Memoria de mis putas tristes
El día de su noventa cumpleaños, un anciano periodista decide regalarse una noche con una adolescente virgen. Sin embargo, a pesar de lo alocado que pueda resultar en un principio (él con noventa años y ella tan sólo con catorce), lo que sucede esa noche—y las que le siguen—es muy opuesto a todo lo que el lector pueda imaginarse a priori. Lo que ocurre deja al lector boquiabierto, desconcertado y, sobre todo, inquieto por la incertidumbre de lo que sucederá después.

Fotografía: Portada de un ejemplar de Memoria de mis putas tristes
Fuente: search.barnesandnoble.com
“Dicho en romance crudo, soy un cabo de raza sin méritos ni brillo, que no tendría nada que legar a sus sobrevivientes de no haber sido por los hechos que me dispongo a referir como pueda en esta memoria de mi grande amor.”
El anciano es un hombre solitario que ha dedicado su vida a leer, a escuchar música y a escribir para el "Diario La Paz". No llegó a casarse y, para mitigar su soledad, había recurrido al popular prostíbulo de Rosa Cabarcas. No obstante, el amor que acabará sintiendo por Delgadina, la adolescente de catorce años, cambiará su vida y su modo de verla por completo.
Llama a Rosa Cabarcas, le hace el encargo y, cuando por la noche llega al burdel, la niña está dormida. La observa, se recuesta a su lado, le acaricia, y le habla. Sin despertarla. Asombrada, Rosa Cabarcas le pregunta que qué es lo que ha sucedido. Él evita dar explicaciones y le pide que le consiga a la chica para otra noche. Pero vuelve a suceder lo mismo. El lector descubre, con asombro, que tras el viejo promiscuo y frío de la fachada, se esconde un hombre sentimental e ingenuo dispuesto a obedecer a su corazón a cualquier precio.
“Yo navegaba en el amor de Delgadina con una intensidad y una dicha que nunca conocí en mi vida anterior. Gracias a ella me enfrenté por vez primera con mi ser natural mientras transcurrían mis noventa años.”
Se enamora de ella. Apenas la conoce. De hecho, no la conoce despierta. Pero no necesita más. Se siente con más ganas de vivir que nunca. Decide acomodar la habitación del prostíbulo como si fuese su hogar. Cuelga cuadros, coloca un ventilador y la convierte en un lugar agradable para ambos. Duermen juntos y, mientras, él le canta, le habla y le lee obras como El principito, de Saint-Exupéry, los Cuentos, de Perrault, la Historia Sagrada y Las mil y una noches.
“Toda sombra de duda desapareció entonces de mi alma: la prefería dormida”, “nunca pude imaginar que una niña dormida pudiera causar en uno semejantes estragos”
Todo cobra un nuevo sentido a sus 90 años. En él renace la ilusión de un quinceañero que invade al lector dándole alas, esperanza y una inmensa fe en el amor. Un amor que en el relato se olvida de la edad, se olvida del día y actúa como un desconocido con la cordura, pues no sería ésta la que le hubiese permitido enamorarse en el fin de sus días, concediéndole una muerte feliz, apacible, y en absoluto carente de sentido.
“con el corazón a salvo, y condenado a morir de buen amor en la agonía feliz de cualquier día de mis cien años”

Fotografía: Gabriel García Márquez
Fuente: liceus
No condena en ningún momento su vida anterior, plagada de lujuria y festines continuos en los que buscaba lo que no encontró sino con aquella muchacha de catorce años. Entiende lo que le ocurre como un privilegio que no se disfruta con frecuencia y, por ello, no se conforma con perderla cuando un asesinato en el prostíbulo obliga a Delgadina a marcharse de allí.
La busca desesperadamente y cuando aparece envuelta en joyas, los celos le ciegan y se deja arrastrar por una locura momentánea. Una locura que delata su amor y le deja indefenso. Pero no le importa. Habla con Rosa Cabarcas, aclara el asunto y no para hasta encontrarla.
“No te vayas a morir sin probar la maravilla de tirar por amor”, le aconseja Rosa Cabarcas; pero está tan enamorado que, a pesar del deseo que siente por Delgadina, nunca le obliga a mantener relaciones con él, pues no quiere apartarla de su lado. Al año siguiente, a sus 91 años, continúa con Delgadina y escribe:
“conté las doce campanadas de las doce con mis doce lágrimas finales, hasta que empezaron a cantar los gallos, y enseguida las campanas de gloria, los cohetes de fiesta que celebraban el júbilo de haber sobrevivido sano y salvo a mis noventa años”
Con el estilo que caracteriza a Márquez, con un argumento original y con una escritura digna de considerarse una auténtica obra de arte, la historia de amor entre el periodista anciano y Delgadina conmueve al lector. Lo deja perplejo, embobado, con una sonrisa nostálgica, un recuerdo dulce, un muy buen sabor de boca, envuelto en ternura por el cariño con el que narra la historia y, sobre todo, ilusionado por el amor. Y, conseguir eso, con un argumento que puede parecer de lo más disparatado, es todo un logro.
El libro que le otorgó una fama sin precedentes fue, sin duda, Cien años de soledad. Pero después su afán de superación y de innovación sin dejar de lado sus principios estéticos, no decepcionaron tampoco a sus lectores más fanáticos. Y uno de los ejemplos claros se advierte en Memoria de mis putas tristes, dónde los lectores se encuentran con un Márquez intimista que canta a la vejez, al amor y que les embriaga con los sentimientos que es capaz de transmitir en cada palabra, en cada página.

