EL SÍMBOLO DEL PODER
Anécdota nº 64
Con este título tan subliterario (digo sub, ahora que desde hace un par de años hay una cierta predisposición de las librerías de ampliar hasta límites sorprendentes las estanterías de novelas y pseudonovelas de tramas misterioso-complot-con-origen-en-textos-sagrados-de-corte-medieval-en-la-actualidad); hablando de salud mental, seguramente la primera idea en venir a la mente pasa por la supuesta inferioridad del enfermo mental en la sociedad.
Supuesta o cierta, en demasiados casos. Pero esa inferioridad nace del rechazo, del desconocimiento, de la necesidad en muchos casos de una tutela legal mal comprendida... por mil razones.
Pero en este caso me voy a referir al poder que durante muchos años, especialmente antes del proceso de reforma psiquiátrica (cuando los sanatorios y manicomios aislados se convirtieron en multitud de recursos adecuados a cada subgrupo de pacientes e integrados en la comunidad) se llevaba a cabo con los ingresados.
Es estremecedor cuando algunos Viajeros de mayor edad te comentan sus vivencias en estos manicomios y te ves en la obligación de negar el coleguismo con aquellos individuos que cobraban para cuidarlos o estar por ellos. Muchas de estas situaciones ya las conocía desde la literatura específica, pero cuando son los propios protagonistas quienes te las cuentan, me voy a dormir con mi filantropía por los suelos.
Algunos hablan del “ordeno y mando” de los enfermeros, de los castigos físicos gratuitos (que nada tiene que ver con la contención física en momentos de crisis), de los ninguneos y miedos inculcados o las peticiones de respeto a la autoridad por deberles la vida (en un intento de dejar claro que, si no habían sido eliminados anteriormente por tener taras psicológicas (sic), era porque quizás esa práctica se habría acercado demasiado a las prácticas del fascismo).
Si alguna imagen me sobrecoge especialmente, es la de las antiguas habitaciones (se podrían llamar dormideros) de quince, veinte camas en hilera, y los enfermeros atando e inyectando una dosis de somnífero para caballos de uno a uno y el paciente del final viendo cómo todos los compañeros iban cayendo y que, en breve, le iba a tocar a él.
Una apreciada Viajera me comentó que, cuando sufría crisis de descontrol, sólo recordaba el sonido del llavero atiborrado del celador, y que aquello significaba dos cosas: o era un toque de atención para que quedase claro quién mandaba o que abrían y te metían en la sala de contención (la que está cubierta de colchones y espuma para no autolesionarse).
Desde entonces, yo que me veo en la obligación de llevar bastantes llaves encima, por respeto a los que sufrieron (y seguro que aún sufren) con esos sonidos, símbolo del poder autoritario, las llevo bien apretaditas en el bolsillo e intento hacer el mínimo ruido cuando las uso. Es lo mínimo que puedo hacer.
Con este título tan subliterario (digo sub, ahora que desde hace un par de años hay una cierta predisposición de las librerías de ampliar hasta límites sorprendentes las estanterías de novelas y pseudonovelas de tramas misterioso-complot-con-origen-en-textos-sagrados-de-corte-medieval-en-la-actualidad); hablando de salud mental, seguramente la primera idea en venir a la mente pasa por la supuesta inferioridad del enfermo mental en la sociedad.
Supuesta o cierta, en demasiados casos. Pero esa inferioridad nace del rechazo, del desconocimiento, de la necesidad en muchos casos de una tutela legal mal comprendida... por mil razones.
Pero en este caso me voy a referir al poder que durante muchos años, especialmente antes del proceso de reforma psiquiátrica (cuando los sanatorios y manicomios aislados se convirtieron en multitud de recursos adecuados a cada subgrupo de pacientes e integrados en la comunidad) se llevaba a cabo con los ingresados.
Es estremecedor cuando algunos Viajeros de mayor edad te comentan sus vivencias en estos manicomios y te ves en la obligación de negar el coleguismo con aquellos individuos que cobraban para cuidarlos o estar por ellos. Muchas de estas situaciones ya las conocía desde la literatura específica, pero cuando son los propios protagonistas quienes te las cuentan, me voy a dormir con mi filantropía por los suelos.
Algunos hablan del “ordeno y mando” de los enfermeros, de los castigos físicos gratuitos (que nada tiene que ver con la contención física en momentos de crisis), de los ninguneos y miedos inculcados o las peticiones de respeto a la autoridad por deberles la vida (en un intento de dejar claro que, si no habían sido eliminados anteriormente por tener taras psicológicas (sic), era porque quizás esa práctica se habría acercado demasiado a las prácticas del fascismo).
Si alguna imagen me sobrecoge especialmente, es la de las antiguas habitaciones (se podrían llamar dormideros) de quince, veinte camas en hilera, y los enfermeros atando e inyectando una dosis de somnífero para caballos de uno a uno y el paciente del final viendo cómo todos los compañeros iban cayendo y que, en breve, le iba a tocar a él.
Una apreciada Viajera me comentó que, cuando sufría crisis de descontrol, sólo recordaba el sonido del llavero atiborrado del celador, y que aquello significaba dos cosas: o era un toque de atención para que quedase claro quién mandaba o que abrían y te metían en la sala de contención (la que está cubierta de colchones y espuma para no autolesionarse).Desde entonces, yo que me veo en la obligación de llevar bastantes llaves encima, por respeto a los que sufrieron (y seguro que aún sufren) con esos sonidos, símbolo del poder autoritario, las llevo bien apretaditas en el bolsillo e intento hacer el mínimo ruido cuando las uso. Es lo mínimo que puedo hacer.





