dirección, un par de brazadas desesperadas y de repente todo se calma y me encuentro cerca de la orilla, el bote tumbado flotando por ahí y las cañas de pescar y la conservadora naufragando, y me parece que Carlos allá, en la orilla, pero ya es de noche.

En la ciudad se había cortado la luz, la gente estaba en las calles, agitada, y lloviznaba, esa llovizna que luego se nos haría natural. Los gurises lloraban y Marta, la bruja, tenía una expresión desencajada.

-- Fue un ruido horrible ¿qué pasó?
-- ¿Los gurises?...
-- Se asustaron, decime Martín ¿qué pasó?
-- No se, no se!, Carlos está en el auto, está desmayado el Gordo y... vamos!...
-- ¿A dónde, Martín?... ¿Qué te pasó? ¿Qué es eso?
-- ¿Dónde, qué?!

No sabíamos, ni yo ni ella, lo que estábamos haciendo, mucho menos lo que estaba sucediendo. Marta intentaba tranquilizar a Cristian y Adela, y yo juntaba cosas en un bolso: algunas ropas, nuestras y de los gurises, velas, fósforos, una cuerda, un cuaderno que teníamos por las dudas, por si había que anotar algo, un par de lapiceras, creo que una roja y otra azul, los documentos, plata que guardábamos en el cajón de las medias, el costurerito de Marta también puse en el bolso, agarré unas latas de picadillo y algo de pan que había quedado, un cuchillo y otras cosas más. No se para qué, ahora me miro en aquella escena y me veo actuando como un diestro boy scout, pero sólo había visto algunas películas en “Sábados de Super Acción” y nada más. Ahora veo también, que fue todo en vano, si hubiera sabido lo que estaba pasando o lo que se venía...

“¿Qué te pasó? ¿Qué es eso?”, me dijo alejándose. Su cara se transformó y le tapó los ojos a Elita en sus brazos –la llamábamos así por Cristian, tenía cuatro años cuando nació su hermana y le resultaba difícil “Adelita”, siempre a los chicos las cosas más simples les resulta difícil. “Martín, por Dios!. En tu hombro” Y lo toqué y lo sentí y me empezó a doler, como una sanguijuela de treinta centímetros en mi espalda cerca del hombro (Un shupange, se llamaría. ¿Desde cuándo estaba allí, alimentándose de mi sangre?). “Agh, la reput...!”, lo quise desprender y sentí que se aferraba más clavándome algo, y no recuerdo nada más. No se si me desmayé o qué, no se.

Me falta el aire otra vez, agua en mis pulmones otra vez, abro los ojos y el agua nos está tapando. Marta conduce, el Gordo sigue desvanecido en el asiento del acompañante, atrás junto a mí Cristian intenta callar los llantos de Adela. Y el agua que ingresa al auto. “Martín ¿qué hacemos?”. Una imagen que no imaginé nunca: el agua mojaba toda la ciudad a una altura de cincuenta centímetros, los árboles parecían en otoño, era de noche pero no estaba oscuro, los faroles de la calle rotos y las casas deshabitadas, abiertas y rotas las puertas y las ventanas como si en muchos años nadie hubiera vivido en esta ciudad, las paredes, todas las paredes resquebrajadas, una brisa como en remolino de a ratos y la llovizna constante. La gente en la calle caminando con los pantalones arremangados, algunos subidos a los árboles desnudos, asustados en los techos de las casas, otros en botes cargados de muebles escapando, y un murmullo aturdidor. Una imagen que no imaginé nunca, y sin embargo me parecía tan familiar. Me duele la cabeza y no se qué hacer, ¿qué estaba pasando?. Hace apenas unos instantes –creo recordar- estábamos pescando y ahora... pero ¿porqué es de noche?.

(continúa: parte 2...)
 
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