Fotografía: Portada de un ejemplar de Memoria de mis putas tristes
Fuente: search.barnesandnoble.com
“Dicho en romance crudo, soy un cabo de raza sin méritos ni brillo, que no tendría nada que legar a sus sobrevivientes de no haber sido por los hechos que me dispongo a referir como pueda en esta memoria de mi grande amor.”
El anciano es un hombre solitario que ha dedicado su vida a leer, a escuchar música y a escribir para el "Diario La Paz". No llegó a casarse y, para mitigar su soledad, había recurrido al popular prostíbulo de Rosa Cabarcas. No obstante, el amor que acabará sintiendo por Delgadina, la adolescente de catorce años, cambiará su vida y su modo de verla por completo.
Llama a Rosa Cabarcas, le hace el encargo y, cuando por la noche llega al burdel, la niña está dormida. La observa, se recuesta a su lado, le acaricia, y le habla. Sin despertarla. Asombrada, Rosa Cabarcas le pregunta que qué es lo que ha sucedido. Él evita dar explicaciones y le pide que le consiga a la chica para otra noche. Pero vuelve a suceder lo mismo. El lector descubre, con asombro, que tras el viejo promiscuo y frío de la fachada, se esconde un hombre sentimental e ingenuo dispuesto a obedecer a su corazón a cualquier precio.
“Yo navegaba en el amor de Delgadina con una intensidad y una dicha que nunca conocí en mi vida anterior. Gracias a ella me enfrenté por vez primera con mi ser natural mientras transcurrían mis noventa años.”
Se enamora de ella. Apenas la conoce. De hecho, no la conoce despierta. Pero no necesita más. Se siente con más ganas de vivir que nunca. Decide acomodar la habitación del prostíbulo como si fuese su hogar. Cuelga cuadros, coloca un ventilador y la convierte en un lugar agradable para ambos. Duermen juntos y, mientras, él le canta, le habla y le lee obras como El principito, de Saint-Exupéry, los Cuentos, de Perrault, la Historia Sagrada y Las mil y una noches.
“Toda sombra de duda desapareció entonces de mi alma: la prefería dormida”, “nunca pude imaginar que una niña dormida pudiera causar en uno semejantes estragos”
Todo cobra un nuevo sentido a sus 90 años. En él renace la ilusión de un quinceañero que invade al lector dándole alas, esperanza y una inmensa fe en el amor. Un amor que en el relato se olvida de la edad, se olvida del día y actúa como un desconocido con la cordura, pues no sería ésta la que le hubiese permitido enamorarse en el fin de sus días, concediéndole una muerte feliz, apacible, y en absoluto carente de sentido.
“con el corazón a salvo, y condenado a morir de buen amor en la agonía feliz de cualquier día de mis cien años”

Fotografía: Gabriel García Márquez
Fuente: liceus
No condena en ningún momento su vida anterior, plagada de lujuria y festines continuos en los que buscaba lo que no encontró sino con aquella muchacha de catorce años. Entiende lo que le ocurre como un privilegio que no se disfruta con frecuencia y, por ello, no se conforma con perderla cuando un asesinato en el prostíbulo obliga a Delgadina a marcharse de allí.
La busca desesperadamente y cuando aparece envuelta en joyas, los celos le ciegan y se deja arrastrar por una locura momentánea. Una locura que delata su amor y le deja indefenso. Pero no le importa. Habla con Rosa Cabarcas, aclara el asunto y no para hasta encontrarla.
“No te vayas a morir sin probar la maravilla de tirar por amor”, le aconseja Rosa Cabarcas; pero está tan enamorado que, a pesar del deseo que siente por Delgadina, nunca le obliga a mantener relaciones con él, pues no quiere apartarla de su lado. Al año siguiente, a sus 91 años, continúa con Delgadina y escribe:
“conté las doce campanadas de las doce con mis doce lágrimas finales, hasta que empezaron a cantar los gallos, y enseguida las campanas de gloria, los cohetes de fiesta que celebraban el júbilo de haber sobrevivido sano y salvo a mis noventa años”
Con el estilo que caracteriza a Márquez, con un argumento original y con una escritura digna de considerarse una auténtica obra de arte, la historia de amor entre el periodista anciano y Delgadina conmueve al lector. Lo deja perplejo, embobado, con una sonrisa nostálgica, un recuerdo dulce, un muy buen sabor de boca, envuelto en ternura por el cariño con el que narra la historia y, sobre todo, ilusionado por el amor. Y, conseguir eso, con un argumento que puede parecer de lo más disparatado, es todo un logro.
El libro que le otorgó una fama sin precedentes fue, sin duda, Cien años de soledad. Pero después su afán de superación y de innovación sin dejar de lado sus principios estéticos, no decepcionaron tampoco a sus lectores más fanáticos. Y uno de los ejemplos claros se advierte en Memoria de mis putas tristes, dónde los lectores se encuentran con un Márquez intimista que canta a la vejez, al amor y que les embriaga con los sentimientos que es capaz de transmitir en cada palabra, en cada página.
El libro que Sandra Gavrilich quería que le escribiera
Escenario: Madrid. Los protagonistas: Carlos y Sandra. Él, un hombre que vive a caballo entre el pasado que le persigue y el presente: Sandra. Ella, una mujer inconformista y frágil que vive a todo trapo la ajetreada vida nocturna de la capital y que se verá atrapada en las escabrosas redes de un amor…que cambiará su vida para siempre.
"¿Por qué a veces recordamos lo que nunca quisiéramos recordar? ¿Por qué esos recuerdos serán siempre acusadores de deseos incumplidos o esperanzas difuntas?"
Claro, sin rodeos, sin tabúes…así es como escribe Pedro Maestre en El libro que Sandra Gavrilich quería que le escribiera. Así es como nos habla de Carlos, de Sandra, de su relación, y de los miedos que acompañan a todas las relaciones, sin excepción ninguna.
La lucha interior de Carlos por superar su pasado: Olga. Fue el gran amor de su vida; pero, cuando su relación terminó, Carlos la idealizó, aún sabiendo que el punto que había puesto a aquella relación en el ámbito amoroso, no era un punto seguido, sino un punto final. Su relación con Olga cuando comienza con Sandra es de amistad, y así habrá de serlo hasta el final de sus días. El problema es que durante el primer año de relación con Sandra, la relación con Olga es una relación que, a pesar de todo lo que le sigue aportando (él la denomina como una especie de “amistad enamorada”), le atormenta y le impide disfrutar plenamente de la que él mismo denominará, al final de la obra, “la gran pasión de su vida”.
"El pasado se agolpaba en mi mente y no sabía cómo deshacerme de él. Me sentí indefenso. ¿Y si Olga le había dicho que yo desde que había roto con ella hacía dos años estaba huyendo y que quizá estaba fingiendo ante mí mismo mi amor hacía Sandra?
Le quité un tirante del pijama, y le acaricié el hombro con los labios. Giró la cabeza y me miró, y tenía la mirada más hermosa que he visto en toda mi vida, virginal, reverberante. La besé y una lágrima resbaló por mi mejilla, y ella al tocarla con su mano me apartó y me volvió a mirar como si ella estuviera sintiendo lo que yo sentía, como si se hubiera transformado en mí, y se puso a llorar silenciosamente. La abracé para abrazarme a mí mismo."

