Nuestra gran casa en ruinas: Expaña
Estos últimos días venimos asistiendo a un cruce de declaraciones entre el PP y el PSOE en el tema de la vivienda. Unos "copiando" planes anteriores otros procurando buscar soluciones junto con los profesionales del sector.
Pero mientras esto ocurre, la casa de todos nosotros, España se viene abajo. Llevamos tiempo escuchando que la nación se rompe y aunque nos resistimos a creerlo, cada día tenemos más muestra de ello a nuestro alrededor.
Días tras día los símbolos y leyes de España son vejadas, el primer español, Su Majestad el Rey, sufre una campaña de acoso y derribo como nunca se ha visto en un estado monárquico. Mientras tanto nuestro Gobierno, ¿qué hace?. NADA.
Al menos deberíamos empezar a reconocer que España se está estirando demasiado y si seguimos por este camino la ruptura no será una posibilida, tristemente será una realidad, que no tendrá arreglo.
Pero mientras esto ocurre, la casa de todos nosotros, España se viene abajo. Llevamos tiempo escuchando que la nación se rompe y aunque nos resistimos a creerlo, cada día tenemos más muestra de ello a nuestro alrededor.
Días tras día los símbolos y leyes de España son vejadas, el primer español, Su Majestad el Rey, sufre una campaña de acoso y derribo como nunca se ha visto en un estado monárquico. Mientras tanto nuestro Gobierno, ¿qué hace?. NADA.
Al menos deberíamos empezar a reconocer que España se está estirando demasiado y si seguimos por este camino la ruptura no será una posibilida, tristemente será una realidad, que no tendrá arreglo.
El futuro de nuestro país
No hace mucho mandé una carta a los medios de comunicación bajo este título.
En el mes de julio se publicaron los índices de fracaso escolar, colocándonos en los primeros puestos de este triste ranking europeo.
Las sucesivas reformas educativas que se han realizado en España no han servido más que para paralizar la formación de nuestros jóvenes, de los que depende el futuro de nuestro país, no solamente en el ámbito económico sino también en el social.
Hemos empezado el curso académico con el anuncio de una nueva rebaja en las exigencias al alumnado y esto no puede seguir así.
Es necesario que se haga una reforma educativa en la que se premie el esfuerzo y superación del alumno, solamente de este modo conseguiremos mejorar en los años venideros los índices de productividad y los económicos de nuestra sociedad.
Pero mucho más importante que esta reforma educativa, es necesario un consenso entre los grande partidos de nuestro país, para que la política educativa no sea moneda de cambio y se mantenga siempre en un mismo rumbo, con las modificaciones necesarias para avanzar con los tiempos.
En el mes de julio se publicaron los índices de fracaso escolar, colocándonos en los primeros puestos de este triste ranking europeo.
Las sucesivas reformas educativas que se han realizado en España no han servido más que para paralizar la formación de nuestros jóvenes, de los que depende el futuro de nuestro país, no solamente en el ámbito económico sino también en el social.
Hemos empezado el curso académico con el anuncio de una nueva rebaja en las exigencias al alumnado y esto no puede seguir así.
Es necesario que se haga una reforma educativa en la que se premie el esfuerzo y superación del alumno, solamente de este modo conseguiremos mejorar en los años venideros los índices de productividad y los económicos de nuestra sociedad.
Pero mucho más importante que esta reforma educativa, es necesario un consenso entre los grande partidos de nuestro país, para que la política educativa no sea moneda de cambio y se mantenga siempre en un mismo rumbo, con las modificaciones necesarias para avanzar con los tiempos.
Una mujer de Lizarza
POR JUAN MANUEL DE PRADA
LA Antigüedad es pródiga en ejemplos de mujeres que mantuvieron incólume su valor cuando ya los hombres habían claudicado, cuando ya se habían resignado a la derrota, cuando ya las huestes enemigas invadían la ciudad sitiada. Mujeres erguidas como acantilados en medio de las ruinas, invulnerables a las llamas que calcinan el solar de sus padres, impasibles ante la ferocidad de los invasores que pasan a su lado, expoliando cuanto se tropiezan, arrasando los templos de una religión ancestral, como ángeles de muerte embriagados por el olor a la sangre. Mujeres que guarecen en su regazo a sus hijos, o a los cadáveres de sus hijos, mientras a su derredor se enseñorea la barbarie, sin derramar una sola lágrima, tal vez porque ya no les quedan lágrimas que derramar, tal vez porque no quieren conceder al enemigo la satisfacción de su llanto, dispuestas antes a perecer bajo los cascos de sus caballos que a inclinarse en señal de acatamiento. Mujeres numantinas erigidas en símbolo del más noble anhelo del hombre, alegorías de una libertad asediada, expuesta al vituperio y la profanación. Mujeres que nos recuerdan nuestro deber de hombres, que mantienen encendida una antorcha en la hora en que las tinieblas se extienden sobre el mundo.
