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VIAJAR EN UN RAYO DE LUZ
Anécdotas sobre esos Viajeros llamados por la medicina "pacientes psiquiátricos"
Acerca de
Diario del Gran Viajero, alguien que envidia a los verdaderos Viajeros y se esconde tras un eufemismo falso.

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Sindicación y Notas
 
¡SONRÍAN, POR FAVOR!
Anécdota nº 68

Imagino que estarán de acuerdo conmigo cuando afirmo que uno se convierte en buen peatón en el momento que aprende a conducir y se mete por primera vez en una calle transitada. Yo recuerdo mi primera práctica cuando, después de apenas unos minutos en un descampado para comprobar que sabía para qué servía cada pedal, mi profesora de la autoescuela me lanzó a traición por la avenida más concurrida de la ciudad en hora punta. Autobuses, carriles de repente estrechitos, abuelos sin sensación de peligro, cruce de peatones permanentes… Así, de la misma manera que desde entonces intento no meterme en la calzada sin razón justificada, dejadme provocaros un ligero cambio de actitud cuando salgan a la calle.

Hay conversaciones que, además de proporcionar experiencia profesional, provocan cambios en el comportamiento cotidiano. Y aunque esta vez también hablaré en cierta manera sobre el delirio de persecución (como en la anécdota nº 19), lo cierto es que este apreciado Viajero tuvo a bien contarme un día qué suponía para él salir a la calle. Y el relato fue escalofriante: el delirio mencionado era el colofón a una serie de alucinaciones previas. Primero, parecía que el volumen del mundo subía, sonando todo más alto para llegar a ser difícil diferenciar sonidos. Luego, todo, incluso el propio relator, comenzaba a irradiar luz. Finalmente, la luz, el brillo, se centraba en los ojos de toda la gente que se cruzaba con él. Cuánto más serios eran los semblantes, más luz irradiaban por sus ojos y más observado se sentía.

Su pregunta fue que por qué la gente iba tan seria por la calle si, realmente, aquí no se vivía tan mal. Y me acordé de una compañera de la Facultad que, después de una larga temporada conviviendo como voluntaria de una ONG en Centroamérica, casi entró en un estado depresivo porque añoraba los rostros risueños de los que nada tenían pero que parecían ser más felices.

Por supuesto aquí no caben consejos sobre pensar que eso no pasa en realidad o que piense que nadie lo mira para tranquilizarse: si vais de noche por la calle y sentís temor porque os parece que alguien os persigue y no dejáis de mirar atrás, de nada servirá que os dediquéis a concentraros en pensar que en realidad no hay nadie, y seguiréis mirando de vez en cuando atrás.

Así que la intención de este escrito es clara: todos hemos visto a gente por la calle con una actitud asustadiza o “rarita”. Podría ser que fuese alguien como nuestro protagonista. Y, seguramente, una simple sonrisa, un gesto empático, aliviará unas micras el peso de su sufrimiento. Así que sonrían, por favor. Aunque desentonen. Que cuando alguien descubra que lo están observando, al menos se tope con una sonrisa lo más sincera posible.

Ni que pintados vienen al caso estas dos viñetas de ese gran observador de la realidad que es Quino¡Sonrían, por favor!

 
Comentario:
Hoy me has hecho sonreir....
No