Fotografía: Portada de un ejemplar de El libro que Sandra Gavrilich quería que le escribiese. Fuente: lenguadetrapo
Por su parte, Sandra tiene que hacer frente a otros problemas. Trabaja en el mundo del cine como una especie de manager. Por las noches, tras los estrenos, se lanza a la vida nocturna madrileña, con todo lo que eso conlleva, día tras día. Y ahí se advierte el gran contraste con Carlos. Él es más tranquilo, ella más alocada: no necesita de la relativa tranquilidad de la que Carlos depende. A pesar de ello, éste le acompaña en muchas de sus juergas, en algunas de las cuales se intuye el tormentoso camino de la destrucción que han iniciado hace ya tiempo.
"Nunca teníamos suficiente, el vacío que sentíamos era tan grande que nada lo llenaba, ni el alcohol, ni las drogas, ni el sexo, al contrario, cada vez era más insaciable y necesitaba más carnaza. [...]Buscábamos no el placer o vivir experiencias nuevas, sino autodestruirnos."
Crisis, altibajos…su amor es demasiado pasional y vive al ritmo de una auténtica montaña rusa. La personalidad más alocada de Sandra es sencillamente el reflejo de su fragilidad emocional, cuyo precio le resultará más caro y doloroso de lo que nunca jamás habría imaginado.
"éramos tan vulnerables que para reconocerlo tendríamos que habernos enfrentado a nuestros fantasmas personales y de pareja, lo que nos habría hecho más vulnerables, por lo menos en un primer momento. Creíamos que no podríamos soportar el dolor que conlleva la lucidez."

Fotografía: Pedro Maestre. Fuente: lenguadetrapo
No engancha sólo por la intriga de saber cómo acaba la relación entre Carlos y Sandra y que le lleva a Carlos a escribir el libro que el lector tiene entre sus manos; sino porque habla de sentimientos que tarde o temprano se hacen un hueco en la mayoría de las relaciones aunque en más de una ocasión la gente prefiera colocarse una venda, que no logra sino alargar algo que terminó hace ya tiempo y de lo que ya sólo quedan cenizas. Se trata del miedo a la soledad, la costumbre como refugio, el poder sobre el otro, la compra-venta de cariño y sexo, la confusión de sentimientos, el tener que afrontar el hecho de dejar a alguien que quieres muchísimo, pero de quién ya no estás enamorado; la dependencia y necesidad del otro por encima del propio amor…
"Nos dimos cuenta de que, sobre todo, nos necesitábamos, de que no podíamos pasar el uno sin el otro, de que temíamos quedarnos solos con nuestros demonios, y eso fue ocupando un lugar privilegiado dentro de nuestro amor."
Una historia realista, compleja, pero como cualquier relación amorosa. Y, con un tercer protagonista, tan pasional como sus personajes: Madrid. Sus barrios: Malasaña, Chueca, el Barrio de las Letras…, sus calles y sus plazas, sus restaurantes y sus discotecas…y su inmenso poder de atracción, que arrastra a los protagonistas a un modo de vida que acaba teniendo más voluntad sobre su propia vida que ellos mismos.
"Porque cuando te das cuenta de que eres feliz, en ese mismo instante, la felicidad se transforma en una tregua inquietante. Como si se hubiera llegado a la cumbre de la montaña que querías subir, y se adivinara que los descensos son más peligrosos. Por eso había que llevar cuidado, ayudarse el uno al otro, no ir cada uno por su lado."

Fotografía: Calle Alcalá de noche. Fuente: migrantesenlinea.org.
"¿Por qué a veces recordamos lo que nunca quisiéramos recordar? ¿Por qué esos recuerdos serán siempre acusadores de deseos incumplidos o esperanzas difuntas?"
Claro, sin rodeos, sin tabúes…así es como escribe Pedro Maestre en El libro que Sandra Gavrilich quería que le escribiera. Así es como nos habla de Carlos, de Sandra, de su relación, y de los miedos que acompañan a todas las relaciones, sin excepción ninguna.
La lucha interior de Carlos por superar su pasado: Olga. Fue el gran amor de su vida; pero, cuando su relación terminó, Carlos la idealizó, aún sabiendo que el punto que había puesto a aquella relación en el ámbito amoroso, no era un punto seguido, sino un punto final. Su relación con Olga cuando comienza con Sandra es de amistad, y así habrá de serlo hasta el final de sus días. El problema es que durante el primer año de relación con Sandra, la relación con Olga es una relación que, a pesar de todo lo que le sigue aportando (él la denomina como una especie de “amistad enamorada”), le atormenta y le impide disfrutar plenamente de la que él mismo denominará, al final de la obra, “la gran pasión de su vida”.
"El pasado se agolpaba en mi mente y no sabía cómo deshacerme de él. Me sentí indefenso. ¿Y si Olga le había dicho que yo desde que había roto con ella hacía dos años estaba huyendo y que quizá estaba fingiendo ante mí mismo mi amor hacía Sandra?
Le quité un tirante del pijama, y le acaricié el hombro con los labios. Giró la cabeza y me miró, y tenía la mirada más hermosa que he visto en toda mi vida, virginal, reverberante. La besé y una lágrima resbaló por mi mejilla, y ella al tocarla con su mano me apartó y me volvió a mirar como si ella estuviera sintiendo lo que yo sentía, como si se hubiera transformado en mí, y se puso a llorar silenciosamente. La abracé para abrazarme a mí mismo."