En Lizarza una mujer heroica mantiene encendida esa antorcha. La televisión me acaba de mostrar su estampa limpia y enaltecedora, estampa de guerrera o de santa, caminando sin titubeos hacia la iglesia de su pueblo, en la clara mañana del domingo, mientras a su paso una jauría infrahumana la increpa y amenaza, como antaño se hacía con las adúlteras antes de la lapidación. ¿Qué delito horrendo ha cometido esa mujer que se dispone a participar de la misa, a poner en paz su corazón con Dios, a impetrarle la fuerza necesaria para seguir resistiendo ante el aullido de los chacales? Esa mujer tan sólo aspira a mantener el imperio de ley allá donde otros menos valerosos que ella han renunciado a hacerlo, tan sólo desea que sus hijos y los hijos de sus paisanos puedan seguir respirando un aire preservado de los miasmas del crimen, un aire erguido frente a quienes desean vernos cabizbajos, arrodillados, rendidos, abyectamente postrados en el fango. Esa mujer tan sólo se esfuerza por hacer ondear una bandera que representa la supremacía de unos valores, la supervivencia de una sociedad que se resiste a ponerse de hinojos. En esa mujer de Lizarza se encarna nuestra propia supervivencia, se encarna el último rescoldo de dignidad que late en nuestro pecho, apenas una llama exangüe que, sin embargo, a la vista de tan alto ejemplo, se convierte en un vasto incendio, el incendio de la libertad, dispuesto a reavivarse siempre frente a quienes pugnan por sofocarlo.
Sólo en un tiempo sórdido, tiempo de ofensa e ignominia, una mujer que se limita a cumplir y hacer cumplir la ley puede convertirse en emblema de heroicidad. Imagino a esa mujer en la penumbra de la iglesia de Lizarza, como a Jesús en Getsemaní, rogando a Dios que le aparte el doloroso cáliz que se le tiende; la imagino sudando sangre, después de haber sufrido las increpaciones y los denuestos de los chacales, preguntándose por qué le ha tocado a ella una misión tan aflictiva; la imagino oprimida por el miedo, porque esa mujer de Lizarza está fabricada con el mismo barro que todos nosotros, un barro que tiembla y se agrieta como el nuestro, un barro que gustosamente cedería a la tentación del desmoronamiento, a cambio de unas migajas de paz, a cambio de poder pasear tranquilamente por las calles de su pueblo, a cambio de no escuchar en medio de la noche el aullido de los chacales rodeando la casa de sus ancestros. Pero, en la mismidad de ese barro, en su meollo más íntimo y verdadero, esa mujer de Lizarza esconde un espíritu templado en las fraguas del coraje que resplandece como un metal invicto, un raro metal que no se dobla ni se malea ni se funde, que soporta los golpes y anima el frágil barro del que está fabricada. Esa mujer de Lizarza, su bendita alcaldesa, muere un poco cada día por cada uno de nosotros, y a cada uno de nosotros nos salva en un tiempo de ofensa e ignominia. Hoy lloro por ella y por ella no siento vergüenza de ser español, por ella siento el orgullo de ser hombre.
Fuente: ABC.es
LA Antigüedad es pródiga en ejemplos de mujeres que mantuvieron incólume su valor cuando ya los hombres habían claudicado, cuando ya se habían resignado a la derrota, cuando ya las huestes enemigas invadían la ciudad sitiada. Mujeres erguidas como acantilados en medio de las ruinas, invulnerables a las llamas que calcinan el solar de sus padres, impasibles ante la ferocidad de los invasores que pasan a su lado, expoliando cuanto se tropiezan, arrasando los templos de una religión ancestral, como ángeles de muerte embriagados por el olor a la sangre. Mujeres que guarecen en su regazo a sus hijos, o a los cadáveres de sus hijos, mientras a su derredor se enseñorea la barbarie, sin derramar una sola lágrima, tal vez porque ya no les quedan lágrimas que derramar, tal vez porque no quieren conceder al enemigo la satisfacción de su llanto, dispuestas antes a perecer bajo los cascos de sus caballos que a inclinarse en señal de acatamiento. Mujeres numantinas erigidas en símbolo del más noble anhelo del hombre, alegorías de una libertad asediada, expuesta al vituperio y la profanación. Mujeres que nos recuerdan nuestro deber de hombres, que mantienen encendida una antorcha en la hora en que las tinieblas se extienden sobre el mundo.