Fotografía: Portada de un ejemplar de El libro que Sandra Gavrilich quería que le escribiese. Fuente: lenguadetrapo
Por su parte, Sandra tiene que hacer frente a otros problemas. Trabaja en el mundo del cine como una especie de manager. Por las noches, tras los estrenos, se lanza a la vida nocturna madrileña, con todo lo que eso conlleva, día tras día. Y ahí se advierte el gran contraste con Carlos. Él es más tranquilo, ella más alocada: no necesita de la relativa tranquilidad de la que Carlos depende. A pesar de ello, éste le acompaña en muchas de sus juergas, en algunas de las cuales se intuye el tormentoso camino de la destrucción que han iniciado hace ya tiempo.
"Nunca teníamos suficiente, el vacío que sentíamos era tan grande que nada lo llenaba, ni el alcohol, ni las drogas, ni el sexo, al contrario, cada vez era más insaciable y necesitaba más carnaza. [...]Buscábamos no el placer o vivir experiencias nuevas, sino autodestruirnos."
Crisis, altibajos…su amor es demasiado pasional y vive al ritmo de una auténtica montaña rusa. La personalidad más alocada de Sandra es sencillamente el reflejo de su fragilidad emocional, cuyo precio le resultará más caro y doloroso de lo que nunca jamás habría imaginado.
"éramos tan vulnerables que para reconocerlo tendríamos que habernos enfrentado a nuestros fantasmas personales y de pareja, lo que nos habría hecho más vulnerables, por lo menos en un primer momento. Creíamos que no podríamos soportar el dolor que conlleva la lucidez."

Fotografía: Pedro Maestre. Fuente: lenguadetrapo
No engancha sólo por la intriga de saber cómo acaba la relación entre Carlos y Sandra y que le lleva a Carlos a escribir el libro que el lector tiene entre sus manos; sino porque habla de sentimientos que tarde o temprano se hacen un hueco en la mayoría de las relaciones aunque en más de una ocasión la gente prefiera colocarse una venda, que no logra sino alargar algo que terminó hace ya tiempo y de lo que ya sólo quedan cenizas. Se trata del miedo a la soledad, la costumbre como refugio, el poder sobre el otro, la compra-venta de cariño y sexo, la confusión de sentimientos, el tener que afrontar el hecho de dejar a alguien que quieres muchísimo, pero de quién ya no estás enamorado; la dependencia y necesidad del otro por encima del propio amor…
"Nos dimos cuenta de que, sobre todo, nos necesitábamos, de que no podíamos pasar el uno sin el otro, de que temíamos quedarnos solos con nuestros demonios, y eso fue ocupando un lugar privilegiado dentro de nuestro amor."
Una historia realista, compleja, pero como cualquier relación amorosa. Y, con un tercer protagonista, tan pasional como sus personajes: Madrid. Sus barrios: Malasaña, Chueca, el Barrio de las Letras…, sus calles y sus plazas, sus restaurantes y sus discotecas…y su inmenso poder de atracción, que arrastra a los protagonistas a un modo de vida que acaba teniendo más voluntad sobre su propia vida que ellos mismos.
"Porque cuando te das cuenta de que eres feliz, en ese mismo instante, la felicidad se transforma en una tregua inquietante. Como si se hubiera llegado a la cumbre de la montaña que querías subir, y se adivinara que los descensos son más peligrosos. Por eso había que llevar cuidado, ayudarse el uno al otro, no ir cada uno por su lado."

Fotografía: Calle Alcalá de noche. Fuente: migrantesenlinea.org.
Pablo Neruda y sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada
Veinte poemas de amor. Desde lo más hondo. Desde lo más profundo del ser. Desde lo más profundo de Neruda. Un Neruda sincero, un Neruda enamorado. Enamorado...y desesperado, como su canción. Un Neruda que canta a la mujer, a la angustia, a la ausencia, a la tristeza, al amor, al erotismo, al recuerdo.
“Yo te recordaba con el alma apretada
de esa tristeza que tú me conoces.” (versos Poema 10)
“Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía”. (versos Poema 15)
"Pablo Neruda, nacido y muerto en Chile, ha sido sin duda una de las voces más altas de la poesía mundial de nuestro tiempo": innegable. En 1904 nacía en Parral, Chile. Su madre murió siendo él aún muy pequeño, y pasó su infancia en Temuco, lugar donde realizó sus primeros estudios.
Su nombre real era Neftalí Reyes Basoalto, pero en 1917 adoptó el seudónimo de Pablo Neruda como su nombre real. Escritor, diplomático y político, recibió el Premio Nobel de Literatura, el Premio Lenin de la Paz y fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Oxford.
Apoyó sin titubeos a Salvador Allende y militó en el partido comunista chileno. Durante su estancia en España, conmovido por el asesinato de Federico García Lorca, se posicionó al lado del bando republicano. Después de esto, cuando regresó a Chile, su obra se inclinó más hacia cuestiones políticas y sociales.
Fotografía: Pablo Neruda. Fuente: blogs.periodistadigital
Una de sus primeras influencias fue la poeta chilena Gabriela Mistral, a quien Pablo conoció siendo aún un niño. Ésta lo animó a escribir, y cuando Neftalí tenía 13 años, comenzó a escribir para revistas. Pero además de otros poetas, le influyeron diversos sucesos, como el asesinato de Federico García Lorca, mencionado anteriormente. También viajó a Asia, y los poemas en los libros Residencia en la tierra y El hondero entusiasta tratan sobre sus sentimientos de soledad durante sus viajes. Las ruinas de Macchu Picchu inspiraron su poema Alturas de Macchu Picchu, y sus amores determinaron sus poemas de amor. Su vida influyó tanto en su obra, que se ha llegado incluso a afirmar que su mejor y más exacta biografía es su propia poesía.
De su obra poética destacan, además de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Residencia en la tierra, Crepusculario, Tercera residencia, Canto general, Los versos del capitán, Odas elementales, Extravagario, Memorial de Isla Negra y Confieso que he vivido, entre otras. Sus obras son de una variedad temática impresionante (como se observa, por ejemplo, en las Odas o en sus escritos de protesta propiciados por su conciencia social y su implicación en diferentes movimientos), pero aquí nos centraremos en una de sus obras más conocidas: Veinte Poemas de amor y una canción desesperada; el tema: el amor.
Lo que se intuye en Veinte Poemas..., se confirma en La Espada Encendida: su concepto del amor no era frío ni pequeño... A pesar de que a lo largo de su vida estuviera casado con tres mujeres distintas: Maria Antonieta Hagenaar, con quien tuvo su primera y única hija; Delia del Carril, conocida como “La Hormiguita” y Matilde Urrutia, a quien consagró en sus Cien Sonetos, no se le considera un inconformista o un mujeriego, sino más bien un “enamorado del amor” que lo vivía todo con intensidad, obedeciendo a cualquier impulso que le sugiriese su alma, su corazón o su cuerpo.
“Pero cae la hora de la venganza, y te amo.
Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.
Ah los vasos del pecho! Ah los ojos de ausencia!
Ah las rosas del pubis! Ah tu voz lenta y triste!” (extracto Poema 1)
Sin embargo, esto último y el hecho de que en muchos de sus poemas aparezca el tema sexual y erótico de un modo a veces sutil y otras veces de forma explícita, no significa que él considerase ni mucho menos a la mujer como objeto. Cuando amaba, amaba desde la piel hasta lo más hondo, se enamoraba por completo de la persona que se encontraba en el interior de aquel cuerpo. De ahí que medio mundo se conmoviese con sus piezas y, especialmente, con el Poema 20:
“La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo” (extracto del Poema 20)
Fotografía: Portada de un ejemplar de Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Fuente: amazon.de
El tema del amor abarca una parte importante de su obra. La causa: tenía prácticamente su propia filosofía. Profesaba la idea de que el amor y la poesía engendrarían un futuro más hermoso y justo. De ahí que sostuviese que la poesía y el amor nunca perecerían. Lo que explica, “como una ley de su sangre, de su imaginación y de su inteligencia” , que buscara continuamente el amor en la realidad y lo transformara con su poesía “en la parábola donde el hombre junto a la mujer sostendrán la bandera del ser y del amar ayer, hoy, mañana y siempre”. Pero Neruda hizo de esta verdad o este sueño algo más consolidarlo como una eterna utopía, supo convertirlo con su poesía en una posibilidad, “en una leyenda tempestuosa y dorada”, ante la que el lector sólo podrá mostrar admiración al descubrir no sólo la verdad y la sinceridad de sus poemas, sino también al encontrarse a sí mismo entre poema y poema, entre reflexión y reflexión.
“Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas” ( extracto Poema 6)
Veinte poemas de amor y una canción desesperada, publicado por primera vez en 1924, es probablemente el libro de Neruda más popular y que, al mismo tiempo, significó la plena consolidación del prestigio literario del autor en el área hispánica. Se trata de una obra de gran envergadura literaria en la que se advierten la herencia modernista y los hallazgos de la nueva vanguardia a lo largo de 21 piezas increíblemente conmovedoras. La exaltación de la vida y el amor, la sensualidad, la sexualidad y el erotismo, se entremezclan con la melancolía, la nostalgia, la tristeza y el romanticismo.
“Yo que viví en un puerto desde donde te amaba.
La soledad cruzada de sueño y de silencio.
Acorralado entre el mar y la tristeza.
Callado, delirante, entre dos gondoleros inmóviles.
Entre los labios y la voz, algo se va muriendo.
Algo con las alas de pájaro, algo de angustia y de olvido” (fragmento Poema 13)
Con un lenguaje claro, sencillo, pero no por ello vulgar, ni común, ni poco trabajado, Neruda lanza dardos directos al corazón. Dardos ardientes que tratan de remover al lector, de no dejarlo indiferente.
“Soy el desesperado; la palabra sin ecos,
el que lo perdió todo, y el que todo lo tuvo”. (versos Poema 8)
Video: Homenaje de Sabina a Neruda en uno de sus conciertos, con el motivo del centenario de su nacimiento.
Fuente: Youtube. Duración: 5:50 min
“Yo te recordaba con el alma apretada
de esa tristeza que tú me conoces.” (versos Poema 10)
“Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía”. (versos Poema 15)
"Pablo Neruda, nacido y muerto en Chile, ha sido sin duda una de las voces más altas de la poesía mundial de nuestro tiempo": innegable. En 1904 nacía en Parral, Chile. Su madre murió siendo él aún muy pequeño, y pasó su infancia en Temuco, lugar donde realizó sus primeros estudios.
Su nombre real era Neftalí Reyes Basoalto, pero en 1917 adoptó el seudónimo de Pablo Neruda como su nombre real. Escritor, diplomático y político, recibió el Premio Nobel de Literatura, el Premio Lenin de la Paz y fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Oxford.
Apoyó sin titubeos a Salvador Allende y militó en el partido comunista chileno. Durante su estancia en España, conmovido por el asesinato de Federico García Lorca, se posicionó al lado del bando republicano. Después de esto, cuando regresó a Chile, su obra se inclinó más hacia cuestiones políticas y sociales.
Fotografía: Pablo Neruda. Fuente: blogs.periodistadigital
Una de sus primeras influencias fue la poeta chilena Gabriela Mistral, a quien Pablo conoció siendo aún un niño. Ésta lo animó a escribir, y cuando Neftalí tenía 13 años, comenzó a escribir para revistas. Pero además de otros poetas, le influyeron diversos sucesos, como el asesinato de Federico García Lorca, mencionado anteriormente. También viajó a Asia, y los poemas en los libros Residencia en la tierra y El hondero entusiasta tratan sobre sus sentimientos de soledad durante sus viajes. Las ruinas de Macchu Picchu inspiraron su poema Alturas de Macchu Picchu, y sus amores determinaron sus poemas de amor. Su vida influyó tanto en su obra, que se ha llegado incluso a afirmar que su mejor y más exacta biografía es su propia poesía.
De su obra poética destacan, además de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Residencia en la tierra, Crepusculario, Tercera residencia, Canto general, Los versos del capitán, Odas elementales, Extravagario, Memorial de Isla Negra y Confieso que he vivido, entre otras. Sus obras son de una variedad temática impresionante (como se observa, por ejemplo, en las Odas o en sus escritos de protesta propiciados por su conciencia social y su implicación en diferentes movimientos), pero aquí nos centraremos en una de sus obras más conocidas: Veinte Poemas de amor y una canción desesperada; el tema: el amor.
Lo que se intuye en Veinte Poemas..., se confirma en La Espada Encendida: su concepto del amor no era frío ni pequeño... A pesar de que a lo largo de su vida estuviera casado con tres mujeres distintas: Maria Antonieta Hagenaar, con quien tuvo su primera y única hija; Delia del Carril, conocida como “La Hormiguita” y Matilde Urrutia, a quien consagró en sus Cien Sonetos, no se le considera un inconformista o un mujeriego, sino más bien un “enamorado del amor” que lo vivía todo con intensidad, obedeciendo a cualquier impulso que le sugiriese su alma, su corazón o su cuerpo.
“Pero cae la hora de la venganza, y te amo.
Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.
Ah los vasos del pecho! Ah los ojos de ausencia!
Ah las rosas del pubis! Ah tu voz lenta y triste!” (extracto Poema 1)
Sin embargo, esto último y el hecho de que en muchos de sus poemas aparezca el tema sexual y erótico de un modo a veces sutil y otras veces de forma explícita, no significa que él considerase ni mucho menos a la mujer como objeto. Cuando amaba, amaba desde la piel hasta lo más hondo, se enamoraba por completo de la persona que se encontraba en el interior de aquel cuerpo. De ahí que medio mundo se conmoviese con sus piezas y, especialmente, con el Poema 20:
“La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo” (extracto del Poema 20)
Fotografía: Portada de un ejemplar de Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Fuente: amazon.de
El tema del amor abarca una parte importante de su obra. La causa: tenía prácticamente su propia filosofía. Profesaba la idea de que el amor y la poesía engendrarían un futuro más hermoso y justo. De ahí que sostuviese que la poesía y el amor nunca perecerían. Lo que explica, “como una ley de su sangre, de su imaginación y de su inteligencia” , que buscara continuamente el amor en la realidad y lo transformara con su poesía “en la parábola donde el hombre junto a la mujer sostendrán la bandera del ser y del amar ayer, hoy, mañana y siempre”. Pero Neruda hizo de esta verdad o este sueño algo más consolidarlo como una eterna utopía, supo convertirlo con su poesía en una posibilidad, “en una leyenda tempestuosa y dorada”, ante la que el lector sólo podrá mostrar admiración al descubrir no sólo la verdad y la sinceridad de sus poemas, sino también al encontrarse a sí mismo entre poema y poema, entre reflexión y reflexión.
“Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas” ( extracto Poema 6)
Veinte poemas de amor y una canción desesperada, publicado por primera vez en 1924, es probablemente el libro de Neruda más popular y que, al mismo tiempo, significó la plena consolidación del prestigio literario del autor en el área hispánica. Se trata de una obra de gran envergadura literaria en la que se advierten la herencia modernista y los hallazgos de la nueva vanguardia a lo largo de 21 piezas increíblemente conmovedoras. La exaltación de la vida y el amor, la sensualidad, la sexualidad y el erotismo, se entremezclan con la melancolía, la nostalgia, la tristeza y el romanticismo.
“Yo que viví en un puerto desde donde te amaba.
La soledad cruzada de sueño y de silencio.
Acorralado entre el mar y la tristeza.
Callado, delirante, entre dos gondoleros inmóviles.
Entre los labios y la voz, algo se va muriendo.
Algo con las alas de pájaro, algo de angustia y de olvido” (fragmento Poema 13)
Con un lenguaje claro, sencillo, pero no por ello vulgar, ni común, ni poco trabajado, Neruda lanza dardos directos al corazón. Dardos ardientes que tratan de remover al lector, de no dejarlo indiferente.
“Soy el desesperado; la palabra sin ecos,
el que lo perdió todo, y el que todo lo tuvo”. (versos Poema 8)
Video: Homenaje de Sabina a Neruda en uno de sus conciertos, con el motivo del centenario de su nacimiento.
Fuente: Youtube. Duración: 5:50 min
La noche del oráculo
Paralelismos. El poder de la palabra. La presencia del futuro sin querer ser conscientes. Relaciones personales. ¿Casualidades? La dependencia de una vocación. La necesidad de perdonar. El amor por encima de todo. La decepción… “Las personas buenas también hacen cosas malas” …y la confianza mutua.