En Lizarza una mujer heroica mantiene encendida esa antorcha. La televisión me acaba de mostrar su estampa limpia y enaltecedora, estampa de guerrera o de santa, caminando sin titubeos hacia la iglesia de su pueblo, en la clara mañana del domingo, mientras a su paso una jauría infrahumana la increpa y amenaza, como antaño se hacía con las adúlteras antes de la lapidación. ¿Qué delito horrendo ha cometido esa mujer que se dispone a participar de la misa, a poner en paz su corazón con Dios, a impetrarle la fuerza necesaria para seguir resistiendo ante el aullido de los chacales? Esa mujer tan sólo aspira a mantener el imperio de ley allá donde otros menos valerosos que ella han renunciado a hacerlo, tan sólo desea que sus hijos y los hijos de sus paisanos puedan seguir respirando un aire preservado de los miasmas del crimen, un aire erguido frente a quienes desean vernos cabizbajos, arrodillados, rendidos, abyectamente postrados en el fango. Esa mujer tan sólo se esfuerza por hacer ondear una bandera que representa la supremacía de unos valores, la supervivencia de una sociedad que se resiste a ponerse de hinojos. En esa mujer de Lizarza se encarna nuestra propia supervivencia, se encarna el último rescoldo de dignidad que late en nuestro pecho, apenas una llama exangüe que, sin embargo, a la vista de tan alto ejemplo, se convierte en un vasto incendio, el incendio de la libertad, dispuesto a reavivarse siempre frente a quienes pugnan por sofocarlo.
Sólo en un tiempo sórdido, tiempo de ofensa e ignominia, una mujer que se limita a cumplir y hacer cumplir la ley puede convertirse en emblema de heroicidad. Imagino a esa mujer en la penumbra de la iglesia de Lizarza, como a Jesús en Getsemaní, rogando a Dios que le aparte el doloroso cáliz que se le tiende; la imagino sudando sangre, después de haber sufrido las increpaciones y los denuestos de los chacales, preguntándose por qué le ha tocado a ella una misión tan aflictiva; la imagino oprimida por el miedo, porque esa mujer de Lizarza está fabricada con el mismo barro que todos nosotros, un barro que tiembla y se agrieta como el nuestro, un barro que gustosamente cedería a la tentación del desmoronamiento, a cambio de unas migajas de paz, a cambio de poder pasear tranquilamente por las calles de su pueblo, a cambio de no escuchar en medio de la noche el aullido de los chacales rodeando la casa de sus ancestros. Pero, en la mismidad de ese barro, en su meollo más íntimo y verdadero, esa mujer de Lizarza esconde un espíritu templado en las fraguas del coraje que resplandece como un metal invicto, un raro metal que no se dobla ni se malea ni se funde, que soporta los golpes y anima el frágil barro del que está fabricada. Esa mujer de Lizarza, su bendita alcaldesa, muere un poco cada día por cada uno de nosotros, y a cada uno de nosotros nos salva en un tiempo de ofensa e ignominia. Hoy lloro por ella y por ella no siento vergüenza de ser español, por ella siento el orgullo de ser hombre.
Fuente: ABC.es
La Sanidad Pública y su Ministro
Este fin de semana hemos podido leer en el Mundo una entrevista con el nuevo y flamante Ministro de Sanidad, Dr. Bernat Soria.
En algunas preguntas hace guiños a la industria farmaceutica, en otras mete caña al PP y en el resto hace política. De gestión y mejoras de la sanidad pública ni una palabra.
Aunque no le quede mucho tiempo en esta legislatura para hacer cosas, es realmente triste pensar que uno de los ministerios que más cariz de gestión tiene para los ciudadanos, su titular se dedique a hacar política desde el despacho.
Para él las derechas hacen una sanidad para los ricos, mientras que las izquierdas la hacen para todos. Creo que en este caso se va a equivocar, con su forma de "gestionar" la sanidad pública no será ni para ricos ni para pobres, ya que no le quedará nada que gestionar por no haber acometido las necesarias reformas y haber perdido el tiempo en declaraciones a la galería, para ayudar a su jefe de filas ZP en la carrera a las elecciones.