Fotografía: Portada de un ejemplar de La noche del oráculo. Fuente: antoniomarts2.blogspot.com
La noche del oráculo es la novela que escribe Sylvia Maxwell, pariente de Rosa Leightman. Ésta a su vez le entrega el manuscrito al editor Nick Bowen, que se enamorará de ella en ese mismo instante. Nick Bowen es el protagonista de la novela de Sydney Orr (el protagonista de La noche del oráculo de Paul Auster, nuestra novela), un escritor que acaba de recuperarse de una enfermedad que le puso prácticamente al borde de la muerte y que no se encuentra precisamente en la mejor época con su mujer, a quien ama por encima de todas las cosas…pero cuyo pasado desconoce.
Historias extrañas, historias reales, presagios…En el manuscrito de La noche del oráculo el protagonista tiene espasmos en los que se le revela su futuro. En uno de ellos, descubre que su mujer va a traicionarle, y se suicida.
En un principio, Sidney habla de Sylvia Maxwell, la supuesta autora de La noche del oráculo, como una escritora real, pero después no recuerda haber leído esa obra antes de mencionarla en su relato del cuaderno azul. Es por eso por lo que decide investigar. Descubre que la había confundido con Sylvia Monroe y que tal obra no existía. Es entonces cuando el lector se plantea que quizá Sidney le había dado una vida que, inconscientemente, guardaba relación con su futuro sin él saberlo…pero aún no imaginaba nada de lo que iba a suceder, ni el verdadero poder que poseían las palabras, ni el temor que llegaría a sentir por ellas...
Nick Bowen, el protagonista de la novela de Sid, está inspirado en Flitcraft (a quién Sid conoce por su amigo Trause, anagrama de Auster), un personaje que aparece fugazmente en El halcón maltés, y es un hombre que tras estar al borde de la muerte y librarse de ella por puro azar (la gárgola que se desprendió cayó a poco centímetros de él) decide cambiar su vida, reinventarse. La mujer de la que se enamora es, y no por casualidad, clavada a Grace, la esposa del escritor que le esta dando vida. Más paralelismos. Sin embargo, el relato queda a medias, en un punto muerto…, o mejor dicho, en un callejón sin salida: como quizá perciba él en ese momento su relación con Grace. ¿Pura coincidencia? ¿Consiguen los escritores desvincularse por completo de sus relatos? ¿Se puede siempre disociar la ficción de la realidad con claridad?

Fotografía: Paul Auster. Fuente: news.bbc.co.uk
Para algunos, quizá sí. Pero está claro que Sid no lo consiguió. Y es que Auster es “por excelencia, el escritor del azar y de la contingencia”: todo puede estar o no relacionado, existen las casualidades...pero hay hechos que no lo son en absoluto. Bajo un estilo aparentemente sencillo, se esconde una trama complicada, un trasfondo enorme. Pauta que se repite en toda su obra y que se observa claramente en La noche del oráculo. Es lo bueno de la lectura de Auster, al menos en esta novela: llega a todos, porque su lectura no es ardua, pero hace reflexionar al lector, no es una obra banal. Y no es para menos, si tenemos en cuenta que para Auster: “Writing is no longer an act of free will for me, it´s a matter of survival”.
Por ello, La noche del oráculo no es sólo el título de un manuscrito que aparece en la novela que está escribiendo Sidney y el título de la obra de Auster (otro paralelismo: ¿fruto del azar?). Es mucho más que eso. Es una reflexión múltiple: sobre la literatura y lo que ésta refleja; sobre el azar, sobre la contingencia y sobre los puntos donde convergen diversos sucesos; sobre la disolución de ficción y realidad; sobre las relaciones personales; sobre el amor…y sobre el odio; sobre la identidad; sobre el miedo; de un modo especial, sobre el perdón cuando hay verdadero amor; sobre la muerte y, finalmente, sobre el hecho de estar vivo:
“No sé cuánto tiempo pasé así, pero mientras las lágrimas manaban de mis ojos, me sentía feliz, más feliz por estar vivo de lo que me había sentido jamás. Era una felicidad que estaba más allá del consuelo, más allá del dolor, más allá de toda la fealdad y la belleza del mundo. Finalmente, el llanto cedió y me dirigí a la habitación a cambiarme de ropa. Diez minutos después, estaba otra vez en la calle, camino del hospital para ver a Grace”.
“Se trata de una escritura límpida, hipnótica, incomparable en la exploración de los misterios que sobresaltan la cotidianidad” (Juan Manuel de Prada), en Nueva York o en cualquier otro lugar: por eso engancha.

Fotografía: Portada de un ejemplar de La noche del oráculo. Fuente: antoniomarts2.blogspot.com
La noche del oráculo es la novela que escribe Sylvia Maxwell, pariente de Rosa Leightman. Ésta a su vez le entrega el manuscrito al editor Nick Bowen, que se enamorará de ella en ese mismo instante. Nick Bowen es el protagonista de la novela de Sydney Orr (el protagonista de La noche del oráculo de Paul Auster, nuestra novela), un escritor que acaba de recuperarse de una enfermedad que le puso prácticamente al borde de la muerte y que no se encuentra precisamente en la mejor época con su mujer, a quien ama por encima de todas las cosas…pero cuyo pasado desconoce.
Historias extrañas, historias reales, presagios…En el manuscrito de La noche del oráculo el protagonista tiene espasmos en los que se le revela su futuro. En uno de ellos, descubre que su mujer va a traicionarle, y se suicida.
En un principio, Sidney habla de Sylvia Maxwell, la supuesta autora de La noche del oráculo, como una escritora real, pero después no recuerda haber leído esa obra antes de mencionarla en su relato del cuaderno azul. Es por eso por lo que decide investigar. Descubre que la había confundido con Sylvia Monroe y que tal obra no existía. Es entonces cuando el lector se plantea que quizá Sidney le había dado una vida que, inconscientemente, guardaba relación con su futuro sin él saberlo…pero aún no imaginaba nada de lo que iba a suceder, ni el verdadero poder que poseían las palabras, ni el temor que llegaría a sentir por ellas...
Nick Bowen, el protagonista de la novela de Sid, está inspirado en Flitcraft (a quién Sid conoce por su amigo Trause, anagrama de Auster), un personaje que aparece fugazmente en El halcón maltés, y es un hombre que tras estar al borde de la muerte y librarse de ella por puro azar (la gárgola que se desprendió cayó a poco centímetros de él) decide cambiar su vida, reinventarse. La mujer de la que se enamora es, y no por casualidad, clavada a Grace, la esposa del escritor que le esta dando vida. Más paralelismos. Sin embargo, el relato queda a medias, en un punto muerto…, o mejor dicho, en un callejón sin salida: como quizá perciba él en ese momento su relación con Grace. ¿Pura coincidencia? ¿Consiguen los escritores desvincularse por completo de sus relatos? ¿Se puede siempre disociar la ficción de la realidad con claridad?

Fotografía: Paul Auster. Fuente: news.bbc.co.uk
Para algunos, quizá sí. Pero está claro que Sid no lo consiguió. Y es que Auster es “por excelencia, el escritor del azar y de la contingencia”: todo puede estar o no relacionado, existen las casualidades...pero hay hechos que no lo son en absoluto. Bajo un estilo aparentemente sencillo, se esconde una trama complicada, un trasfondo enorme. Pauta que se repite en toda su obra y que se observa claramente en La noche del oráculo. Es lo bueno de la lectura de Auster, al menos en esta novela: llega a todos, porque su lectura no es ardua, pero hace reflexionar al lector, no es una obra banal. Y no es para menos, si tenemos en cuenta que para Auster: “Writing is no longer an act of free will for me, it´s a matter of survival”.
Por ello, La noche del oráculo no es sólo el título de un manuscrito que aparece en la novela que está escribiendo Sidney y el título de la obra de Auster (otro paralelismo: ¿fruto del azar?). Es mucho más que eso. Es una reflexión múltiple: sobre la literatura y lo que ésta refleja; sobre el azar, sobre la contingencia y sobre los puntos donde convergen diversos sucesos; sobre la disolución de ficción y realidad; sobre las relaciones personales; sobre el amor…y sobre el odio; sobre la identidad; sobre el miedo; de un modo especial, sobre el perdón cuando hay verdadero amor; sobre la muerte y, finalmente, sobre el hecho de estar vivo:
“No sé cuánto tiempo pasé así, pero mientras las lágrimas manaban de mis ojos, me sentía feliz, más feliz por estar vivo de lo que me había sentido jamás. Era una felicidad que estaba más allá del consuelo, más allá del dolor, más allá de toda la fealdad y la belleza del mundo. Finalmente, el llanto cedió y me dirigí a la habitación a cambiarme de ropa. Diez minutos después, estaba otra vez en la calle, camino del hospital para ver a Grace”.
“Se trata de una escritura límpida, hipnótica, incomparable en la exploración de los misterios que sobresaltan la cotidianidad” (Juan Manuel de Prada), en Nueva York o en cualquier otro lugar: por eso engancha.
Cien años de soledad
Me preguntaron de qué trataba Cien años de soledad. Me vi en la necesidad de responder brevemente debido a algunas circunstancias cotidianas, como el comienzo de una clase, y di una respuesta escueta, bastante incompleta e insulsa: “trata de la historia de Macondo y de las aventuras vitales de una estirpe: Los Buendía”. Pero Cien años de soledad es mucho más que eso.