En algunas preguntas hace guiños a la industria farmaceutica, en otras mete caña al PP y en el resto hace política. De gestión y mejoras de la sanidad pública ni una palabra.
Aunque no le quede mucho tiempo en esta legislatura para hacer cosas, es realmente triste pensar que uno de los ministerios que más cariz de gestión tiene para los ciudadanos, su titular se dedique a hacar política desde el despacho.
Para él las derechas hacen una sanidad para los ricos, mientras que las izquierdas la hacen para todos. Creo que en este caso se va a equivocar, con su forma de "gestionar" la sanidad pública no será ni para ricos ni para pobres, ya que no le quedará nada que gestionar por no haber acometido las necesarias reformas y haber perdido el tiempo en declaraciones a la galería, para ayudar a su jefe de filas ZP en la carrera a las elecciones.
La muchedumbre
POR MÓNICA FERNÁNDEZ-ACEYTUNO
La cita que se me viene al pensamiento estos días, es de Unamuno: «Los ídolos de las muchedumbres son pronto derribados por ellas mismas, y su estatua se deshace al pie del pedestal sin que la mire nadie».
Se habla de la pérdida de biodiversidad de las especies, pero más dramático es que nuestra especie se haya vuelto tan homogénea y sea, cada vez más, muchedumbre, lo cual nos devuelve al estado más primigenio de la vida en el que los procariontes, que eran seres unicelulares, todos iguales, se unían en conglomerados. Si bien esta homogenización nos ha hecho poderosos, también más frágiles, porque ya no somos un bosque variado sino un monocultivo en el que basta que entre un gorgojo para que todo el bosque se pierda a mayor velocidad que si fuéramos diversos.
La muchedumbre, además, es manejable, y tiende a ir toda hacia el mismo sitio. No se rige por el pensamiento individual, sino por el instinto colectivo. Le basta un gesto, una sonrisa, una frase, para tomar decisiones importantísimas. Hasta que llega la adversidad, y entonces la muchedumbre piensa porque aparece la personalidad de cada uno, que asoma como si bajara la marea. Y viene la bajamar.
Acabamos de atravesar este verano la línea del vivir sin pensar, a empezar a pensar cómo vivir. A partir de ahora las muchedumbres ya no querrán tener ídolos, que serán «pronto derribados por ellas mismas», sino dirigentes preparados. Es la hora del más capaz porque, cuando la muchedumbre echa mano para acabar el mes de las monedas del frasco de la cocina, la muchedumbre ya no quiere circo, sino pan.
Y el pan se está poniendo por las nubes. Pero ése, es otro artículo.
La cita que se me viene al pensamiento estos días, es de Unamuno: «Los ídolos de las muchedumbres son pronto derribados por ellas mismas, y su estatua se deshace al pie del pedestal sin que la mire nadie».
Se habla de la pérdida de biodiversidad de las especies, pero más dramático es que nuestra especie se haya vuelto tan homogénea y sea, cada vez más, muchedumbre, lo cual nos devuelve al estado más primigenio de la vida en el que los procariontes, que eran seres unicelulares, todos iguales, se unían en conglomerados. Si bien esta homogenización nos ha hecho poderosos, también más frágiles, porque ya no somos un bosque variado sino un monocultivo en el que basta que entre un gorgojo para que todo el bosque se pierda a mayor velocidad que si fuéramos diversos.
La muchedumbre, además, es manejable, y tiende a ir toda hacia el mismo sitio. No se rige por el pensamiento individual, sino por el instinto colectivo. Le basta un gesto, una sonrisa, una frase, para tomar decisiones importantísimas. Hasta que llega la adversidad, y entonces la muchedumbre piensa porque aparece la personalidad de cada uno, que asoma como si bajara la marea. Y viene la bajamar.
Acabamos de atravesar este verano la línea del vivir sin pensar, a empezar a pensar cómo vivir. A partir de ahora las muchedumbres ya no querrán tener ídolos, que serán «pronto derribados por ellas mismas», sino dirigentes preparados. Es la hora del más capaz porque, cuando la muchedumbre echa mano para acabar el mes de las monedas del frasco de la cocina, la muchedumbre ya no quiere circo, sino pan.
Y el pan se está poniendo por las nubes. Pero ése, es otro artículo.