Fotografía: Portada de un ejemplar de Cien años de soledad.
Fuente: barnesandnoble
La escritura de Gabriel García Márquez en Cien años de soledad es, sencillamente, impresionante. Transmite demasiado. El lector se siente fascinado no sólo por la historia y la magia del realismo mágico que encontrábamos también en Pedro Páramo, de Rulfo, sino además, por la sensación y la certidumbre de encontrarse frente a una auténtica obra de arte: es literatura en estado puro, el arte de encontrar las palabras exactas para expresar lo que se quiere con claridad, y además, hacerlo de un modo bonito. Se suele decir que la palabra “bonita/o” es una palabra infantil, vaga, imprecisa. Pero a mí me parece muy adecuada para describir el modo en el que escribe Márquez en Cien años de soledad, sin restarle, por supuesto, méritos técnicos propios de la escritura.

Fotografía: Gabriel García Márquez. Fuente: growabrain.typepad
Cien años de soledad habla de sentimientos, de guerras, de ideologías, de pasiones, de historias de todas las familias, de locuras, de gitanos que llevaban a Macondo unos inventos increíbles, de unos pescaditos de oro que se vendían sin cesar, de un chorro de sangre que recorrió la distancia entre dos casas, de la fortaleza de Úrsula para restaurar su casa una y mil veces si era necesario, de una niña que comía tierra y se sentaba en su mecedora a chuparse el dedo, de otra que se casó siendo apenas una niña, del miedo de Amaranta a su propio corazón, del aire solitario de los Aurelianos, de los eternos almendros, de la compañía bananera con la que José Arcadio II trató de luchar sin éxito, de la matanza de la estación que el gobierno se empeñó en ocultar, de las mariposas amarillas que acompañaban a Mauricio Babilonia, del Aureliano que llegó en una cestita, de Melquíades con su sombrero negro alado y su chaleco de terciopelo verde contando historias de espaldas a la ventana, del hielo, de la cara de un fusilado, de los presagios, del sexo, de una mujer que leía las cartas, de otra que hacía que los animales parieran sin parar, de la rectitud y seriedad de Fernanda del Carpio…pero, sobre todo, trata de la soledad, de la nostalgia, de los recuerdos, de la melancolía, del olvido...y del no olvido...y de la misma vida.
"En las noches de invierno, mientras hervía la sopa en la chimenea, añoraba el calor de su trastienda, el zumbido del sol en los almendros polvorientos, el pito del tren en el sopor de la siesta, lo mismo que añoraba en Macondo la sopa de invierno en la chimenea, los pregones del vendedor de café y las alondras fugaces de la primavera. Aturdido por dos nostalgias enfrentadas como dos espejos, perdió su maravilloso sentido de la irrealidad, hasta que terminó por recomendarles a todos que se fueran de Macondo, que olvidaran cuanto él les había enseñado del mundo y del corazón humano, que se cagarán en Horacio, y que en cualquier lugar en que estuvieran recordaran siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda la primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera."

Fotografía: Portada de un ejemplar de Cien años de soledad.
Fuente: barnesandnoble
La escritura de Gabriel García Márquez en Cien años de soledad es, sencillamente, impresionante. Transmite demasiado. El lector se siente fascinado no sólo por la historia y la magia del realismo mágico que encontrábamos también en Pedro Páramo, de Rulfo, sino además, por la sensación y la certidumbre de encontrarse frente a una auténtica obra de arte: es literatura en estado puro, el arte de encontrar las palabras exactas para expresar lo que se quiere con claridad, y además, hacerlo de un modo bonito. Se suele decir que la palabra “bonita/o” es una palabra infantil, vaga, imprecisa. Pero a mí me parece muy adecuada para describir el modo en el que escribe Márquez en Cien años de soledad, sin restarle, por supuesto, méritos técnicos propios de la escritura.

Fotografía: Gabriel García Márquez. Fuente: growabrain.typepad
Cien años de soledad habla de sentimientos, de guerras, de ideologías, de pasiones, de historias de todas las familias, de locuras, de gitanos que llevaban a Macondo unos inventos increíbles, de unos pescaditos de oro que se vendían sin cesar, de un chorro de sangre que recorrió la distancia entre dos casas, de la fortaleza de Úrsula para restaurar su casa una y mil veces si era necesario, de una niña que comía tierra y se sentaba en su mecedora a chuparse el dedo, de otra que se casó siendo apenas una niña, del miedo de Amaranta a su propio corazón, del aire solitario de los Aurelianos, de los eternos almendros, de la compañía bananera con la que José Arcadio II trató de luchar sin éxito, de la matanza de la estación que el gobierno se empeñó en ocultar, de las mariposas amarillas que acompañaban a Mauricio Babilonia, del Aureliano que llegó en una cestita, de Melquíades con su sombrero negro alado y su chaleco de terciopelo verde contando historias de espaldas a la ventana, del hielo, de la cara de un fusilado, de los presagios, del sexo, de una mujer que leía las cartas, de otra que hacía que los animales parieran sin parar, de la rectitud y seriedad de Fernanda del Carpio…pero, sobre todo, trata de la soledad, de la nostalgia, de los recuerdos, de la melancolía, del olvido...y del no olvido...y de la misma vida.
"En las noches de invierno, mientras hervía la sopa en la chimenea, añoraba el calor de su trastienda, el zumbido del sol en los almendros polvorientos, el pito del tren en el sopor de la siesta, lo mismo que añoraba en Macondo la sopa de invierno en la chimenea, los pregones del vendedor de café y las alondras fugaces de la primavera. Aturdido por dos nostalgias enfrentadas como dos espejos, perdió su maravilloso sentido de la irrealidad, hasta que terminó por recomendarles a todos que se fueran de Macondo, que olvidaran cuanto él les había enseñado del mundo y del corazón humano, que se cagarán en Horacio, y que en cualquier lugar en que estuvieran recordaran siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda la primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera."





